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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 22 de mayo de  2024
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Una reseña parcial hasta la médula

Una reseña parcial hasta la médula

De quien escribe estas líneas no esperen imparcialidad, pues tratan sobre un libro de reciente aparición cuyo eje es, a pesar de lo que sugiere el título, redimir a un equipo de fútbol de pibes de barrio en el que jugué unos pocos pero trascendentales años de la adolescencia y en el que generosamente el narrador y decisivo protagonista de esa epopeya sembrada de derrotas me atribuye un honroso desempeño. También, hay que decirlo, me adjudica una intervención desopilante en uno de los tantos episodios extradeportivos que relata, que no coincide exactamente con lo que me dictan mis recuerdos, pero cuyos elementos de realidad le otorgan una verosimilitud inapelable.

Dicho esto, porque no se trata de hablar de mí –a quien haga una lectura medianamente atenta del libro y conozca o se informe sobre cuál es mi actividad hace más de treinta años, no le será difícil descubrirme entre las tantas humanidades invocadas en él–, pasemos a hablar de la totalidad de esas más de doscientas cincuenta páginas en las que Marcelo Izquierdo recreó, con pluma sagaz, ese remoto y perdido mundo de su Devoto natal y que, publicadas por Ediciones El Arco, llevan como tituló San Diego, el peor equipo del barrio.

Una prosa ágil, precisa, en la que cada párrafo va aportando información pertinente, alejada de sentimentalismos y nada sobrecargada, nos revela al avezado periodista que hay detrás del autor, quien compuso muchos de los más de ochenta sucintos cuadros que dan forma a esta novela testimonial sobre la base de una memoria exquisita y un trabajo de recopilación de datos que obtuvo a través de charlas con varias de las personas retratadas en ella.

Como todo relato, el de la historia de San Diego tiene un “mito fundante”, una circunstancia que la impulsa, y el narrador la refiere como la tarde en que su papá “obligó a Lolo [su hermano mayor] a salir a la calle a jugar y hacer amigos para romper su timidez”. Y así, con Lolo “arriándolos” a él y a Norbi, su hermano del medio, comienza a desenvolverse esa aventura colectiva en torno a la vecina casa de los abuelos, con los primos que allí vivían, los partidos de cabeza con la legendaria Pulpito y el pronto engrosamiento del grupo con otros chicos del barrio. Todos los planetas se iban alineando para la plasmación de la idea de Lolo de fundar un equipo de fútbol.

San Diego, cuyo fortuito nombre obedece a que era la leyenda que, junto a una cara de caballo, figuraba en las primeras remeras uniformes de color rojo a las que los chicos pudieron acceder, se va proyectando a través de las páginas y de sus distintas etapas no solo como un mero equipo de fútbol sino, y fundamentalmente, como una cofradía de amigos con códigos infranqueables y en el que, como buenos “perdedores natos”, los vínculos afectivos eran el baluarte más preciado y valían más que cualquiera de los escasísimos triunfos obtenidos.

Ciertamente, es la trayectoria de San Diego como equipo de fútbol la trama que articula la novela. Pero en ella hay mucho más: retazos de una historia familiar; la memoria de una cultura y una geografía de barrio que ha sido arrasada por el tiempo, la era digital y el rediseño urbano; la calle como ámbito de encuentro y de juego; y todo un cúmulo de vivencias que se evocan, no como un paraíso perdido, porque no hay mirada idílica, sino como descarnado testimonio de aquella época en la que fuimos pibes. Y así como encontramos gestos de camaradería, sana rivalidad, así como grandes reservas de ternura y amor, no son escasos los ademanes que revelaban relaciones sociales atravesadas por una pedagogía rígida, el sexismo, la homofobia, la agresión tribal entre pares y, sobre todo, la violencia de los agentes del Estado. Porque la novela no elude la dimensión política. Todos los acontecimientos que sacudían al país por esos años la atraviesan de palmo a palmo. La muerte de Perón, el creciente y agobiante clima represivo, la irrupción de la dictadura, la guerra de Malvinas se inscriben como marcas que van dejando huellas en cuerpos y conciencias. Y el narrador traza una parábola que va desde cuando contrapone la realidad de ese chico de diez años que era en ese marzo aciago de 1976, con su cabecita flotando en un cielo futbolero, con la de otros chicos de diez años a los que les “desaparecían” sus padres, hasta cuando evoca al adolescente que, después de la derrota de Malvinas, participa, sin escatimar coraje, en las rebeliones estudiantiles contra la desvencijada pero no por eso poco peligrosa dictadura. 

Vuelvo al concluir a la columna vertebral del libro, vuelvo a San Diego. En el epílogo se cuenta que muchos de los que fuimos en alguna de sus etapas miembros de aquel equipo de “perdedores natos” hoy estamos conectados a través de un grupo de whatsapp llamado “San Diego te aclama”. Ahora, por virtud de la iniciativa y la pluma de Marcelo, estos veteranos que somos y que ya vamos pisando y pasando los sesenta tenemos el privilegio de contar con un cofre de preciados recuerdos, ya que contamos con una región de nuestra adolescencia de “piernas flacas, cuerpos desgarbados y sonrisa fácil” impresa en un libro cuya lectura, por lo menos a quien suscribe, lo hizo disfrutar mucho, le provocó risa en más de un remate de episodio y también, en algún que otro pasaje, lo indujo casi a lagrimear.

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