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 30 de enero de  2026
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Bernardo Belloto y los paisajes urbanos

Bernardo Belloto y los paisajes urbanos

Se cumplen hoy 305 años del nacimiento de Bernardo Belloto, uno de los más destacados artistas venecianos del siglo XVIII. Más conocido por el nombre de Canaletto, nombre derivado de su tío y maestro Antonio Canal.

Con poco más de veinte años, tras haber recibido formación artística en el taller de su tío, a Bernardo Belloto la vida lo llevó a viajar por Italia, migrar a Alemania, a la ciudad de Dresde, y establecerse finalmente en Varsovia donde se desempeñó como pintor de cámara del rey Estanislao II Poniatowski. Fue en esos años en los que el pintor, según Christiane Stukenbrock y Bárbara Topper, “desarrolló un estilo propio, caracterizado por una particular precisión geográfica, una perspectiva arquitectónica exacta, y por colores fríos y claros”.

Sus vistas panorámicas nos sitúan frente a paisajes urbanos. Son documentos ineludibles para conocer los aspectos arquitectónicos de ciudades como Roma, Turín y Dresde. En sus paisajes se combinan la percepción minuciosa de construcciones antiguas y modernas con el bullicio de las ciudades de la época burguesa.

Las ciudades han crecido. Ya no son los humildes villorrios con los que se inició el renacimiento urbano allá por los siglos XI y XII. Ahora despuntan como centros poblacionales articulados por el comercio y la industria. Allí está Roma, la otrora eje de la antigüedad clásica que le transmite al mundo moderno la herencia arquitectónica de esa antigüedad. Y Turín, en el norte de Italia, futura ciudad central en las luchas por la unidad italiana. Y Dresde, en una Alemania todavía no unificada, que se perfilará como uno de los principales centros industriales, con una rica tradición cultural y por espacio de tiempos considerables residencia de los príncipes electores y reyes de Sajonia.

Podemos decir que las vistas urbanas de Belloto se insertan en la historia del arte como documentos de la historia urbana moderna. Y lo más interesante de ello es que, habiendo sido pintadas entre 1745 y 1750, nos ubican frente a las urbes anteriores a la revolución industrial de fines del siglo XVIII en Inglaterra. Son, por ende, las ciudades previas al sistema fabril.

Examinemos algunas de sus pinturas:

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Capricho con el Coliseo, hacia 1745, óleo sobre tela.

Esta pintura forma parte de una serie de cuatro óleos de la Ciudad Eterna. Hacia el fondo se destaca el Coliseo, el gran anfiteatro de la Roma de los Césares. Escenario de las luchas de gladiadores, de estos con fieras, de combates navales; una anfiteatro que fue el centro de la política imperial de “pan y circo” y que sobrevivió a la caída de Roma no como ámbito de espectáculos, sino como un lugar cuasi abandonado que se utilizó durante buena parte de la Edad Media como cantera para nuevas construcciones y que, si no fue demolido, se debió a que fue colocado por los Papas bajo el Imperio de la Cruz Cristiana en memoria del martirio que más de uno de los sostenedores de la nueva fe sufrió en su espacio. “Belloto no reprodujo el antiguo anfiteatro en su centro topográfico exacto, sino que rodeó al edificio, pintado con gran meticulosidad, de elementos arquitectónicos fruto de su imaginación”, sostienen Stuckenbrock y Topper.

Hacia adelante y a la derecha de la composición, tres grandes columnas estriadas, sostienen un arquitrabe. A sus pies, una fuente, como ámbito usado para el lavado de ropa. Allí, en este espacio urbano, pequeños grupos de personajes. No hay bullicios ni aglomeraciones; todo lo contrario de una ciudad contemporánea. Los personajes aportan vivacidad a una ciudad sin máquinas, a una ciudad no ya sin automóviles sino incluso sin carruajes. Con esta pintura nos estamos asomando a una Roma del siglo XVIII, en parte imaginaria, pero donde lo resaltable es aquello que la ciudad heredó de la antigüedad. Si bien las columnas son imaginarias, su estilo nos remite a lo clásico. “Fascinante”, así califican Stukenbrock y Topper a este escenario pictórico.

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El Palacio Real de Turín, 1745”, óleo sobre lienzo.

Esta pintura presenta los trabajos de restauración del “bastión verde” que circunda el Palacio Real. Consecuentemente, en esta vista se destacan los trabajos de los albañiles y constructores ubicando en un casi primer plano un mundo del trabajo urbano. Se ven dos de las alas del palacio por detrás del muro, y entre éste y el palacio, un jardín que opera como espacio de separación. Hacia atrás se divisa la cúpula de la Capilla de la Sacra Sindone (la Sábana Santa) en cuya tela había quedado estampada la imagen de un hombre martirizado en la cruz en la que muchos fieles ven la imagen de Jesús. Se destaca el campanario de la catedral, que se alza sobre los tejados superándolos en altura. Al fondo, alcanza a verse el barrio norte de la ciudad rodeado de murallas defensivas. Y más lejos, las montañas de Saboya. Podemos dividir este óleo en dos partes: hacia la izquierda, el Palacio Real tal como lo describimos; y hacia la derecha, un gran descampado animado por diversas escenas protagonizadas por los hombres. Así, junto al foso con agua, aparecen dos personajes, uno de los cuales está dando indicaciones sobre el trabajo que están realizando los albañiles y constructores. Asimismo, aparecen, hacia el fondo, dos mujeres tendiendo sábanas y ropas. Un carro tirado por un caballo, personajes sentados y otro casi acostado, completan un panorama social vitalizado por el trabajo.

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Vista del Mercado Viejo de Dresde, hacia 1750”, óleo sobre lienzo.

Belloto, cuando residió en Dresde, pintó para Augusto III una serie de catorce vistas o paisajes urbanos. Aquí representa a la Plaza del Mercado Viejo. Obsérvese que es una plaza seca, sin césped ni árboles. En segundo lugar, lo animado de la escena: carruajes que atraviesan la plaza y puestos de venta en torno a los cuales se agrupan potenciales compradores. Esta vista ha sido construida mirando hacia el sur. Sobresale por su altitud la Iglesia de la Santa Cruz, llamada así porque pretendía, como tantas otras iglesias, albergar un trozo de la cruz del Salvador. La edificación a ambos lados de la plaza del mercado es compacta, con fachadas donde el componente que sobresale son las ventanas verticales, de forma rectangular. También se destacan los toldos de los negocios ubicados en las plantas bajas; y hacia la izquierda y en un primer plano, una fuente circular. En las plaza de Dresde había muchas fuentes, una de las características de esta antigua ciudad. El Mercado Viejo de Dresde se nos presenta con sus arcadas y finos negocios para vestimenta, comestibles, libros, instrumentos musicales y flores.

Fuente consultada:

Stukenbrock, Christiane y Topper, Bárbara. 1000 obras maestras de la pintura, s. f. ullmann, 2005.

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