TPL_GK_LANG_MOBILE_MENU

 

bantar 

TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 30 de mayo de  2026

Febrero 2012

CENTENARIO DE LA LEY SÁENZ PEÑA

“Quiera [mi país] votar”

Por Miguel Ruffo y Haydée Breslav


El 10 de febrero próximo se cumplirá el centenario de la sanción de la ley electoral 8871, conocida como ley Sáenz Peña, que establecía el carácter obligatorio y secreto del voto. Con ese motivo la Junta Comunal 11 dispuso un homenaje a esa norma legal y a su autor, en la plaza Roque Sáenz Peña, ubicada en la avenida Juan B. Justo, entre las calles Andrés Lamas y César Díaz, del barrio de Villa General Mitre.

 

 

La ley Sáenz Peña fue la expresión de un proceso político donde el sector reformador de la élite conservadora (Joaquín V. González, Indalecio Gómez, Roque Sáenz Peña) intentó modificar las prácticas electorales para liberar al sufragio ciudadano de las múltiples venalidades y corrupciones que lo rodeaban.

En términos electorales, el sistema político de la República Conservadora (1880-1916) se basaba, desde el punto de vista de su fórmula prescriptiva –es decir, atendiendo a los principios jurídico-filosóficos en los que se asentaba el sistema– en el sufragio universal, en la libre emisión del sufragio por parte de los ciudadanos. En efecto: el sufragio era universal; ninguna ley calificaba el voto; todos los varones mayores de 18 años tenían derecho a sufragar; la legitimidad de los gobernantes se basaba en la elección de estos por los ciudadanos en el acto electoral.

Pero desde el punto de vista de la fórmula operativa –es decir, atendiendo a las formas concretas de las praxis políticas– el sufragio estaba rodeado de múltiples formas de corrupción (doble voto, violencia comicial, voto de difuntos, control político de las comisiones empadronadoras, etc.), todas ellas digitadas por los caudillos políticos (hoy diríamos punteros). Cuando llegaban los días de elecciones se constituían las maquinarias políticas en torno a los caudillos que venalizaban el sufragio (vale decir, lo controlaban para que resultaran electos los candidatos de su parcialidad) y el elector, que desde el punto de vista formal era el ciudadano soberano, se convertía en un sujeto manipulado por el caudillo.

Es así como en la República se producía una “inversión del principio de legitimidad”: si desde lo formal esta se basaba en el ciudadano, desde lo real el presidente quien digitaba las candidaturas, eligiendo a su sucesor, a los gobernadores, a los senadores y diputados. Luego, los caudillos políticos se encargaban de que la elección del presidente se convirtiese en la elección del ciudadano. El gran elector de la República Conservadora era el presidente.

Pero un análisis más fino de la política concreta permitirá advertir que la figura del gran elector coincide con la del presidente cuando Julio A. Roca ejerce la presidencia; cuando no lo hace, por fuera del sistema institucional continúa digitando las candidaturas a través de las alianzas políticas. En suma, el gran elector era Roca, y los funcionarios eran legítimos si era él quien los había elegido.

Vale la pena recordar que la República Conservadora era la forma política correspondiente a la economía agroexportadora, cuyo avance fue modificando la estructura social y de clases de la Argentina; así, aparecieron y se desarrollaron nuevos sectores: proletariado moderno, clases medias, chacareros y colonos. La sociedad civil se tornó más diversificada y compleja, y esto tuvo su correlato político.

Tras la crisis de 1890 se formó la Unión Cívica Radical, partido político que intentó desarrollar una alianza entre un sector de la élite terrateniente y las clases medias, denunció la corrupción del sufragio y enarboló la consigna de abstención electoral y levantamiento armado.

También en la última década del siglo XIX se constituyó el Partido Socialista, que aspiraba a representar políticamente al proletariado. El sindicalista Sebastián Marotta señalaba que la presencia de esta clase social era el síntoma más evidente de que la Argentina había ingresado en la modernidad. La crisis del 90 es la crisis constitutiva de la política como problema porque, frente al acuerdo entre Roca y Mitre para digitar candidaturas, Leandro N. Alem lo impugna, se proclama radical y sigue el camino del levantamiento armado.

