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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 24 de octubre de  2020
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Se nos fue Hugo Arana, “el groncho”

Se nos fue Hugo Arana, “el groncho”

Triste noticia: el gran y querido actor Hugo Arana pasó a engrosar la estadística de los fallecidos por Covid. Según se difundió, el virus lo contrajo encontrándose internado por un accidente que sufrió en su casa. Tuvimos la oportunidad de entrevistarlo en 1996 para la edición gráfica de Tras Cartón de noviembre de ese año, y ahora tenemos la oportunidad de homenajearlo reproduciendo esa charla que, por la vigencia y la profundidad del testimonio que nos brindó, revelan su especial calidad humana. “No le creo ni al éxito ni al fracaso” fue el título que llevó la nota. Realizada por Pablo Sáez y Víctor Pais, lo que sigue es su transcripción.

Las propagandas de televisión hicieron que su cara fuera popular en diez o quince días. Sin embargo, casi todos desconocían que, en ese entonces, Hugo Arana ya tenía premios de teatro. Se anotó en el Instituto de Arte Moderno el día que cumplía 22 años. Razón de peso para no olvidar esa fecha: un 23 de julio 1965. “El groncho", ese personaje que la memoria popular de inmediato asocia a su nombre, integra actualmente, junto a Jorge Marrale, Juan Leyrado, Manuel González Gil, Miguel Ángel Solá y Darío Grandinetti, Errare humanum est, compañía artística productora de sus propios espectáculos. En el Paseo La Plaza –sitio en el que se encuentra el “bunker” administrativo de este grupo de actores–, cerquita de allí y café de por medio, tuvimos el gusto de realizar esta entrevista.

¿Cómo es tu relación con la fama?

–Pertenezco a un criterio de escuela de teatro y de actuación que tiene que ver con tenerse muy en cuenta para poder actuar. La fama no me molestó. Ni me encandiló ni me paralizó ni me asustó ni me dio máquina. Nada. Lo que hacía era chequear que me pasaba con eso. Estudiar qué me pasa. Qué le pasa a la gente. Tratar de no quedar entrampado en esa cosa que es exterior y que a uno no le pertenece.

¿Y a quién le pertenece esa cosa de la fama?

–A los medios que crean la difusión masiva, o le pertenece a la gente, que me mira. Para mí no cambia nada. Cambia el entorno. Sirve para chequear qué es eso de la vanidad en uno. A ver hasta dónde la vanidad me puede ayudar y hasta dónde me puede convertir en un imbécil. Es una energía fuerte. Tiene que ver con el interrogante de por qué los actores elegimos una profesión en la que nos ponemos arriba de una tarima para que nos miren.

¿En tu familia hubo actores o alguien vinculado a algo artístico?

–No. Nada. Ni cantantes ni músicos ni pintores. Nada… Mi viejo era hombre de campo. Cuando yo nací se vinieron para la ciudad. Era de la zona del oeste, cerca de Pehuajó. Yo mismo viví en el campo alrededor de cinco o seis años.

¿En qué momento sentiste por primera vez el deseo de vivir de actor?

–Fue a los dos meses de estar en la escuela de teatro. Meses antes de ingresar al Instituto de Arte Moderno me había anotado en una escuela que se llamaba Centro Experimental Cinematográfico. Era una escuela para ser actor de cine. Ese era el curro. Eran todas mentiras y a los cuatro meses me fui. Hasta entonces nunca había ido a ver teatro. Solo había ido al Maipo a ver revista. Pero el cine me gustaba mucho. Y a los dos meses de empezar a descubrir el teatro –ya había ido a ver la primera obra– yo sentí que de acá no me saca nadie.

¿Por qué tipo de teatro sentís predilección?

–No tengo predilección particular por ningún género. Por suerte he podido recorrer la mayoría. No prefiero hacer drama, humor, tragedia. Prefiero todo. Es igual que la vida. Uno contiene la tragedia, el humor, la carcajada, la sonrisita… Yo como actor quiero recorrer eso y por suerte voy lográndolo. No maravillosamente bien. Pero puedo recorrer. Creo que la posibilidad de equivocarse y corregir es maravillosa. Y los ensayos son para equivocarse.

