Enero 2012
VICTORIA AZURDUY Y LIANA DELPIERO
Dos hermanas, dos destinos
Por Haydée Breslav

Las dos son porteñas. La mayor es artista plástica; la menor, periodista y escritora; docentes ambas. En sus respectivas disciplinas, han desarrollado carreras con proyección internacional. En la charla con Tras Cartón, Victoria Azurduy y Liana Delpiero cuentan experiencias y analizan diversos aspectos de la actualidad.
Liana Delpiero se desempeñó como titular de cátedra y de seminarios de posgrado en la Escuela de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, y realizó numerosas muestras en la Argentina y en Perú, México, Alemania e Italia; asimismo, participó en salones oficiales y privados del país y del exterior, y obtuvo importantes distinciones, como el Premio en Pintura del Museo Della Scienza e Della Tecnica de Milán (1977). Actualmente trabaja en dos series de dibujos y tintas: La red, sobre cartoneros, y Billetera mata galán, escenas tangueras; y planea una retrospectiva de su obra.
Victoria Azurduy trabajó en distintos medios de Buenos Aires y de México; fue corresponsal de guerra en Nicaragua y El Salvador, y coordinadora del sector América latina de la Deutsche Presse Agentur. Publicó, entre otros libros, El caso argentino, Retrato de Familia y otros cuentos, Amores contrariados y, junto con otras escritoras, la colección de Pasión y Coraje, de la editorial Desde la Gente. En estas vacaciones espera terminar un cuento largo y una novela corta. Por ejercer y defender la libertad de pensamiento y de expresión, Victoria conoció la cárcel y, junto con Liana, el exilio.
–¿Por qué tienen diferentes apellidos?
Victoria: –Tenemos el mismo apellido; yo me puse el seudónimo cuando me exilié en México. No podía trabajar hasta que no estuviera legalizada, pero mientras hacía los trámites estaba escribiendo en el diario El Día, y como en México no podían hacerse notas sin firmar, tuve que ponerme seudónimo. Elegí el apellido Azurduy porque sabía que iba a llamar la atención y era una forma de conectarme con los argentinos que llegaban a México.
–¿Por qué te tuviste que exiliar?
Victoria: –En septiembre del 74 estuve presa: trabajaba en el diario El Mundo y era simpatizante del PRT [Partido Revolucionario de los Trab ajadores]. Durante el paro de los bancarios estaba en un café entrevistando a unos trabajadores que hacían huelga de hambre, cuando cayó la policía. Después que salí, y a raíz del asesinato de [Arturo] Mor Roig, hicieron una redada; yo estaba marcada, allanaron la casa de mis padres y se llevaron a mi papá. A partir de entonces estuve semiclandestina; en diciembre pude salir y me fui para Perú.
Liana: –Yo acompañé a Victoria; fuimos recorriendo Perú, Ecuador…
–O sea que el exilio lo hicieron juntas…
Liana: –No del todo; yo podía volver, y de hecho volví. Partimos juntas, la dejé en México y de allí me vine para Buenos Aires. Después la fui a visitar, y cuando acá se produjo el golpe de Estado, allá me hicieron una entrevista a raíz de una muestra de mis trabajos en la Casa del Lago. Yo había recibido una carta de un amigo donde me contaba que habían secuestrado a Miguel Ángel Bustos, y decía que cada vez que se paraba un coche en la puerta pensaba que era un Ford Falcon que lo venía a buscar. Leí esa carta en el Canal 13 de Televisa, y entonces Victoria me dijo: “Vos no podés volver”. Con lo que tenía puesto me quedé en el exilio, y estuve siete u ocho años fuera del país.
–¿Cómo descubrieron sus respectivas vocaciones?
Liana: –Desde chiquita me gustaba el dibujo; mi padre hizo la Academia de Artes Decorativas, era fileteador de la vieja escuela; mi madre era pianista, pero tenía además muchas condiciones para la pintura y el dibujo. Siempre estuve rodeada de pinturas, y tenía facilidad para dibujar: en la escuela primaria las maestras me mandaban a decorar los pizarrones y todas esas cosas, y en la secundaria igual. Entonces dije: “¿Qué hago? ¿Sigo Arquitectura o Bellas Artes?”. Y me metí en Bellas Artes.
Victoria: –A mí me gustó siempre la literatura, aunque cuando era chica quería ser monja o bailarina; después que en el baile fracasé, me dediqué a las letras.
–¿Lo de monja lo probaste?
Victoria: –Todavía no, pero no sé; depende del convento. Si fuera como los de la época de la Colonia, me iría.
–¿Dónde estudiaste?
