La elección de Hipólito Yrigoyen en 1916
- Por Miguel Ruffo
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Hoy se cumplen cien años de las primeras elecciones nacionales realizadas bajo la ley Sáenz Peña y que consagraron a Hipólito Yrigoyen presidente de la nación argentina.
“Los comicios del 2 de abril de 1916 han de ser recordados siempre como la expresión más amplia hasta entonces de la voluntad nacional convocada para darse sus mandatarios. Era, por otra parte, la primera vez que bajo el imperio de una ley electoral genuinamente democrática, al amparo de la más absoluta prescindencia oficial y ante una gran expectativa cívica, iba a realizarse la magna elección”, afirma Bucich Escobar.
En esas elecciones resultó electo Hipólito Yrigoyen, el jefe de la Unión Cívica Radical (UCR), que obtuvo 372.810 votos contra los 154.549 del Partido Conservador, mientras los demócratas progresistas alcanzaban los 140.443 y los socialistas 56.107. Fueron las primeras elecciones nacionales realizadas conforme a la ley Sáenz Peña, que le dio al sufragio universal el carácter de obligatorio y secreto.
En 1916 se cerraba un ciclo abierto en la crisis de 1890, que había constituido a lo político como problema. Y decimos esto porque el hecho de que un sector de la Unión Cívica impugnara la política de los “acuerdos y pactos”, que conducían a la venalidad del sufragio (doble voto, votos de difuntos, violencia comicial), y que la facción de la burguesía terrateniente que le daba vida se proclamara “radical”, hizo que un sector de la clase dominante se volcase hacia la abstención electoral y el levantamiento armado para alcanzar el gobierno.
Al extenderse los radicales, bajo la jefatura de Yrigoyen, hacia los sectores medios y pequeños de la burguesía e incluso, más tarde, a una fracción de los trabajadores, se fue desarrollando un bloque de clases cuya abstención electoral generaba una inestabilidad política.
El régimen conservador, en la perspectiva del tiempo, se veía obligado a encontrar mecanismos de cooptación de estos sectores para oxigenar al sistema político. Entre los conservadores había una facción reformadora que quería poner fin a la venalidad del sufragio y dar paso a un sistema republicano basado en la libre emisión del sufragio. Precisamente, la plena vigencia de las instituciones republicanas y la pureza del sufragio eran los principales objetivos de los radicales. Claro está que los conservadores reformadores no querían entregar el gobierno a la Unión Cívica Radical, sino que estaban seguros de poder derrotarla en los comicios. Los resultados de las elecciones de 1916 dijeron otra cosa: el plan conservador, hasta cierto punto, naufragó, e Yrigoyen accedió legítimamente a la Presidencia de la Nación.
Sin embargo, el nuevo presidente asumió con múltiples condicionamientos: no contaba con mayoría en el Congreso y las gobernaciones provinciales, en su mayoría, seguían en manos conservadoras (de allí las intervenciones federales durante el gobierno de Yrigoyen, quien sostenía que las autonomías provinciales eran de los pueblos y no de las camarillas gobernantes). El legalismo de los radicales le impidió el despliegue de las transformaciones que la sociedad y el Estado necesitaban: cuando Yrigoyen dejó la presidencia en 1922, el régimen de tenencia de la tierra no se había modificado y el latifundismo capitalista continuaba dominando en los campos argentinos, la economía continuaba siendo agroexportadora y la industria solo había tenido un leve despunte.
Al respecto, señala Félix Luna: “En el manifiesto que la Unión Cívica Radical lanzara en vísperas de la elección presidencial, se había dicho que ‘el país quiere una profunda renovación de sus valores éticos, una reconstrucción fundamental de su estructura moral y material, vaciadas en el molde de las virtudes originarias’ (...). Pero la gran transformación, la trasmutación revolucionaria que habría de unir en formidable salto histórico a la Reparación radical con la Revolución de Mayo –‘el molde de las virtudes originarias’–, esa no sucedió. No fue culpa de Yrigoyen este fracaso, y aun lo previó. Su gobierno tenía el vicio originario de la legalidad; y una revolución no puede estar embretada por compromisos jurídicos. Se hace o no se hace. Yrigoyen lo sabía bien, y por eso se había resistido tenazmente a acceder en forma parcial al poder. Fue derrotado por los elementos electoralistas del partido en 1912, y allí empezó el fracaso”.