En este contexto, en el seno de la élite comenzó a abrirse paso una corriente reformista que se proponía contemplar el problema social (las huelgas obreras, los sindicatos, los boicots), mediante un Código Nacional del Trabajo, y el problema político, modificando las prácticas electorales y suprimiendo la venalidad del sufragio.

Fue así que primeramente se trató de volver transparente el mecanismo de la formación de las comisiones empadronadoras, dejándolas en manos de grupos de notables y estableciéndose el sufragio uninominal por circunscripciones. Estas medidas transformadoras permitieron la elección del socialista Alfredo L. Palacios, primer diputado de esa tendencia política en América.

Pero el gran cambio electoral se produjo con la ley Sáenz Peña, de 1912. Lo primero que debemos señalar al respecto es que la ley no estableció el sufragio universal porque este ya existía con anterioridad; su finalidad consistió en asegurar la autonomía del ciudadano, liberándolo del control de los caudillos políticos mediante el carácter secreto del voto. En el artículo 41, la ley establecía: “La habitación donde los electores pasan a encerrar su boleta en el sobre no puede tener más que una puerta utilizable, no debe tener ventanas y estará iluminada artificialmente en caso necesario”.

La segunda medida importante de la ley era el carácter obligatorio del voto. El artículo 6 disponía: “Todo elector tiene el deber de votar en cuantas elecciones nacionales fueren convocadas en su distrito”. Pero ¿quiénes eran los electores? El artículo 1 señalaba: “Son electores nacionales los ciudadanos nativos y los naturalizados desde los diez y ocho años cumplidos de edad, siempre que estén inscriptos unos y otros en el padrón electoral”.

¿Por qué debía ser obligatorio el voto? Para contestar a esta pregunta debemos tener en cuenta que la ley se insertaba dentro de un proyecto más amplio de reforma política. La élite conservadora quería que las praxis políticas dejasen de ser una prolongación hacia la sociedad civil de los organismos del Estado y se asentasen en partidos orgánicos, con estructuras y programas definidos, arraigados en aquella sociedad y proyectándose, con sus programas, hacia la gobernabilidad, administración y gestión del Estado.

Pero lo más relevante es que se suponía que un Partido Conservador Nacional, asentado en la sociedad civil, entre las clases y grupos sociales, con programas y proyectos definidos y por sobre todo difundidos dentro de esa sociedad civil, podría vencer al radicalismo en las elecciones.

Bueno es señalar que la ley Sáenz Peña no se proponía traspasar al radicalismo el ejercicio del gobierno, sino derrotarlo en elecciones nacionales. La ley sí era condición para que la Unión Cívica Radical saliese de la abstención y de las revueltas militares y participase de los actos eleccionarios.

Esta ley es la herramienta superadora de lo político como problema constituido por la crisis de 1890. En las elecciones nacionales de 1916, como los conservadores no lograron articular una alianza nacional en el colegio electoral, fueron vencidos por los electores radicales y en consecuencia Hipólito Yrigoyen fue electo presidente.

Para tener una idea más cabal de cómo la ley Sáenz Peña se proponía modificar las prácticas electorales y romper con las maquinarias que a tales efectos se producían, vale la pena citar el artículo 5 que establecía: “El sufragio es individual, y ninguna autoridad, ni persona, ni corporación, ni partido ni agrupación política puede obligar al elector a votar en grupos, de cualquier naturaleza o denominación que sea”. Era una idealidad hacer del ciudadano el elector soberano.

Con el golpe de 1930, el fascismo de José Félix Uriburu se propuso derogar la ley Sáenz Peña y sustituir al elector ciudadano por las corporaciones representativas. Pero el triunfo de la tendencia representada por Agustín P. Justo pretendió restaurar la República Conservadora, primero alejando al radicalismo de los actos electorales, al vetar sus fórmulas presidenciales, y luego mediante el “fraude patriótico”, “derrotándolo” en las elecciones.

A cien años de la ley Sáenz Peña, y atendiendo a las prácticas políticas contemporáneas, cabe preguntarnos si el ciudadano elector es una realidad o un desideratum incumplido.

 

En la literatura y en el tango

 

Así como ha sucedido con tantos otros episodios históricos, nuestra literatura y nuestro tango ofrecen interesantes testimonios sobre el estado de cosas al que la ley Sáenz Peña vino a poner término.

