18 de enero de 2013
A 30 AÑOS DE SU MUERTE
Recordando a don Arturo Illia
Por Haydée Breslav

Se cumplen hoy treinta años del fallecimiento de Arturo Illia, el gran presidente argentino derrocado para instalar un modelo corporativista impulsado por cúpulas militares, empresariales y de la burocracia sindical.
En una de sus recientes apariciones televisivas, Miguel Bonasso reivindicó la figura de Illia, a quien llamó “un gran patriota olvidado por su propio partido y en gran medida por la historia nacional”.
Acaso el recuerdo de su gobierno y de las circunstancias en que terminó resulte incómodo para los fabricantes de relatos: entre los asistentes a la asunción de la presidencia por quien encabezó el golpe que lo derrocó, estaba Vandor; por cadena nacional, Sabato manifestó su apoyo a ese golpe. “Illia había detenido el país queriendo imponerle estructuras del año mil ochocientos”, le dijo Perón a Tomás Eloy Martínez, quien lo entrevistó en Madrid para la revista Primera plana. El general no dudó en descalificar a uno de los personajes más honestos de nuestra historia al afirmar: “Como argentino hubiera apoyado a todo hombre que pusiera fin a la corrupción del Gobierno Illia”.
Precisamente ayer, Daniel Muchnik mencionó en La Nación a esa revista, y a Confirmado, entre los semanarios que fueron protagonistas de la tan mentada renovación periodística de la década del 60; omitió la activa y decisiva participación de ambos, junto a la revista Esto, en la feroz campaña de desprestigio contra el presidente constitucional de entonces.
Ante la imposibilidad de achacarle hechos de corrupción o irregularidades de cualquier tipo, se procuró que la opinión pública caracterizara a su gobierno como lento, inepto e inoperante: así, se lo comparó con una tortuga y se lo caricaturizó como tal. También se hizo mofa de sus escapadas sin custodia a la Plaza de Mayo, en uno de cuyos bancos se sentaba a leer los diarios, según acota nuestro amigo Juan Canosa.
Para Miguel Ángel Taroncher, los periodistas que intervinieron en esa campaña, “por coincidencia de intereses, se convirtieron en los intérpretes y difusores de las principales críticas, preocupaciones y necesidades de las élites política, militar, sindical y empresaria”.
Y ya que se nombró al sindicalismo, cabe destacar las huelgas salvajes organizadas por la CGT; Juan nos recuerda que esa central dispuso también una suelta de tortugas.
Recuerda asimismo que durante ese gobierno, pese a los violentos hostigamientos, no rigió el estado de sitio; se sancionó la ley del salario mínimo, vital y móvil; se implementó el Plan Nacional de Alfabetización; no se cedió a las presiones norteamericanas para enviar tropas a Santo Domingo; se anularon los contratos petroleros suscriptos por Frondizi, y se promulgó la Ley Oñativia, de medicamentos; por esto último se dijo que el golpe del 66 olía a remedios y a petróleo.
Una anécdota
“Lo conocí poco antes de su muerte, y me confirmó lo que pensaba de él”, cuenta Juan. “Yo trabajaba de mozo en el restaurante del tercer piso del Club Español, donde solían reunirse los radicales: Alfonsín, Angeloz, Moreau, los Storani y otros; serían unos quince, se sentaban a una mesa donde los atendía el mozo principal; y el viejo solito, en una mesa aparte, que la atendía yo, y que estaba casi al lado del mostrador; hasta creo que la elegía para darme menos trabajo a mí”.
En sus palabras, don Arturo “era muy sobrio: pedía siempre lo mismo, una comida sencilla, que acompañaba con un poco de vino, y nunca participó en las bulliciosas reuniones de los otros; era muy clara la división”.
En muchas ocasiones Antonio López, el dueño del local, quiso agasajarlo, pero sin éxito. “Nunca aceptó las invitaciones que le hacía Antonio; a veces, y después de mucho insistir, aceptaba un café: entonces, al despedirse nos daba la mano en señal de agradecimiento”, refiere Juan.
Y así describe al ser humano: “Era tan austero como dicen, y de pocas palabras. Sus rasgos daban la impresión de una imagen tallada en madera: la de un hombre de bien”.