¿Cómo ves la televisión de hoy en comparación con la televisión de hace veinte años?

–La televisión necesita espacios de reflexión un poco más interesantes o por lo menos que los hubiera. En el viejo canal 7, con máquinas viejas y precarias, se hacían programas maravillosos, de grandes novelistas de la dramaturgia mundial. Uno ve una desesperada búsqueda de lo que esté de moda y de hacerlo rendir rápido. Si la onda es el efecto especial, entonces, bueno, metamos efectos especiales… La televisión requiere de un espacio donde el trabajo del actor tenga que ver con el tema del dramaturgo y donde se pueda reflexionar un poquito más sobre esto de ser una persona viva en un mundo que, gracias a Dios, también está vivo, a pesar de todo. Pero esto escasea. Y en eso sí cambió la TV. Hay menos espacio para eso.

Como contracara, en el ámbito teatral, ¿no ves exceso de intelectualismo?

–No. Creo que no. Hace un tiempo que se ha ido recuperando el teatro dramático y esto es una buena señal. En el 83, después de ese pozo gigantesco, negro, siniestro del Proceso, los teatros de Buenos Aires estaban llenos de comedias musicales, humor, sketches… El teatro dramático tendió a desaparecer. El drama había sido ya demasiado profundo como para ponerlo en los escenarios. Nadie quería meterse con el género dramático. Y este fracasaba. La gente no iba a ver esa clase de obras. Esto me parece de lo más coherente. Cuando uno tiene una llaga abierta, qué va a ir a un escenario a ver más drama. Entonces había humor, una cosa pasatista de relajarse un rato. Lentamente el género se fue recuperando. Y hoy hay una gran variedad de espectáculos que, más allá de la opinión que uno pueda tener sobre la calidad, son una señal de que el teatro dramático está presente. Esto me parece bueno, porque pareciera que podemos recuperar la posibilidad de reflexionar sobre lo dramático en la Argentina. Creo que uno solo puede meterse con esto cuando conserva el humor. Si uno tiene humor, puede ir a ver un drama. Tiene espacio para detenerse a reflexionar.

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Con Errare… realizaste una importante experiencia de giras en el interior tanto con Los mosqueteros como con Los lobos. ¿Cómo ves la posibilidad de recrear esta tradición de teatro itinerante en las provincias?

–Creo que hay una cosa grosa grosa que es lo económico. Nosotros somos productores de nuestros propios espectáculos y te aseguro que es muy difícil salir. Vos agarrás el cuadernito y empezás a sumar los viáticos, los pasajes, la publicidad, todo lo que hay que movilizar: técnicos, iluminador, sonidista, asistente de dirección, vestuarista… Si el problema económico en Buenos Aires es grande, en las provincias es más grande. Sin embargo, en este momento hay siete u ocho elencos muy fuertes que andan por todas las provincias: Brujas, Historia de Adán y Eva, Los lobos… Veinte años atrás no había elencos tan fuertes en gira. Había una tendencia a armar algo en pocos días y salir al interior. Se escuchó mil veces la frase: “Vamos a currar al interior”. Esto no existe más: los elencos que están saliendo son mucho más afiatados.

¿Tenés temor al fracaso?

–No le creo ni al éxito ni al fracaso. Creo que los dos mienten: el gran éxito y el profundo fracaso. No son los lugares que a mí me interesan. Los dos están en medio de una nube. No sabés qué hay dentro. No está mal que estén. Uno debe estar atento a los extremos. Indican algo. Se pueden asociar a los límites. ¿Hay un abismo? ¿Hay un nuevo mundo tras ese límite? De personajes fracasados yo he rescatado cosas que después me han servido. El tema es siempre estar atento. Todos los trabajos sirven para algo.

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