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 16 de abril de  2026
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Edgar Degas: el rara avis del impresionismo

Edgar Degas: el rara avis del impresionismo

Se cumplen 190 años del nacimiento en París de Edgar Degas, célebre pintor y escultor que, entre las diversas temáticas que abordó, se destacó por su enfoque del mundo de la danza, especialmente en la representación de bailarinas y el estudio del movimiento. Enrolado en el impresionismo, a diferencia de los otros artistas identificados con dicha corriente estética, se mantuvo más apegado a la tradición de la escuela italiana.

La Francia en la que nació Edgar Degas, estructurada como una sociedad burguesa, ofrecía las condiciones necesarias para que floreciera una forma de arte que era de entrecasa, cimentada en el placer sensual y que tenía por objetivo llegar a ser parte de colecciones privadas. La condición de mercancía, en tanto forma social de la riqueza en una sociedad capitalista, también alcanzó a la obra de arte. Mientras que el precio de las mercancías podía subir o bajar, la “mercancía-arte” tendía a tener un valor más seguro, en el sentido que se sustraía a esas oscilaciones. La pintura impresionista terminará por convertirse en un objeto susceptible de la compra-venta.

¿Cómo se puede caracterizar, desde esta perspectiva, al movimiento impresionista? Se trataba de una “arte nuevo”, al margen de los salones y de los museos, que se insertó en el consumo artístico de familias privadas. La pintura impresionista implicó un rechazo a los temas de las pinturas académicas y neoclasicistas. La religión, la mitología y la historia no fueron los temas que atrajeron la atención de los impresionistas. El rechazo a la aspiración a lo intelectual, el idealismo y la perfección condujeron a estos artistas a producir una pintura de todos los días y a su ejercicio al aire libre apoyándose en técnicas de improvisación cuya finalidad era captar los matices de color que adquirían los fenómenos conforme incidía la luz sobre ellos.

Edgar Degas se inserta dentro del impresionismo, pero con la particularidad de que no renunció totalmente a las lecciones académicas que había aprendido en Italia. Señala sobre el pintor la historiadora de arte Belinda Thomson: “En muchos aspectos, es el bicho raro del impresionismo, con su relativa falta de interés de los efectos de luz y atmósfera en la naturaleza. Pero, por toda su ironía a expensas de los pintores al aire libre, se ha revelado como un paisajista, muy inventivo por derecho propio. Además, su predilección por explorar los temas figurativos modernos extraídos de las vidas de las trabajadoras –bailarinas, sombrereras, lavanderas, prostitutas– lo han convertido en blanco del examen resuelto y sin sentido del humor de una generación de especialistas feministas”.

Degas representó a la mujer en las más diversas actividades, desde los trabajos que ejercían hasta el aseo personal. Y siempre le interesó el estudio del movimiento. De ahí su gusto por los temas que emergían del mundo de la danza. Las bailarinas captadas en el momento en que pasaban de la quietud al movimiento, precisamente cuando daban los pasos de esa transformación, se convirtieron en el motivo más relevante de su arte. Y en cuanto al color –tan importante en una obra impresionista– Degas afirmaba que en su arte se lo podía apreciar a través de la línea, ya que colorear era perseguir el dibujo en profundidad, pues la forma no era el dibujo, sino la sensación que se tiene de ella.

Examinemos algunas de sus pinturas.

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En El duque y la duquesa de Morbili estamos frente a la hermana del artista junto a su marido, Edmundo Morbili. Representados ambos en posición sedente junto a una pequeña mesa. Las miradas del matrimonio son penetrantes. Más la de la esposa, que revela cierta interrogación. Degas construyó este retrato haciendo que los dos personajes parezcan surgir de un fondo luminoso que contribuye a aumentar sus expresiones que demandan preguntas al espectador.