Victoria: –Estudié Filosofía en la Universidad de Buenos Aires hasta que me fui al exilio, después abandoné; me interesaba Letras, pero me parecía que era más completa y más profunda la carrera de Filosofía. Al mismo tiempo hacía periodismo: cuando estaba en el secundario hice un curso con [Fausto de] Tezanos Pinto, después empecé a trabajar por mi cuenta hasta que entré a El Mundo.
–¿Algún recuerdo de las épocas de aprendizaje?
Liana: –Cuando entré a la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación Ernesto de la Cárcova, como se llamaba entonces, quería hacer pintura mural, donde el ingreso era mucho más exigente que en los demás talleres. Aprobé el examen, que entonces duraba una o dos semanas, y el primer proyecto que hice fue un boceto para un mosaico veneciano. Lo había dibujado, y Ponciano Cárdenas, que en ese momento era ayudante del taller, me preguntó: “¿Y dónde está el color?”. “Lo tengo acá, profesor” [y se señala la cabeza]. “Bueno, vamos a ver”, me contestó, y cuando hice el trabajo me dijo: “Lo tenías, nomás”. Había mucha exigencia: entrabas con título de la [Escuela de Bellas Artes Prilidiano] Pueyrredón u otro equivalente, tenías que concurrir todos los días de 8 a 12:30, y te podías quedar trabajando en el taller hasta las 5 de la tarde. Cambiaron los tiempos, ya no existe la Cárcova.
–¿Querés hablar de eso?
Liana: –Lamentablemente hoy la Cárcova es una entelequia, no existe más que para los cursos de extensión cultural, que son pagos, y el Museo de Calcos. Ese museo fue creado por Ernesto de la Cárcova para que los alumnos no tuvieran que ir a Europa a ver las obras de arte y consiguió, prácticamente por donaciones, calcos de primera agua: el David, por ejemplo, es una maravilla, al igual que la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, las obras medievales, las cerámicas de Lucca della Robbia… Y lo hizo con una finalidad didáctica, no para exhibirlos en un museo. Y la Escuela se creó porque en ese momento el que tenía dinero iba a hacer su aprendizaje y su perfeccionamiento especialmente a Francia, y entonces Ernesto de la Cárcova presentó este proyecto para terminar con esa situación, y todo el mundo pudiera tener aquí los mejores maestros y enseñanza gratuita. Venían becarios de todo el mundo, sobre todo de América, y de todas las provincias argentinas. Es la escuela fundante, y es realmente un estropicio lo que han hecho.
–¿Con qué propósito se la cierra?
Liana: –No sé cuál es la finalidad, es como si fuera parte de un plan para acabar con la cultura.
Victoria: –Para mí, es parte de un plan para acabar con la educación pública, porque los chicos terminan el secundario y no saben formar una oración y ni siquiera comprender un texto. La escuela pública se transformó en un estacionamiento de chicos y de jóvenes, conteniendo para que no estén en la calle; la formación está en la escuela privada, a pesar de que los maestros son los mismos, porque el que trabaja en escuela pública tiene generalmente un cargo en escuela privada, ya que no se puede vivir de un solo cargo en la docencia.
–No contaste ninguna experiencia de tus primeros tiempos en el periodismo.
Victoria: –Mi primer reportaje para una revista fue a Haroldo Conti; vivía en San Telmo y había escrito Alrededor de la jaula. Después, mi primer trabajo para El Mundo fue una entrevista en Vieytes, porque había un paro de enfermeros, y el jefe de sala que tenía el mayor problema me dijo: “Espero que no sea como Zito Lema, que después viene a rescatar a los locos”. Claro, [Vicente] Zito Lema había hecho un trabajo con el poeta Jacobo Fijman, y entonces decían los psiquiatras: “Van a venir a hacer lo mismo que hicieron con Fijman, a decir que damos electroshock, ¿y qué pretenden que se les dé a los locos?”. Pero bueno, empezar en un loquero es un buen entrenamiento.
–¿Cómo te hiciste corresponsal de guerra?
Victoria: –Yo trabajaba entonces en el semanario Proceso, de México, donde las diferentes fracciones sandinistas tenían portavoces y había muchísimos exiliados nicaragüenses con los que estaba contactada. En julio de 1979 todas esas fracciones, que ya combatían conjuntamente, coincidían en que ese mes se iba a asestar el golpe final contra el dictador. Le propuse ir a cubrirlo a Julio Scherer, el director de Proceso, pero se negó porque dudaba de la exactitud con que la guerrilla marcaba la batalla final y decía que, de ser cierto, era una tarea para las agencias de noticias. Finalmente el 19 de julio, día en que Somoza fue derrocado, me citó de urgencia; tenía el pasaje para partir apenas se habilitara el aeropuerto de Managua. Tuve mi bautismo de fuego a los pocos días; todavía había grupos somocistas operando.
