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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 2 de febrero de  2026
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La independencia continental

La independencia continental

Y llegó el día. Hoy celebramos un nuevo gran bicentenario. Antecedentes y circunstancias que rodearon al Congreso de Tucumán. El papel de San Martín y Belgrano.

El 9 de julio de 1816 el Congreso reunido en la ciudad de Tucumán declaraba la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. Llegaba así a término un proceso que se había iniciado en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, cuyo congreso no pudo entonces concretarse porque los diputados del interior fueron incorporados a la Junta de Gobierno, y la Asamblea del Año XIII no declaró la independencia ni sancionó una Constitución, debido a la influencia que ejercían en los proyectos de la burguesía porteña los cambios en Europa, que había pasado del imperio napoleónico a la restauración de las monarquías y la formación de la Santa Alianza.

La revolución de 1815 determinó la disolución de la Asamblea y poco después la sanción del Estatuto de 1815 convocó un Congreso a reunirse en Tucumán. Se eligió esta ciudad del interior por los recelos que provocaba la política centralista de la burguesía porteña. En el Congreso estuvieron representados Buenos Aires, Cuyo, el Interior Mediterráneo y las provincias altoperuanas; no así las provincias del Litoral, que respondían a la jefatura federal de José Gervasio Artigas.

Es importante reparar en la situación europea, americana y rioplatense en aquel momento.

En Europa predominaba la restauración monárquica y, específicamente, en España Fernando VII se disponía a recuperar el control de la América hispana con el apoyo de la Santa Alianza. Inglaterra aliada a España y al sistema de la Santa Alianza, por su participación en la lucha contra Napoleón, no podía apoyar abiertamente a los independentistas de América; en este continente todas las revoluciones que se habían sucedido en 1810 habían sido derrotadas: en Colombia y Venezuela la expedición del español Morillo había derrotado a la revolución de Simón Bolívar; en Perú continuaba firme el poder de los virreyes y Lima era el centro de todos los movimientos contrarrevolucionarios en América del Sur; en Chile la revolución había sido derrotada en Rancagua en 1814; solo en el Río de la Plata se mantenía en pie el proceso revolucionario abierto en 1810, pero para 1816 la guerra de la independencia ya venía desarrollándose sincrónicamente con la guerra civil, la guerra entre directoriales y artiguistas; por otra parte, el noroeste de las provincias unidas se veía expuesto a las incursiones e invasiones de los realistas, dadas las sucesivas derrotas del Ejército del Norte. La región resistía bajo la dirección de Martín Miguel de Güemes: fue la guerra gaucha que le cubrió las espaldas a la campaña libertadora continental del general San Martín, quien por entonces era gobernador intendente de Cuyo y estaba organizando el Ejército de Los Andes.

San Martín, que desempeñó un papel central en la declaración de la independencia, le escribió al diputado por Mendoza, Tomás Godoy Cruz:                                 

“¿Hasta cuándo esperamos nuestra independencia? ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien dependemos? ¿Qué relación podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos, y con mucha razón, nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos. Esté usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación, y por otra parte el sistema ganaría un 50% con tal paso. Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. Veamos claro, mi amigo; si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo este la soberanía, es una usurpación que se ha hecho al que se cree verdadero, es decir, a Fernandito”.

El Congreso declaró la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. Desde la perspectiva del historiador Antonio Pérez Amuchástegui esto fue la expresión de la ideología y el proyecto continentalista –luchar por un solo Estado continental libre e independiente– del general San Martín en el Acta de la Independencia.

Cuando San Martín inicia la campaña libertadora a Chile y luego al Perú, no está liberando otras naciones, sino que está liberando la nación americana. Así, la independencia de 1816 fue el fundamento jurídico y político de la campaña libertadora sanmartiniana.

También Manuel Belgrano desempeñó un papel relevante. El creador de la bandera nacional nformó al Congreso sobre la situación europea y propuso una monarquía constitucional incaica.

Coronar a un descendiente de la Casa de los Incas y trasladar la capital al Cuzco implicaba un reordenamiento general de las relaciones políticas y socioeconómicas. Cuzco, como capital, significaba mirar hacia el interior del continente americano. Buenos Aires, por su condición de puerto abierto hacia el Atlántico, significaba mirar hacia los mercados europeos. San Martín y Güemes respaldaron la propuesta.

Al respecto, señala Narciso Juan Lugones: “Manuel Belgrano de regreso en el país y en sesión secreta habla ante el Congreso, tres días antes de declararse la independencia: ‘Primero, que aunque la revolución de América en sus principios por la marcha majestuosa con que empezó había merecido un alto concepto entre los poderes de Europa, su declinación en el desorden y anarquía continuada por tan dilatado tiempo habría servido de obstáculo a la protección que sin ella se había logrado de dichos poderes, debiéndonos en el día contar reducidos a nuestras propias fuerzas.

Segundo, que había acaecido una mutación completa de ideas en la Europa en lo respectivo a forma de gobierno: que como el espíritu general de las naciones en años anteriores, era republicarlo todo, en el día que se trataba de monarquizarlo todo; que la nación inglesa con el grandor y majestad a que se ha elevado, no por sus armas y riquezas, sino por una constitución de monarquía, temperada, había estimulado a las demás a seguir su ejemplo (…).

