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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 28 de julio de  2021
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Una poeta que sigue atizando el fuego

Una poeta que sigue atizando el fuego

Despacito, saboreando cada frase, respirando en cada párrafo, así es como amerita ser leída esta exquisita poeta y, como lo prueba el libro que motiva esta reseña, también exquisita narradora de nuestro vecindario, María Julia Druille, que vuelve a deleitarnos con su imaginación creadora.

De reciente aparición, Memorias de un país invisible (Editorial Tersites, 2020) reúne un conjunto de veintitrés relatos dividido en dos partes. Una primera parte en la que el protagonismo está puesto en personajes adultos y una segunda en los niños. A modo de bonus track, incluye también tres miniaturas con desenlace fantástico agrupadas bajo el título de “Microrrelatos”.

¿Cuál podría ser el denominador común de esta propuesta expresada a través de un abanico de perfiles de personajes tan diversos y de registros narrativos que van desde el drama social en “Zoila-Sole” o “Un hombre y un perro” hasta el humor en “Tía Delia”, o hasta el desparpajo insolente y a la vez tierno en “La edad del asombro”, y que transita también con eficacia las atmósferas del suspenso y el terror, tal como sucede en “Crisantemos” y “Viernes Santo”? Tal vez una punta del ovillo para aproximarse a ese hilo conductor que subyace en la búsqueda literaria de Druille, la podríamos encontrar en una frase incluida en “El baile de los indigentes”, vívido e interpelante relato de nuestra realidad pandémica, cuando en él se subraya: “La alegría entre tanto miedo parecía un desafío”. Y enseguida pensamos que no podemos dejar de asociar esta frase con el texto de Ítalo Calvino elegido como acápite para la primera parte, sobre todo en eso de “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Porque, así como ocurre en el relato en el que el narrador incluye la referida frase, donde los excluidos, los que no tienen casa y viven al día, los que no tienen más remedio que desobedecer las normas pues son de imposible cumplimiento para el “país invisible” al que pertenecen, cantan y bailan desafiando su precariedad y su desamparo, así, muchas de las historias del libro están atravesadas por personajes que buscan escapar de su fragilidad, como Zoila (“Zoila-Sole”), y darle espacio a aquello que pueda devolverles la integridad que les fue arrebatada por las inclemencias de la vida. O por personajes enérgicos como Doña Juana (“Boliche La Puñalada”), que supieron cómo hacerse de ese espacio.

Dentro de ese registro testimonial que atraviesa el libro, no puede dejar de estremecernos el relato que hace una niña de una experiencia escolar en “Problemas para hablar en público”, en el que, por el revés de la trama, compone un retrato acabado de una madre obsesiva hasta el punto de ser violentamente invasiva.

Otro tópico que propone Druille y que se pone de expreso manifiesto en “Viaje en tren” es la no aceptación de la naturalidad con que se rechaza al que se encuentra en caída libre hacia el abismo, el afán por amalgamar universos disímiles y poner de relieve el componente de enajenación que los separa.

Y en eso de amalgamar lo disímil, pero en clave intimista, no se puede dejar de nombrar a “La fogata”, el relato donde la mujer adulta asume el desafío de dialogar con la niña que fue y en el que quizá se revele con más intensidad la idiosincrasia poética de la autora: “Saltaremos el fuego, quemaremos todo lo viejo, pediremos deseos y la niña y la vieja, las dos, seguiremos atizando el fuego como si fuera la primera vez, sin recordar las anteriores”, anuncia la narradora al concluir.

El libro de María Julia Druille atrapa de punta a punta, y en esto colabora también su cuidada edición. Apreciables contribuciones constituyen el arte de tapa de Graciela Durán, el prólogo de Ana María Oddo y la reseña de contratapa de Pietro de Vicari.

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