5 de octubre de 2013
RECORDANDO A BASIA KUPERMAN
Por Pedro Gaeta*

Estos últimos meses han sido particularmente duros porque vieron partir a varios colegas y amigos; de entre ellos, sentí en especial la pérdida de dos a los que quise mucho: León Ferrari, que siempre me mereció un gran respeto y un gran cariño, y Basia Kuperman.
La conocí en la hoy tan valorada década del 60, cuando empecé a participar en la SAAP, donde ella también participaba entusiastamente. La recuerdo como una pintora auténtica y muy apasionada por su trabajo: siempre que la veía estaba pintando, y su actividad era constante, no sólo con respecto a su producción de obra sino a las muestras que periódicamente realizaba.
En ellas fui conociendo y valorando su obra, una obra muy sincera y honesta, creativa y personal, de sentido profundamente intimista y, sobre todo, de una muy buena factura técnica. No era una artista que se repitiera a sí misma: su pintura tuvo distintas etapas, y todas ellas revelan a una creadora verdadera, con una obra muy particular y muy propia. Estaba en contra de los falsos modernismos, y fue así como nunca se adhirió a las técnicas de moda del momento; por el contrario, su obra partía de su mundo interior, que reflejaba en imágenes sin estridencias; y lo hacía no solamente desde la temática sino a través del buen manejo del color que demostraba, que en las últimas obras se concentró en trabajar mucho más los planos, y por supuesto lo hizo muy bien.
También conocí a Basia en su faceta docente, donde desplegó una importante labor a la que dedicó la honestidad y el entusiasmo que la caracterizaban. A juzgar por el resultado, que pude ver en las obras de sus alumnos, ella era como a mí me gusta que sea un docente: trabajaba mucho con la personalidad del alumno, estimulando a cada uno a desarrollar su propia expresividad, a diferencia de algunos talleres cuyas muestras parecen ser de un solo pintor porque todas las obras se asemejan en la técnica, y hasta en la temática. Ponía rigor en el trabajo y, dentro de las posibilidades de cada alumno, les exigía mucho, del mismo modo que se exigía a sí misma, porque en ningún aspecto fue superficial o facilista. Y le consagró a su tarea tanta pasión que, según me contó su hija escultora, en los últimos años, estando enferma, seguía atendiendo a sus alumnos en una silla de ruedas.
Asimismo, Basia desarrolló una intensa y consecuente actividad gremial, llegando a ocupar varias veces cargos de importancia en la conducción de la SAAP. La recuerdo participando en los debates, poniendo de manifiesto sus firmes convicciones, que por otra parte nunca pretendió imponer: abierta al diálogo, estaba a favor del intercambio de opiniones y de la búsqueda de consensos, sin que ello significara ceder en su postura ideológica ni mucho menos en su actitud de compromiso, ese compromiso que no solamente un pintor o un artista, sino que todos debemos asumir.
Fue así como, hace unos años, la declaramos socia honoraria de la SAAP y en estos últimos meses, cuando se hizo una renovación de la comisión directiva, se le ofreció integrar la lista como presidente; pero su salud ya no era buena y no le permitió hacerse cargo de esta nueva responsabilidad.
¿Anécdotas? Hay tantas… Recuerdo, por ejemplo, que allá por fines de los 70 yo estaba viviendo en París y un día Basia y su esposo José aparecieron en mi taller. No he dicho que ella era polaca, y tenía relación con su país natal, donde participó en varias muestras que allí se organizaron; sabiendo que yo estaba en París, en uno de esos viajes hizo una escala allí para venir a verme. Le mostré mis trabajos, charlamos bastante, nos vimos varias veces y visitamos algunas muestras en los museos. No sé en qué momento ella le sacó una foto a la parte de atrás del taller que yo tenía entonces; pasaron los años y, ya en Buenos Aires, veo que expone en una muestra una obra llamada El taller de Pedro.
Pasaron más años, y un día le pregunté por el trabajo: no se acordaba si lo había vendido o tal vez lo tenía traspapelado, pero no lo encontraba; “lo que encontré fue la foto”, me dijo, y a partir de esa foto volvió a hacer otra obra que me regaló y a la que detrás le puso una muy linda dedicatoria, con mucho afecto. Esa obra la he donado a la SAAP para su pinacoteca.
Supo ser consecuente hasta el final, que sobrevino en momentos en que exponía una muestra individual en el museo Sívori, que continuó unos días después de su fallecimiento. Vivió para la pintura y, como diría Rilke, murió su propia muerte. Dejó un legado de trabajar, trabajar y trabajar y una importante obra, tan valiosa como auténtica.
*Artista plástico y presidente de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP). Con motivo del reciente fallecimiento de la notable pintora y vecina de Villa Pueyrredón Basia Kuperman, el autor escribió esta nota que recuerda la trayectoria de quien fue su colega y amiga.









