Septiembre 2012
EDITORIAL
Mal porteño y nacional
Por Víctor Pais

Una insignificante parodia con la que se pretendió ridiculizar a Mauricio Macri y a su ministro de Educación pasó a ocupar un lugar central en los medios y resultó además motorizadora de un paro docente.
Todo por obra y gracia de la cualidad amplificadora de una sanción decidida por el Gobierno de la Ciudad y amparada, según el fallo de la Procuración General porteña, en el artículo 6 inciso a del Estatuto Docente, el cual vela por “sustentar y educar a los alumnos en los principios democráticos y en la forma de gobierno instituida en nuestra Constitución Nacional y en las leyes dictadas en su consecuencia, con absoluta prescindencia partidaria y religiosa”.
La medida disciplinaria aplicada a los docentes que participaron en la olvidable parodia –que consistió en un diálogo en cuyo transcurso los mencionados funcionarios disponían el cierre de cursos– no hizo más que otorgarle entidad a un episodio que carecía absolutamente de ella.
La sanción nace mal parida: al padre de una alumna de la escuela del barrio de Monte Castro donde tuvo lugar la representación teatral no se le ocurrió mejor forma de procesar el disgusto que le ocasionó que denunciarla a las autoridades competentes (en este caso, las porteñas). La representación no constituía, por lo menos de manera explícita, un hecho partidario o religioso y no consta que al denunciante se le haya privado de la posibilidad de expresar su rechazo e introducir un debate sobre lo que allí estaba ocurriendo que, sin dudas, por lo que se puede ver en el video que circuló en la red en estos días, ofrecía muchos flancos para ser criticado.
Lo que es claro es que el Gobierno de la Ciudad actuó con mucha cola de paja porque lo indiscutible es que la política que lleva adelante en relación a la educación pública es claramente una política de achicamiento. Es cada vez menor el presupuesto destinado al área y cada vez mayor el subsidio a la educación privada. Por eso se genera un círculo vicioso en el que lamentablemente las escuelas públicas se vacían porque cada vez más padres optan por mandar a sus hijos a las privadas.
Ahora, ¡atenti!: como además de ciudadanos porteños somos ciudadanos de una Nación, si hablamos del deterioro de la educación pública que se registra en la ciudad debemos decir que no difiere demasiado de lo que pasa del otro lado de la General Paz y que nadie llegó tan lejos en los últimos tiempos en la descalificación a los docentes como la propia Cristina Kirchner cuando, en el discurso de apertura de las sesiones legislativas de este año y teniendo como telón de fondo el conflicto salarial que estos protagonizaban en la provincia de Buenos Aires, les adjudicó, falsa y tendenciosamente, trabajar sólo cuatro horas diarias y gozar de tres meses de vacaciones. Los sucesos de la escuela de Monte Castro le ofrecieron la oportunidad de sacar a relucir su “vocación democrática” con declaraciones en favor de la libertad de expresión de los maestros porteños. Contó con el dulce aditamento de que esa libertad de expresión fue cercenada por quien ella eligió como rival político preferido. Paciencia: ya llegará el día que a los docentes se los reconozca con hechos por el valor de su tarea educativa.

