Gerrit van Honthorst: el Caravaggio de Utrecht
- Por Miguel Ruffo
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Se cumplen hoy 370 años de la muerte de Gerrit van Honthorst, pintor neerlandés, uno de los representantes más destacados del caravaggismo en Utrecht y exponente del renacimiento nórdico.
Procedente de una familia de artistas, Gerrit van Honthorst estudió en su ciudad natal con el célebre Abraham Bloemaert. Entre 1610 y 1622 se instala y trabaja en Roma, donde se hace adherente a las formas plásticas desarrolladas por Caravaggio, en particular en lo que hace al uso de la luz y de las sombras.
De regreso en Utrecht como consumado caravaggista, Van Honthorst produjo pinturas con representaciones mitológicas y arquitectónicas en un estilo clasicista.
El pintor transita los años en que los artistas de los Países Bajos se vinculan con el renacimiento italiano y que dan lugar al llamado “Renacimiento del Norte”. Es importante señalar que los Países Bajos advinieron a la existencia hacia fines de la guerra de los cien años (1337-1453) entre Inglaterra y Francia. A diferencia de las ciudades italianas donde estaba presente la Antigüedad Clásica en aquellos se carecía de ese pasado romano y el nuevo arte, más que un renacimiento, constituye un nacimiento, vale decir, un nuevo arte cuyas primeras formas se insertaban en el gótico internacional. El arte del norte traería consigo la pintura al óleo, el paisaje como género autónomo y una jerarquización del retrato. Van Honthorst, convertido en un puntal de este movimiento, trabajó para el gobernador de La Haya y también para diversas casas europeas.
Analicemos algunas de sus obras:

Guillermo II, Príncipe de Orange, óleo sobre lienzo, 1647.
Van Honthorst fue el pintor de la corte en los Países Bajos durante los gobiernos de Federico Enrique de Orange y de Guilermo II (1626-1650) quien afianzó el poder de la Casa de Orange con el aplastamiento de la rebelión de la ciudad de Amsterdam. Guillermo II ha sido representado de tres cuartos de cuerpo, ligeramente sesgado a la izquierda, con armadura. Su cabellos largos caen libremente sobre sus hombros. Los ojos oscuros fijan la mirada en el espectador. Con la mano derecha sostiene un cetro, símbolo de la autoridad real de la que está investido, mientras que la mano izquierda descansa sobre una mesa, junto a la base de una columna clásica. Esta representa simbólicamente la solidez, la base sobre la cual descansa toda la autoridad real. Alcanza a verse hacia la derecha de la composición la empuñadura de un sable sostenido a su cintura. El pecho está atravesado de derecha a izquierda por una banda real y se destaca el cuello blanco de su camisa. El fondo esta dado por un cielo cubierto en parte por nubes grisáceas.

Adoración de los Pastores, óleo sobre lienzo, 1617.
Este óleo es una magnífica muestra de las llamadas “obras nocturnas” de Van Honthorst. El uso de la luz, que se centra magistralmente en el Niño Jesús, nos hace con sus contrastes lumínicos recordar a Caravaggio. Toda la composición está concentrada en el Niño para irradiar el amor divino. El ambiente que se respira es festivo y alegre. Es la fiesta del Nacimiento. La Virgen María, acaba de dar a luz al Niño. Un ángel se aparece a los pastores, que acuden a presenciar el Nacimiento. Los pastores observan con atención y adoración al Niño recostado en una tela blanquecina abierta por la Virgen. Los angelitos que revolotean, que planean sobre la escena, enmarcan a esta dentro de un plano celestial. Son como dos rondas de fiesta: la de los pastores que observan al Niño y la de los Ángeles que danzan en las alturas. El Niño es el motivo de la adoración y de la danza. Los gestos de los pastores, la gesticulación de sus manos, el dedo de uno de ellos que señala a la Virgen como Madre del Niño y por sobre todo la luz, inducen a pensar en la magnitud esplendorosa del Nacimiento.

Cena con música de laúd, óleo sobre lienzo, 1617.
Nuevamente la luz, el contraste con las sombras, la influencia de Caravaggio. La luz es la creadora de una atmósfera que nos remite a la vida social. De una forma de sociabilidad, de una fiesta colectiva, enraizada en la música. En torno a una mesa se disponen los personajes para el festejo. Están compartiendo un momento de descanso, de distracción, de conversación. Música y palabra para una alegría compartida. Allí están también la bebida y la comida, como sugiriendo el doble alimento necesario a los hombres: el alimento del cuerpo (comida, bebida) y el alimento del alma (música).

Susana y los Viejos, óleo sobre lienzo, 1650.
Este óleo, que nos remite a un episodio del Antiguo Testamento, Van Honthorst lo plasma en el conflicto entre el alma y el cuerpo, el conflicto entre la integridad moral y los deseos de la carne. La historia de Susana y los viejos está redactada en el libro de Daniel: dos viejos, gobernados por la lujuria, observan a Susana, esposa de Joaquín, cuando esta toma un baño en el jardín. Como Susana se negó a cumplir con sus deseos la acusaron de tener relaciones con un joven. Daniel juzga el asunto y demuestra la inocencia de Susana. En esta representación de un tema visitado en más de una oportunidad por el arte occidental, Susana está intentando huir del acoso de los viejos. La joven, con su torso desnudo, acaba de tomar un baño. Con un gesto desesperado, está como arrancando su cuerpo de los brazos de los viejos que, sosteniendo su manto, intentan retenerla. Es como si ya estuviera siendo acusada, por no ceder a los apetitos carnales de los viejos.
Fuentes consultadas:
Gowing, Lawrence (2006). Historia del arte: El renacimiento. Barcelona, Folio S. A.
Stukenbrock, Christiane y Topper, Bárbara (2011). 1000 obras maestras de la pintura, h f Ullmann.