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En Retrato de familia o La familia Bellelli, el pintor presenta una intimidad familiar, bella y señorial. Son los tíos y primas de Degas. Las expresiones de sus rostros denotan un imperceptible movimiento. Representó a sus parientes en actitudes familiares. A la izquierda de la composición, la tía Laura con sus dos hijas, Giulia y Giovanna, ambas con vestidos negros que denotan el luto por la muerte del abuelo Hilaire. A Genaro Bellelli se lo ve separado de su esposa e hijas, como ignorando la tristeza del momento, lo que está revelado por el color de su vestimenta.

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En El mercado del algodón en Nueva Orleans, el señor Musson, tío de Degas, se encuentra en un gran salón examinando las muestras de algodón mientras su hermano, René, lee un periódico, y su otro hermano, Achille, se apoya en una ventana. John Livandais, el cajero, examina los registros contables de la empresa, todo ello contextualizado por el trabajo de los empleados. La gran cantidad de algodón que hay sobre la mesa nos habla de la importancia de la industria de los tejidos de dicha fibra textil durante el siglo XIX. El algodón producido por las plantaciones del sur de los Estados Unidos era exportado a Inglaterra y en las fábricas de Manchester era convertido en tejidos.

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El ensayo. Degas, que acudía a los espectáculos de ballet del teatro Ópera de París, tenía acceso libre al foyer, que era la zona de ensayo. Allí podía detenerse a observar las prácticas de las bailarinas, el surgir o arranque del movimiento en el ballet, cómo se construía el baile, qué plasticidad adquirían los cuerpos de las bailarinas, qué figuras construían con sus brazos y sus piernas, cómo se contorneaban sus músculos; en suma, todo el mundo de la danza.

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A Degas siempre lo capturó el estudio del movimiento, de ahí, como dijimos, su predilección por el mundo de la danza que le permitía ver la relación entre movimiento y quietud: cómo la bailarina transformaba la quietud en movimiento y, a la inversa, el movimiento en quietud. En Ensayo de un Ballet se ve a las bailarinas apoyando dulcemente las puntas de los pies en el escenario, captadas precisamente en el momento en que nace el movimiento, en el momento en que parecen volar por el aire, como si se desprendiesen de la gravedad terrestre. Tenemos, por ende, en esta pintura, el volar de sus brazos y de todo su cuerpo. Aire y cuerpo se confunden, constituyen la unidad del despegue, del agitar sus brazos como si fuesen aves del cielo. Es que Degas supo hacer del movimiento una obra imperecedera. Y esto lo logra en una época en que el mundo refinado del ballet llega a las cumbres por el aura del romanticismo. Toda la gestualidad de las bailarinas en el ensayo está siendo dirigida por un maestro en el arte del ballet. Otros hombres, sentados, contemplan los pasos del baile.

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Degas pasó de las clases de danza a ver directamente el fruto de los ensayos, vale decir, a contemplar el producto final, el ballet como arte, como espectáculo que llama a la contemplación del movimiento ritmado por la música. En el escenario expresa la suavidad y el esfumado del ballet romántico. La bailarina principal parece volar y haber hecho de su cuerpo y el aire un todo único. Se confunde el cuerpo (la tierra) con el aire que envuelve su suspirar. El cuerpo en su desplazarse no es más que un dulce pájaro que se mueve al ritmo del viento. Las bailarinas son el dinamismo, la plasticidad, el contorneo, el fluir más allá de la gravitación del escenario. Ya no hay piso que retenga, las bailarinas han adquirido el poder del vuelo. Todo es el estremecimiento frente a la nueva dimensión adquirida por cuerpos adiestrados para que el aire sea el nuevo elemento que contiene lo corporal. Degas ha captado los mil recursos que, al ser puestos al servicio del movimiento de los cuerpos, crean un juego entre tierra y aire, entre quietud y movimiento, entre el vuelo y la gravedad, que es también un juego lumínico con sus innumerables matices y sus reflejos estampados a través de los ojos de los espectadores de la función de ballet.

Fuentes consultadas
Carandente, Giovanni y Lago, Catalina Elsa (1964). Pinacoteca de los Genios: Degas, Buenos Aires, Codex S.A.]
Thomson, Belinda (2000). El Impresionismo. Orígenes, práctica y acogida, Barcelona, Ediciones Destino.

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