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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 4 de octubre de  2026
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Músico, orfebre y artífice

Músico, orfebre y artífice

Por su hijo, Norberto, nos enteramos de la triste noticia de la muerte de nuestro querido vecino Oscar Ferrareis, a quien tuvimos la oportunidad de entrevistar para nuestra edición impresa de febrero de 2013 por su condición de prestigioso calígrafo musical y clarinetista. Vaya como homenaje la reproducción digital de esa nota, titulada de la misma manera que la presente, que nos recuerda aquel cálido encuentro con Oscar.

En su extensa trayectoria, Oscar Ferrareis, cercano ya a los ochenta años y a los cincuenta como vecino de la zona, mereció elogios de algunos de los más importantes músicos de nuestro medio. Esta entrevista rescata episodios en el ejercicio de una profesión que llevó adelante con precisión de orfebre y minuciosidad de artífice.

Como calígrafo musical, Oscar Ferrareis integró la Orquesta Sinfónica Nacional y se desempeñó después en la Orquesta Estable del Teatro Colón; trabajó asimismo para los principales compositores argentinos de la época, como Juan José Castro, Luis Gianneo, Alberto Ginastera, Roberto Caamaño y Alicia Terzian, entre otros. Como clarinetista, actuó en distintos conjuntos, entre ellos, la banda interna del referido teatro, para terminar su carrera en la Banda Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires, donde se jubiló.

–¿Cuándo inició sus estudios musicales?
–A los ocho años empecé con la maestra del barrio y a los catorce ingresé a lo que era entonces el Conservatorio Municipal de Música; me tomó el examen de ingreso Cátulo Castillo, que en ese momento era secretario; después fue el director. Y en el año 55 egresé con el título de profesor de clarinete.

–¿Cómo empezó a trabajar como copista?
–Empecé un poco por casualidad, trabajando para Ariel Ramírez, a quien conocí a través de su socia Haydée de Pérez del Cerro, una clienta de mi papá, que era peluquero. Me acuerdo de que me daban un cuaderno Istonio de cien hojas, donde Ramírez tenía todas las obras escritas a lápiz, y yo las pasaba: en aquel entonces las fotocopias todavía no existían, así que a veces tenía que hacer cinco copias a mano; usaba tinta china diluida. Y en 1958 el director de la Orquesta Sinfónica Nacional, Juan José Castro, creyó necesario que hubiera un copista en ese organismo, y llamó a concurso para cubrir el cargo; me presenté y lo que menos imaginaba era que iba a quedar yo entre más de 30 concursantes.

–¿De cuál de los compositores con los que trabajó guarda el mejor recuerdo?
–Posiblemente, de Juan José Castro: el trato rígido que él tenía con la orquesta no lo tenía conmigo, y la señora, que era la hija de Julián Aguirre, también me trataba con mucha consideración. A él le escribí varias partituras para orquesta completa, como Epitafio en ritmos y sonidos y la Suite introspectiva, así como también para cuarteto de cuerdas. Recuerdo que cuando le hice el Concierto para violín y orquesta él ya era director del Conservatorio de Puerto Rico, y tuve que mandarle allí todo el material. Por supuesto, antes de enviarle los originales me quedé con copias; en ese entonces se trabajaba mucho con la copia heliográfica.

–Cuéntenos alguna anécdota...
–Me había dado varias obras para piano y canto con letra de Federico García Lorca; después él murió, y yo tenía los originales en casa. Un día me llamó la señora y me dijo: “Necesito que me haga Romance de la pena negra, porque me lo están pidiendo”. Hice el trabajo, se lo entregué y después fui haciéndole de a poco las otras obras; cuando se las llevé, me preguntó: “¿Cuánto le debo?”, y yo le dije: “Nada, el trabajo no se lo puedo cobrar, ustedes no tienen la culpa de que yo haya tardado tanto”. Como la señora insistió, le dije: “Si quiere, tenga una atención con mis hijos”. Y para fin de año tocaron el timbre de mi casa, yo no estaba y le dieron a mi señora un paquete y un sobre con una esquela que decía: “Para los hijos de una persona de las que Juan José más quería como amigo seguro y como profesional perfecto”, y la firmaba Raquel Aguirre de Castro.

–¿Cómo eran Luis Gianneo y Alberto Ginastera?
–Gianneo era una persona tranquila y muy afectuosa, vivía en la calle Paso 752; le hice una obra que se llamaba Angor Dei; en la Banda Sinfónica Municipal tocábamos El tarco en flor, que es una de las obras que más me gusta y emociona. Con Ginastera trabajé en Don Rodrigo: vivía en la calle Libertador 820, no recuerdo si en el tercer o cuarto piso, lo que sí recuerdo es que encima del piano tenía al gato. Estuve ahí varias veces y me comunicaba mucho con él por teléfono.

–¿Y Roberto Caamaño?
–A Roberto Caamaño le hice Cinco piezas breves para cuarteto de cuerdas y también una Suite para orquesta de cuerdas. Después que le terminé los trabajos, se los di para que los revisara por los errores que pudiera haber, y él me entregó un papel con todas las correcciones que creía convenientes; y abajo me puso “magnífico trabajo”.

–¿En qué circunstancias ingresó al Teatro Colón?
–Un buen día sonó el timbre de mi casa y alguien me dijo: “Te necesitan en el Teatro Colón, quieren que vayas vos”. En ese momento yo no conocía a nadie en el Teatro, pero la persona que vino a verme me dijo: “A vos no te conocen ni vos conocés a nadie, pero ellos conocen tu trabajo”. Al día siguiente, que fue el 19 de enero del 71, me presenté, hablé con el maestro Enrique Sivieri y me llevó al entonces director general, Enzo Valenti Ferro. “Vaya a hablar con el administrador”, me dijo, y a partir de ese momento ya quedé contratado.

–¿Hasta cuándo permaneció en el Teatro?
–En los primeros meses del 80 hubo un concurso abierto en la Banda Municipal, y me presenté con el clarinete; así fue como del Teatro pasé a la Banda, en la que empecé el 1° de diciembre del 80. Voy a contar una anécdota que parece un poco pedante: un día Juan Emilio Martini, el director de ópera del Teatro Colón, viene y me dice: “El Teatro no se puede permitir el lujo de perder a un elemento como usted”.

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