Una fundación a través de su máxima efigie
- Por Miguel Ruffo
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Hoy se cumplen 490 años de la primera fundación de Buenos Aires y, a propósito de este aniversario, ofrecemos una reseña sobre la escultura pública más relevante vinculada a dicho acontecimiento: el monumento a Pedro de Mendoza que se levanta en el Parque Lezama, en la esquina de Defensa y Brasil
Obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro, cuya piedra fundamental fue colocada en 1936, en ocasión del IV Centenario de la referida fundación, fue inaugurada en 1937. Es el homenaje de Buenos Aires a su primer fundador. Se trata de un monumento-fuente formado por una pantalla con relieves en sus cuatro caras, la escultura en bronce de Don Pedro y la fuente con dos vertederos de agua, que representan los ríos Guadalquivir y de la Plata, puntos de partida y llegada, respectivamente, del fundador.
El bronce representa a Don Pedro, erguido, dando un paso hacia adelante, apoyando una de sus manos en un mandoble. Su pose es imponente, soberana en su actitud. Podría decirse que la representación no corresponde al sujeto histórico real, ya que don Pedro, aquejado por la sífilis, pasó parte de la travesía casi postrado. No estamos entonces en presencia de una escultura realista: lo que interesó a Oliva Navarro fue representar en Don Pedro, al arquetipo del fundador. Y este es el hombre que, venciendo los mares y las adversidades, gana nuevos territorios para el Rey y en el acto fundacional pone las semillas de la civilización, en este caso, en las tierras del Plata. Fundar, civilizar, he allí los componentes del arquetipo del Fundador.

En la parte delantera de la pantalla de mampostería, un relieve dado por un indígena que representa la “raza americana” que va a recibir el mensaje cristiano y civilizador. Es el primer monumento público donde aparece representado un indígena. En su época esto generó críticas y polémicas, se argumentaba que el “indio de las Pampas” opuso, a lo largo de los tiempos coloniales y criollos, resistencia y oposición a la hispanidad cristiana. Pero Oliva Navarro mantuvo su idea original y allí está el indígena, tras la imagen del fundador.

En el lateral izquierdo, aparecen representados un Sol Incaico, un cerro (el de Potosí) y un conquistador: nos hablan del “sueño de la Sierra de la Plata”. Así, este relieve, torna presentes los sueños que guiaron a los conquistadores del Plata: alcanzar el mítico y fabulosamente rico Imperio del Rey Blanco. Fueron los sueños que gobernaron mentes por espacio de varios decenios y centraron la atención de los conquistadores hasta tal punto que, en el proceso histórico real, condujeron al despoblamiento de la Buenos Aires de Mendoza, allá por 1541. Sueño y realidad, horizontes y pesares, vistas obnubiladas por alcanzar los metales preciosos contrapuestas a la realidad de Buenos Aires asediadas por los indígenas. Pero allí, en la representación, el Sol Incaico vuelve a hablarnos de los “indios de América” a través de una de sus más altas culturas: la de los Incas.

En el lateral derecho, nos encontramos con el relieve “La Fundación”, donde vemos a un conquistador plantando el Rollo de la Justicia como símbolo de este atributo del rey de España. Lo interesante es que la presencia de este relieve nos está diciendo que la Buenos Aires de Mendoza revestía la dimensión política de una ciudad. Y ello insertaba al monumento dentro de una polémica historiográfica en la que se debatía si lo fundado por Mendoza revestía ese carácter, ya que por las capitulaciones que había firmado con Carlos V se hablaba de “fortalezas de piedra” y no de ciudades. La presencia en el relieve de un acto, el de plantar un rollo, nos habla directamente de ciudad, ya que ese acto formaba parte del ritual de fundación de una ciudad hispánica en América.
La Sierra y la Ciudad, el sueño y la realidad. Una realidad que decenios después habría de imponerse con la segunda fundación de Buenos Aires por Juan de Garay en 1580.

En la parte posterior de la pantalla, una representación de la nave capitana de la expedición de Don Pedro de Mendoza: “La Magdalena”, acompañada por los nombres de varios hombres y mujeres que formaron parte de esta épica travesía.
Finalmente, la dimensión simbólica de la fuente: es Juvencia, manantial de la eterna juventud que nos dice que Buenos Aires es una ciudad eternamente joven. Es que con este simbolismo estamos homenajeando las mentalidades de aquellos conquistadores que redescubrieron en América los mitos de la antigüedad clásica.
Fuente consultada:
Ruffo, Miguel (2009). El Monumento a Don Pedro de Mendoza en Revista “Historias de la Ciudad”, Nº 50.