Tercero, que conforme a estos principios en su concepto la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada; llamando la dinastía de los Incas por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta casa tan injustamente despojada del trono (...)”.

Y más adelante, agrega: “Décadas después, Anchorena le escribía a su primo Rosas, respecto de la monarquía incaica: ‘Al oír esto los diputados por Buenos Aires y algunos otros nos quedamos atónitos con lo ridículo y extravagante de la idea; pero viendo que el general insistía en ella, sin embargo de varias observaciones que se hicieron de pronto, aunque con medida, porque vimos brillar el contento de los diputados cuicos, en los de su país asistentes a la barra y también en otros representantes de las provincias, tuvimos por entonces que callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento quedando al propio tiempo admirados que hubiese salido de boca del general Belgrano’”.

Los proyectos monarquistas pueden agruparse en dos tendencias: por un lado, la monárquico “revolucionaria”, que se articulaba en torno a un Inca, y, por el otro, la monárquico “conservadora”, que buscaba coronar como monarca constitucional a un príncipe de una casa dinástica europea, incluso de la casa borbónica.

“Las tratativas monárquicas –prosigue Lugones– no se agotan en torno del Inca. Miran también hacia Río de Janeiro. Actúa allí hace mucho tiempo Manuel García. El Congreso decide enviar nuevos delegados con las siguientes instrucciones: ‘También les expondrá la grande aceptación del Congreso entre las provincias (…) (y que) el Congreso, la parte sana e ilustrada de los pueblos, y aun el común de estos están dispuestos a un sistema monárquico constitucional o moderado bajo las bases de la Constitución inglesa acomodadas al estado y circunstancias de estos pueblos (…) Procurará persuadirles el interés y conveniencia que de estas ideas resulta el gabinete del Brasil en declarare protector de la libertad e independencia de estas provincias restableciendo la casa de los Incas, y asociándola con la de Braganza, sobre el principio (…) de que unidos ambos estados se aumentará sobre manera el peso de este continente hasta poder contrabalancear el del viejo mundo (…) Si después de los más poderosos esfuerzos que deberá hacer el comisionado para recabar la anterior proposición fuese rechazada, propondrá la coronación de un infante del Brasil en estas provincias, o la de cualquier infante extranjero con tal que no sea de España para que enlazándose con alguna de las infantas del Brasil gobierne este país bajo una constitución que deberá presentar el Congreso’”.

Ante la inclinación de la inmensa mayoría del Congreso por adoptar como forma de gobierno una monarquía, Fray Justo Santa María de Oro, diputado por San Juan, manifestó que para proceder a declarar la forma de gobierno “era preciso consultar previamente a los pueblos, sin ser conveniente otra cosa, por ahora que dar un reglamento provisional, y que en caso de procederse sin aquel requisito a adoptar el sistema monárquico constitucional, a que veía inclinados los votos de los representantes, se le permitiese retirarse del Congreso, declarando ante quien debía verificar la renuncia de su empleo”.

Cuando analizamos los proyectos monárquicos del Congreso de Tucumán, que en febrero de 1817 se trasladó a Buenos Aires, debemos tener en cuenta que el principio legitimista monárquico era en esos años lo dominante a nivel mundial. Las ideas republicanas levantadas por José Gervasio Artigas y otros caudillos federales entraban en colisión con la política del Congreso y con la constitución centralista de 1819, en la que bastaba cambiar al director por un monarca y tener una monarquía constitucional con un Senado corporativo y aristocrático.

“Otra tentativa monárquica –refiere Lugones– (fue) la de entronizar al príncipe de Luca: ‘(…) Sesión Secreta del miércoles 27 de octubre de 1819 (…) [Valentín Gómez expone] haber sido invitado a una conferencia por el Ministro de los Negocios Extranjeros de S. M. Cristianísima, y tenídola el día primero del mes en que data su comunicación, manifiesta la propuesta que se le había hecho en aquella por dicho Ministro de establecer en estas provincias una monarquía constitucional colocando en ella al Duque de Luca antiguo heredero del Reino de Etruria y entroncado por línea materna en la dinastía de los Borbones: contando con que esta elección encontraría la mejor acogida en los soberanos de las cortes principales y particularmente de los emperadores de Austria y de Rusia abiertamente decididos por la persona del Duque y en mayor grado por los intereses generales de aquel continente (...)’”.

Mientras San Martín convertía a Chile en la nueva base de su campaña libertadora al Perú, los federales artiguistas avanzaban sobre Buenos Aires y, tras la batalla de Cepeda,  en 1820, provocaban la caída del Directorio y del Congreso. Se cerraba la primera década revolucionaria, se abría paso la crisis de 1820 y emergían los estados-provincias como nueva relación política dominante.

 

Fuentes consultadas
Furlong, Guillermo S.J y otros. El Congreso de Tucumán. Buenos Aires, Ediciones Theoría, 1969.
Ravignani, Emilio. Asambleas Constituyentes Argentinas. Buenos Aires, Instituto de Investigaciones históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires,1937-1939. Tomo 1.
Lugones, Narciso Juan. Introducción, selección y notas al Congreso de Tucumán.  Buenos Aires, CEAL.

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