Abril 2012
EDITORIAL
Soberanías
Por Víctor Pais

¿Cuál fue la naturaleza del sentimiento nacionalista que explotó en la Argentina hace treinta años por el desembarco de nuestras tropas en las Malvinas?
Fueron múltiples los gestos que van desde la euforia exitista y verborrágica de muchos de los que se encontraban agitando banderitas a miles de kilómetros de la operación militar hasta los de aquellos que hicieron de sobrias palabras y valerosos actos una misma cosa y se jugaron la vida con la convicción de defender una causa justa.
Las guerras son una calamidad, pero con horrorizarnos ante ese rasgo no alcanza. Las guerras responden a leyes del desarrollo social que debemos analizar con frialdad, si es que aspiramos a que alguna vez sólo representen la expresión más cruel de una superada prehistoria humana en la que el mundo se dividía en naciones opresoras y naciones oprimidas. Y la guerra de Malvinas, además de ser una calamidad, fue producto de una seguidilla de groseros errores de cálculo de la dictadura que en ese momento encabezaba Galtieri. Tan groseros que finalmente precipitaron su caída.
Cuando la dictadura vio frustrado su objetivo de conseguir el apoyo de los Estados Unidos, fugó hacia adelante, aprovechando el humor popular favorable, y entregó a nuestros soldados a una carnicería. Ya no estaba en la mira de Galtieri la recuperación de las Malvinas –si es que alguna vez lo estuvo realmente– sino sólo demorar lo más posible el momento del desengaño en el que iba a ser profundamente repudiado por ese mismo pueblo que lo acompañó en su “gesta”.
Tres décadas después de ese controvertido episodio, el gobierno actual invoca la causa Malvinas a sabiendas de que continúa latente el sentimiento anticolonialista en la mayoría de los corazones argentinos. Para marcar una diferencia clara con el procedimiento de la dictadura, el kirchnerismo pone especial énfasis en que la lucha por la recuperación de las islas debe encauzarse por la vía del diálogo y la diplomacia, y manifiesta un contundente rechazo hacia la idea de una nueva guerra. Las enseñanzas de la historia y el carácter imperialista de los ocupantes, quienes no están en Malvinas por capricho sino para dominar el estratégico Atlántico Sur y apropiarse de un modo directo de buena parte de sus recursos pesqueros e hidrocarburíferos, ya nos colman de sobradas evidencias de que este entuerto, así como no puede solucionarse con otra aventura a lo Galtieri, improvisada y despreciativa de la vida y la dignidad de los propios combatientes, tampoco se arregla por las buenas.
El problema de la soberanía de Malvinas debe encararse como parte del problema de la soberanía en todo el territorio que está bajo bandera pero que, en los hechos, se viene entregando a pasos agigantados a manos privadas y extranjeras. Por eso los argentinos, en primer lugar, debemos ser capaces de darnos un gobierno que, con un patriotismo más efectivo que retórico, empiece por recuperar para la nación lo que tenemos más a mano. Y si hablamos de los ingleses, por hablar tan sólo de una de las potencias que sacan tajadas de nuestras riquezas, ya sabemos que no están sólo en Malvinas.