Se ha afirmado que el radicalismo yrigoyenista fue el primer movimiento democratizador de la Argentina moderna. Pero ¿cómo congeniar esta afirmación cuando fue durante el gobierno de Yrigoyen que acontecieron las mayores masacres obreras: la Semana Trágica de 1919, la Patagonia Trágica de 1921-1922, las huelgas en La Forestal en 1918-1919?
Félix Luna afirma que Yrigoyen fue desbordado por las fuerzas conservadoras y lo exculpa de responsabilidades en esas masacres. Pero deberíamos reparar en la relación entre el radicalismo y las tendencias socialistas y anarquistas en el movimiento obrero. “Esa necesidad histórica –dice Julio Godio– de democratizar social y políticamente al proyecto económico, sin afectar su modo de organizar la producción, fue expresada por la UCR y por eso logró atraer a la mayoría de las clases populares. En cambio, las corrientes socialistas, anarquistas y sindicalistas, que expresaban al naciente movimiento obrero, se plantearon combinar la acción reivindicativa con la sustitución de un proyecto económico aceptado por la mayoría de la población, por la proposición abstracta de proyectos socialistas tomados de los modelos del movimiento obrero europeo. Por eso, aun cuando jugaron un papel central como organizadores de la clase obrera a nivel sindical y político, esas corrientes socialistas, anarquistas y sindicalistas sellaron su destino como fuerzas socio-políticas minoritarias”.
Independientemente del grado de influencia de estas tendencias ideológicas en el movimiento obrero de la época, a la que debe agregarse la de la recién constituida del Partido Socialista Internacional (Comunista), lo cierto es que, más allá de su dimensión democratizadora, el gobierno de Yrigoyen no dejaba de ser un gobierno burgués que compartía el pánico que la burguesía sentía frente a las protestas obreras, más aún en el contexto de la influencia de la Revolución Rusa de 1917.
No estamos de acuerdo con Félix Luna cuando afirma: “Si del mismo modo como ‘el pueblo de las aulas’, que es la estudiantina, exigió que se legalizara y fijara su revolución para hacerla fecunda, hubiera el ‘pueblo de la tierra’, que es el campesinado exigido su reforma agraria o el ‘pueblo del taller’, que es el artesanado, su reforma social; si todos de consuno hubieran hecho punta para terminar en el país con tantas injusticias que padecía; entonces sí, a pesar de todos los factores adversos que lo trababan, Yrigoyen hubiera encontrado eco y apoyo y la Reparación llenado cumplidamente”.
Pensamos que semejante concepto pasa por alto el carácter de clase del gobierno radical. Si hubo Reforma Universitaria (en 1918), se debió a que esta se inscribía dentro de los horizontes de la democracia burguesa. Si no hubo reforma agraria –aunque ciertos tipos de reformas agrarias son compatibles con la dominación de la burguesía– se debió no solo a la particular estructura de clases del agro pampeano, formada por colonos y chacareros más interesados en su capitalización que en modificar el régimen de tenencia de la tierra, sino también al hecho de que parte del radicalismo tendía sus raíces en la propia burguesía terrateniente. Si no hubo reforma social –a la que Félix Luna ve como reivindicación del artesanado– se debió a que los obreros o luchaban por una revolución de más amplio alcance o estaban insertos en la movilidad social ascendente que el incremento de los salarios reales permitía y, por ende, integrados dentro de los parámetros de la sociedad burguesa.
El radicalismo fue democratizador en la medida en que se insertó en el proceso de transformación del Estado burgués terrateniente en Estado de la burguesía en su conjunto, independientemente de la actitud personal de Yrigoyen frente a los conflictos obreros que se registraron durante su primer gobierno.
Para concluir, veamos lo que un viejo anarquista, Don Hucha, le manifestó a Julio Godio cuando este estaba elaborando su historia del movimiento obrero: ”Don Hipólito Yrigoyen fue un ejecutor del estatismo que, como es sabido, es malo y negativo para los trabajadores. Pero como caudillo supo representar esa tendencia innata en el pueblo a sublevarse contra la explotación y marginación. El radicalismo concluyó siendo un partido del sistema, pero al comienzo fue una simbiosis de la rebeldía orillera con una élite de doctores con sensibilidad popular”.
Fuentes consultadas
Bucich Escobar, Ismael. Historia de los presidentes argentinos. Buenos Aires, 1934.
Godio, Julio. El movimiento obrero argentino 1870-1910. Buenos Aires, Legasa, 1987.
Luna, Félix. Yrigoyen. Buenos Aires, Hyspamérica, 1985.





