Velázquez: el arte de representar el espacio
- Por Miguel Ruffo
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Se cumplen hoy 365 años del fallecimiento de Diego Velázquez, pintor barroco y uno de las figuras máximas de la pintura española y maestro de la pintura universal.
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla, España, en la época en que en este país recién había comenzado el reinado de Felipe III, el primero de los Austrias Menores.
Después de la conquista y colonización de América y de las luchas imperiales contra los protestantes en Alemania, Inglaterra y los Países Bajos, la patria de Don Quijote ingresaba en una prolongada y soñolienta decadencia. Paradójicamente, su eclipse político y militar coincide con el florecimiento de las letras y las artes, período conocido como el Siglo de Oro español.
Velázquez, que nació en la ciudad que se convertiría en la “puerta hacia América”, desde muy pequeño escogió el arte como el camino de su vida. Con tan solo diez años, ingresó a la escuela de pintura de Francisco Pacheco, donde adquirió y desarrolló sus conocimientos y pericias artísticas. Y en 1617, ya como miembro de la corporación sevillana de pintores, se casó con Juana Pacheco, hija de su maestro.
Eran años en que el arte occidental iba dejando atrás el renacimiento e ingresaba en el manierismo y el barroco. Las obras de Caravaggio, con su naturalismo y luminosidad, ejercieron influencia en la pintura española. En sus primeras obras, Velázquez desarrolló bodegones y naturalezas muertas, donde se advierten las influencias del naturalismo español y del referido pintor italiano.
En 1622, Velázquez se trasladó a Madrid y, al año siguiente, ingresó al servicio del rey, Felipe IV, en condiciones económicas muy ventajosas respecto de los otros numerosos pintores de cámara. Sobre esta época del artista, Raffaela Corti destaca el alejamiento del “estilo del gusto manierista” a la vez que “aclaró la paleta, llenándola poco a poco de azules y grises plateados y estudió a Tiziano, Van Dick y Rubens”.
Después de un viaje a Italia, donde conoció las tradiciones clasicistas, por entonces coexistentes con el realismo y el barroco, regresó a la corte, donde su prestigio crecía día a día. Pintó grandes retratos de cortesanos donde la aristocracia aparecía rica y lujosa, con todo su abolengo; pero también, cuando estaba libre de sus obligaciones reales, pintaba tipos populares: bufones, enanos, borrachos, en todo caso, sujetos sociales sin linajes. Incluso insertaba entre sus “pinturas aristocráticas” obras como La rendición de Breda, conocida también como Las lanzas, un antecedente de las pinturas de historia; Las hilanderas, con sus proyecciones en las pinturas mitológicas y Las meninas, que es, más allá de la representación real, todo un alegato de su fama y ennoblecimiento. Todas estas pinturas ejercieron una gran influencia en la historia del arte. Las meninas revela un magistral manejo de la perspectiva, ya que como obra de arte excelsa solo admite un punto de vista, vale decir que el espectador debe colocarse en un solo punto del espacio para ver la obra en toda su dimensión y complejidad. Las hilanderas nos lleva a la tradición mítica griega en pleno siglo XVII y La rendición de Breda acusa un precoz historicismo. Y en el conjunto de sus pinturas nos encontramos con la transparencia y energía del color, pero por sobre todo con su particular forma de representar el espacio: se aleja del “horror al vacío” del barroco y hace de los grandes espacios vacíos un componente representable en el arte. Es la representación del espacio mismo.
Veamos algunas de sus obras.

La herrería de Vulcano.
Pintada en Roma en 1630, esta obra expresa la influencia del clasicismo en la producción de Velázquez. Clasicismo dado, en primer lugar, por el tema que nos proyecta a la antigüedad griega. El dios romano Vulcano equivale a Hefestos entre los griegos. El dios cojo, que por su fealdad había sido arrojado por Hera desde el Olimpo a la Tierra. En la fragua, al momento de martillar el metal junto al fuego, es sorprendido por Apolo, el dios de la luz. En tanto dios de la fragua, Hefestos conoce el secreto de la fundición de los metales, conocimiento básico en esta edad del hierro. La luz de Apolo intenta, sin lograrlo, descubrir ese saber oculto. Asimismo, la luz apolínea, los ojos sorprendidos de Hefestos, sorpresa de la que son partícipes los acompañantes del dios de los metales, señalan la tónica de este taller. En segundo lugar, el clasicismo está dado por los torsos desnudos, la representación de las musculaturas y la anatomía de los varones. En tercer lugar, nos ubica dentro de las pinturas clásicas la perspectiva lineal como recurso para crear y organizar el espacio. La luz, que ilumina los torsos desnudos, también expresa la influencia del naturalismo de Caravaggio. En suma, estamos frente a un tema clásico en la Europa de principios del siglo XVII.

