Charles Fouqueray y un óleo de la Reconquista
- Por Miguel Ruffo y María Inés Rodríguez Aguilar
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Se cumplen hoy 220 años de cuando la ciudad de Buenos Aires, que había sido ocupada por los ingleses, fue reconquistada por el pueblo. Rememoramos dicho acontecimiento con una reseña del célebre óleo sobre tela La Reconquista de Buenos Aires, de Charles Fouqueray, expuesto en el Museo Histórico Nacional (MHN).
Recordemos en primer lugar que la Reconquista se apoyó en un trípode: las fuerzas comandadas por Santiago de Liniers, que fueron organizadas en la Banda Oriental; las fuerzas dirigidas por Martín de Pueyrredón, que se agruparon en la campaña de Buenos Aires; y las fuerzas que en la propia ciudad lucharon contra los ingleses, entre cuyos jefes se encontraba Martín de Álzaga.
Con La Reconquista de Buenos Aires, óleo que fue pintado en 1909, nos encontramos frente a un testimonio plástico de los años del Centenario (1910). Puestos a analizarlo, lo primero que debemos señalar es la dramaticidad de lo representado: el artista nos pone ante la rendición de las fuerzas inglesas, ante el momento en que, frente al Cabildo, entregan sus atributos bélicos a las fuerzas de la Reconquista encabezadas por Santiago de Liniers. Estamos ante el instante inmediatamente posterior a los combates librados en la Plaza Mayor y en un combate es factible la muerte, por ende, los hombres que combatieron se enfrentaron a la más límite de todas las situaciones humanas. No hay algarabías por el triunfo, no hay vítores, sino rabia contenida, rostros firmes en la decisión de combatir hasta el final por la libertad. Observemos que hay personajes con la cabeza vendada, incluso uno tiene vendada toda la frente: son las heridas del combate. La bandera deteriorada, deshilachada, subraya el fragor de los enfrentamientos. La actitud gallarda de Santiago de Liniers, que le manifiesta al comandante inglés William Carr Beresford que puede conservar el sable insignia de su cargo, revela la generosidad del vencedor. Es para subrayar. El tambor del parlamento, Hilarión de la Quintana, nos traslada al momento en que las fuerzas inglesas, agazapadas en el fuerte, decidieron rendirse. El cielo cubierto de nubes de tormenta acentúa la dimensión dramática de la escena representada. Hacia el fondo, el Cabildo como mudo testigo de la victoria. Y, por último, prestemos atención al primer plano, en el centro inferior, donde se encuentra un cadáver. Veamos cómo el artista ha representado el momento de la muerte. La boca entreabierta, los ojos que se cierran, la agonía de los instantes finales. Pero afinemos nuestro mirar y prestemos atención a ese puño que se levanta como de ultratumba. Está firmemente erguido, no es la posición del puño de un cadáver; allí está, para indicarnos que estamos ante un puño vivo: es la vida ofrendada en defensa de la tierra natal, es la vida del héroe que vence a la muerte al morir en combate, es un vivir junto a los dioses por toda la eternidad.
Una notoria negativa y sus fundamentos
Adolfo Pedro Carranza, que había fundado el MHN dos décadas antes de que fuera pintado el óleo y que continuaba siendo en ese entonces el director de dicha institución, no lo comisionó a pesar de su tan relevante papel como comitente de obras de arte cuya finalidad era la glorificación de la nueva nación. Para comprender esta actitud, bueno es transcribir la carta que dirigió a la Comisión de Homenaje a la Reconquista y Defensa donde explicitaba las razones por las cuales se negaba a participar de un homenaje a Santiago de Liniers: “Creo que no existe para los argentinos ningún deber de glorificación a los actores de los sucesos que se desenvolvieron en la época colonial. Entonces no había patria, los criollos eran como los peninsulares, vasallos del rey de España, y las invasiones inglesas sirvieron más bien para alentar a los precursores de nuestra independencia, para robustecer sus medios de acción, para demostrar cuánto valían y cuánto podrían los colonos si deseaban emanciparse; a lo que contribuyó sin duda la política hábil que desarrolló el conquistador, dando franquicias y libertades que negaba la metrópoli y cuyas órdenes cumplían con estrictez sus representantes en América. No soy de los que lamentan el fracaso de dichas invasiones y reconozco que hubo entusiasmo para resistirlas, pero sí de los que piensan que, siendo el origen de nuestra nacionalidad el movimiento de mayo de 1810, a nosotros solo nos pertenece lo bueno y lo malo que desde entonces haya sucedido dentro de las fronteras territoriales que marcó la acción de nuestras armas. Además, es preciso recordar que los enemigos capitales de la revolución fueron Liniers y Álzaga, a quienes se los ajustició. No estoy dispuesto a concurrir a la rehabilitación de aquellos personajes porque sería renegar de la obra de los grandes hombres de mi patria, de Moreno, de Belgrano, de Rivadavia”.
Fuentes consultadas:
Klug, Diana y Ruffo, Miguel (1993). “Un Análisis de la Mentalidad Fundadora del Museo Histórico Nacional. Archivo de Correspondencia Adolfo P. Carranza”. II Jornadas de los Museos. Patrimonio, Investigación y Difusión. Buenos Aires, Ministerio de Cultura y Educación.
Rodríguez Aguilar, María Inés y Ruffo, Miguel José. “Charles Fouqueráy, la Plástica de las Invasiones y los Valores de la Nacionalidad”. Revista Historias de la Ciudad, 2005.