Los ejemplos que presentamos pertenecen a épocas, géneros y corrientes estéticas diferentes, tanto como la formación y la ideología de sus autores, quienes tienen en común, sin embargo, el indiscutido privilegio de contarse entre los más destacados exponentes de sus respectivas especialidades.

Estableciendo un orden cronológico, encontramos que en el capítulo 24, titulado precisamente Las elecciones, de La vuelta de Martín Fierro (publicada en 1879), José Hernández pone en boca de Picardía, el hijo de Cruz, una experiencia comicial sufrida, suponemos, en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires. (“Ricuerdo que esa ocasión / andaban listas diversas / las opiniones dispersas / no se podían arreglar / decían que el juez, por triunfar, / hacía cosas muy perversas. // Cuando si riunió la gente / vino a proclamarla el ñato, / diciendo con aparato / ‘Que todo andaría mal / si pretendía cada cual / votar por un candilato.’ // Y quiso al punto quitarme / la lista que yo llevé, / mas yo se la mesquiné, / y ya me gritó: ‘!Anarquista! / Has de votar por la lista / que ha mandao el Comiqué.’ // Me dio vergüenza de verme / tratado de esa manera; / y como si uno se altera / ya no es fácil que se ablande, / le dije: ‘Mande el que mande, / yo he de votar por quien quiera’. // ‘En las carpetas de juego / y en la mesa eletoral, / a todo hombre soy igual, / respeto al que me respeta, / pero el naipe y la boleta / naides me lo ha de tocar.’ // Ahi no más ya me cayó / a sable la polecía; / aunque era una picardía / me decidí a soportar, / y no los quise peliar / por no perderme ese día. // Atravesao me agarró / y se aprovechó aquel ñato / dende que sufrí ese trato / no dentro donde no quepo; / fui a jinetiar en el cepo / por cuestión de candilatos”).

Es necesario consignar que el altercado entre Picardía y el ñato (un corrupto oficial de partida) no tiene su origen en diferencias ideológicas, sino en una inquina personal; en cuanto a la comparación de la boleta con el naipe, va más allá de la previsible metáfora: empujado por la miseria, Picardía se había hecho jugador profesional, y la baraja constituía su herramienta de trabajo.

Llamativamente, picardía es el término que mejor conviene al condimento que Ángel Villoldo aplicó a muchas de sus letras, que reflejan sagaces observaciones de situaciones y personajes de la Buenos Aires del novecientos. En una de ellas, correspondiente a la milonga Matufias o El arte de vivir, compuesto en los primeros años del siglo XX y cuya música también le pertenece, fustiga la corruptela electoral de entonces: “Se presenta un candidato / diputado nacional, / y a la faz de todo el mundo / compra el voto popular. / Se come asado con cuero / y se chupa a discreción, / celebrando la matufia / de una embrollada elección”.

En el episodio del Martín Fierro, es la policía la que se ocupa de reprimir a quienes pretenden defender su derecho a votar libremente; las clases dominantes de la ciudad de Buenos Aires pronto optarían por tercerizar esa represión (¿le suena, lector?) creando una fuerza de choque reclutada entre el lumpen orillero.

En el segundo capítulo de Evaristo Carriego (publicado en 1930), Borges puntualiza, en su prosa impecable: “Porque la votación se dirimía entonces a hachazos, y las puntas norte y sur de la capital producían, en razón directa de su población criolla y de su miseria, el elemento electoral que los despachaba. Ese elemento operaba en la provincia también: los caudillos de barrio iban donde los precisaba el partido y llevaban sus hombres. Ojo y acero –ajados nacionales de papel y profundos revólveres– depositaban su voto independiente. La aplicación de la ley Sáenz Peña, el novecientos doce, desbandó esas milicias”.

En el capítulo siguiente da más precisiones acerca del “guapo antiguo”: (…) “el comité alquilaba su temibilidad y su esgrima, y le dispensaba su protección. La policía, entonces, tenía miramientos con él: en un desorden, el guapo no iba a dejarse arrear, pero daba –y cumplía– su palabra de concurrir después. Las tutelares influencias del comité restaban toda zozobra a ese rito”.