–¿Y en El Salvador?
Victoria: –Allí, los combates se cobraban diariamente la vida de decenas de personas, mientras los grupos paramilitares adiestrados por militares estadounidenses y argentinos sembraban de cadáveres horrorosamente torturados las orillas de las rutas. La represión se extendía a los periodistas extranjeros, que éramos rigurosamente vigilados; tal es así que no dudaron en asesinar a cuatro holandeses que fueron a entrevistar a los guerrilleros. El club de corresponsales nos hacía ir a cubrir los combates con unas camisetas rojas con la leyenda en blanco de “Alto no disparen, periodista”, lo que muchos considerábamos ridículo porque nos convertía en blancos perfectos. Eran tiempos en que los jóvenes estábamos comprometidos con la revolución donde quiera que se diera, por eso me hice corresponsal de guerra. Después, el ejercicio del poder, el atractivo y las tentaciones que lleva implícito, se encargaron de arrasar la utopía.
–¿Qué opinás de la ley de medios?
Victoria: –Me parece que esta ley, que debe ser completada con la del libre acceso a la información, tiene mucho de positivo: terminar con los monopolios y posibilitar el acceso a la comunicación masiva de universidades, cooperativas y demás. El peligro está en el sostenimiento de esos nuevos medios, por lo que la distribución de la propaganda oficial debe ser equitativa para que no se caiga en un monopolio estatal, aunque a estas alturas de la tecnología y de las experiencias históricas sería un despropósito el hecho de intentar siquiera la hegemonía comunicacional.
–Pasando a otro tema, ¿cómo ven el panorama actual en sus respectivas disciplinas?
Liana: –Creo que acá se da un fenómeno, que es globalizado: prima mucho la moda y también dentro de las artes se ve el exitismo. Como se acabaron las épocas de los maestros –en las escuelas de arte las generaciones de maestros ya no existen– no se transmiten las experiencias adquiridas en una vida a través del quehacer, y entonces no hay una formación. Salvo los grandes que quedan todavía y son verdaderos baluartes, veo mucha desorientación, especialmente en los jóvenes: hay mucha moda, pero lo que no hay es la búsqueda de la imagen personal a través del trabajo; todas son instalaciones, intervenciones, la cosa efímera, y falta el conocimiento de lo básico, de lo estructural, del dibujo, de la buena forma, de la problemática del color.
Victoria: –Respecto a la nueva tendencia en literatura –prefiero esta definición a la clasificación por edades, ya que el mercado da a conocer autores nuevos de edades variadas– lo que he leído está ligado, en su mayoría, a la historieta y al videoclip: lo exterior y la velocidad para reflejar la fluidez y la fugacidad de los sentimientos, y estos muy ligados o confundidos con los sentidos. No me termina de quedar en claro si es a modo de crítica, de resignación o de asimilación de la realidad. Otros, en oposición, pero sin despegarse del todo de esa línea, muestran un humor muy sutil, a veces demasiado ácido, como los cuentos de Gabriela Meyer, junto con descripciones muy crudas de la realidad, como las novelas de Horacio Esberg. Y si me remonto a la literatura que les interesa a la mayoría de mis alumnos muy jóvenes, como fervorosos lectores y escritores de sms y de facebook, todo lo que sea breve, sin importar mucho la temática.
–¿Y qué dicen del apoyo al Gobierno por parte de tantos artistas e intelectuales?
Liana: –Cada uno es dueño de hacer lo que quiera, si quieren apoyar al Gobierno, que lo hagan. Lo que me parece lamentable es que personas que tenían principios de izquierda, o revolucionarios, caigan en hacer una cosa obsecuente hacia el gobierno de turno para sacar un beneficio personal, y la influencia que eso pueda tener en sectores de la población.
Victoria: –Lo que me parece terrible es la claudicación del espíritu crítico, porque los intelectuales a la carta, que es como yo llamo a la gente de Carta Abierta, se olvidan de cuál es el papel del intelectual. Esto no es la revolución, el peligro del imperialismo que nos va a caer encima y nos va a devorar no lo tenemos para nada, porque las trasnacionales están acá adentro y funcionan libremente; entonces, ¿de qué nos estamos defendiendo? Y lo más terrible de todo es la falsificación de la historia, porque la historia que te cuentan de los años 70 no es la historia de los años 70.
–Ni la anterior...
Victoria: –No, pero la falsificación de las ideas de los años 70, al homogeneizarlas con esto, me parece trágico. No me parece trágico lo que hace la presidenta, porque ella es política y es oportunista, como todo político. El oportunismo es una “cualidad” de la política, pero me parece terrible por parte de los intelectuales y de los artistas.