La rendición de Breda o Las lanzas.
Esta pintura nos pone ante un acontecimiento histórico: el del triunfo de las fuerzas del ejército del rey español, Felipe IV, sobre los holandeses, el 5 de junio de 1625. El gobernador vencido, Justino de Nassau, entrega a Ambrosio Spínola, general vencedor, las llaves de la ciudad de Breda. El conjunto erguido de las lanzas, el gesto magnánimo del vencedor que casi amablemente toca con su mano derecha el hombro del vencido, el caballo del primer plano, los personajes que miran al espectador como invitándolo a presenciar el acontecimiento del triunfo de las armas españolas, el cielo nuboso, el fondo dado por la ciudad, son todas las variables que unidas constituyen los tópicos de esta pintura.

El príncipe Baltasar Carlos a caballo.
Este retrato oficial integraba un conjunto de retratos ecuestres pintados para uno de los salones del palacio del Buen Retiro de Madrid. El caballo fogoso que levanta sus patas delanteras, el joven príncipe que domina esa fogosidad, el paisaje recostado del fondo del retrato, el cielo azul nuboso, todo ello nos lleva a indagar en la relación entre la nobleza y la caballería y de todo lo que forma parte de la educación del príncipe desde su infancia: saber montar a caballo, conducir al animal a donde el jinete quiere ir y el dominio del espacio desde la cabalgadura. Una luminosidad que va más allá de lo convencional porque se intenta asociar lo lumínico con la realeza, el resalte del caballo como patrimonio y símbolo distintivo de la nobleza, el azulado del cielo como alusión simbólica de la sangre nobiliaria y los aciertos de la riqueza policromática de la representación son los componentes de este retrato.

Venus ante el espejo.
Estamos frente a uno de los desnudos más famosos en la historia del arte. Venus es el conjunto de la belleza femenina. El espejo es el reflejo de la belleza que es contemplada por la propia mujer. Ello configura cierta vanidad, cierto orgullo que va más allá de toda fugacidad. Parece ser que la belleza no es efímera, sino que el espejo siempre la reflejará porque atestigua la perdurabilidad de la condición terrenal. El amorcillo, el cupido que sostiene el espejo, está ahí como fiel servidor de la belleza de la mujer. Venus ante el espejo nos hace recordar la Maja desnuda de Goya o la Olympia de Manet, otros desnudos célebres de la historia del arte.

Las meninas.
La infanta Margarita, los enanos que acompañan la escena, los reyes que están posando y que se reflejan en el espejo, el propio Velázquez que se autorretrató le dan a esta composición un vuelo de retrato múltiple. El ambiente de la sala del palacio, donde la infanta está rodeada de doncellas, enanos y dignatarios de la corte, son “sombras”. No es la infanta, no son los reyes ni los enanos ni los dignatarios los protagonistas de la escena, sino que es el propio Velázquez, el pintor de la corte, el que luce en su casaca la Orden de Caballería del Reino. Velázquez ascendió socialmente por su pericia, su destreza y habilidad como pintor. Está encumbrado en la más alta jerarquía del reino y nos está diciendo: “Aquí estoy yo”.

Las hilanderas.
El hilo de la vida, la madeja que se está desenredando, la rueca que está hilando y tejiendo, la tijera que va a cortar el hilo de la vida. Son Cloto, Laquesis y Atropo en la cultura greco-clásica que veía en las hilanderas una alegoría de la vida. Porque la vida de cada uno de nosotros es como el hilo que va siendo desenredado, como el hilo que va siendo tejido. Pero no es un hilo infinito: allí están las tijeras de la terrible hilandera que un día cortará el hilo de nuestra vida. Las hilanderas navega entre el mito clásico y un presente perpetuo, en el sentido que todo presente se dirige hacia un futuro donde la vida concluirá en el imperio de la muerte.
Fuentes consultadas
Causa, Raffaello (1983). Los grandes pintores: Velázquez. Buenos Aires, Viscontea.
Corti, Raffaela (1980). Los genios de la pintura: Velázquez. Madrid, Sarpe S.A.