En torno de uno de esos personajes, el prestigioso dramaturgo Samuel Eichelbaum estructura su obra más conocida, titulada Un guapo del 900 (1940). Ecuménico López es pobre de fortuna y de instrucción; hombre de austero coraje, desde chico profesa una lealtad sin fisuras al caudillo (don Alejo), en quien ve la encarnación de su particular sentido del honor; cuando la realidad le muestra que no es así, se desencadena el conflicto.

En el primer acto esto dice orgullosamente Natividad, madre del protagonista, acerca de este y de su hermano Ladislao: “¿Que si son guapos? Cuando las cosas se ponen feas, don Alejo los hace trair, y en cayendo ellos ni las moscas zumban. No le hacen asco ni a la muerte. ¡Es de ver cómo baila el cuchiyo en sus manos! Ecuménico, pa unas eleciones que hicieron ayá en los tiempos de don Alsina, tomó solito y su alma, a punta de cuchiyo, una comisería”.

El mismo personaje, en el diálogo con don Alejo del tercer acto, le expresa: “En el caso, Ecuménico habría matao por política. Pa que haiga un alversario menos, como tantos otros quitaos del medio. Un ostáculo más salvao pa asegurar el triunfo de los suyos”.

En la persona de un paisano anónimo, el tango rinde homenaje a las víctimas de la violencia electoral. El gran payador anarquista Luis Acosta García es el autor de los versos de Dios te salve m’hijo, a los que pusieron música Agustín Magaldi (simpatizante de esa ideología) y Pedro Noda; el primero de ellos lo grabó el 11 de mayo de 1933, versión que hasta ahora no ha sido superada.

La breve vida de Acosta García transcurrió entre 1897 y 1935, por lo que la historia pudo haberle sido inspirada por episodios anteriores a la ley Sáenz Peña o posteriores al golpe de Estado de 1930.

Contrariamente a lo que ocurre por lo general en los tangos, el hecho principal se produce en la primera parte; el relato es conciso y enérgico. (“El pueblito estaba lleno de personas forasteras / los caudillos desplegaban lo más rudo de su acción / arengando a los paisanos a ganar las elecciones / por la plata, por el voto, por la tumba o el facón. / Y al instante que cruzaban desfilando los contrarios / un paisano gritó: ¡Viva! y al caudillo mencionó / y los otros respondieron sepultando sus puñales / en el cuerpo valeroso del paisano que gritó”).

Refutando al estereotipo, es la figura del padre la que aparece puesta de relieve: en la segunda parte, el viejo paisano se acerca al mártir y lo reconviene cariñosamente; su rezongo se inscribe en lo más genuino de la filosofía tanguera (“Pobre m´ hijo, quién diría que por noble y por valiente / pagaría con su vida el sostén de una opinión. / Por no hacerme caso m´ hijo, se lo dije tantas veces / ‘no haga juicio a los discursos del doctor ni del patrón’”).

Elegimos, para cerrar esta nota, un texto que no es literario sino político; conceptuoso y muy bien escrito, a pesar de haber sido elaborado hace cien años conserva sorprendente vigencia.

Transcribimos a continuación algunos párrafos, incluyendo los finales, del Manifiesto en ocasión de las primeras elecciones conforme a la nueva legislación, del presidente Roque Sáenz Peña:

“[…] Para que todos los ciudadanos se sientan garantizados y ninguna bandera deserte la lucha, atribuyéndose posición desventajosa, es menester que los gobiernos se coloquen sobre los partidos. Mis conciudadanos me tienen acreditada su confianza y no dudan de mi imparcialidad. Es y será la conducta invariable que ha de inspirar a los miembros del Ejecutivo Nacional, obligados por sus convicciones y su pública adhesión a mi programa. El gobierno nacional prescindirá; pero pido a mis conciudadanos que mediten la nueva situación.

[…] Sean los comicios próximos y todos los comicios argentinos escenarios de luchas francas y libres, de ideales y de partidos. Sean anacronismo de imposible reproducción tanto la indiferencia individual como las agrupaciones eventuales, vinculadas por pactos transitorios. Sean, por fin, las elecciones la instrumentación de las ideas.

He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. Quiera votar”. 

Secciones

Contacto

Nosotros

Archivo