Octubre 2012
VIOLENCIA DE GÉNERO
No pasan inadvertidas las cicatrices que Luisa Miño tiene en la cara pero, como el protagonista del tango de Avilés y Maroni, también lleva otras, imborrables, que nunca olvidará. Así se desprende de las palabras de esta mujer de 61 años, que desgranan una historia de locura y de miedo; una historia que vaya a saber si empieza cuando se separó de Miguel Ángel Verona, un hombre diez años mayor, o cuando lo conoció.
Nos cuenta que está separada desde enero último. “Hace diez años que nos casamos; yo era viuda y él separado”, precisa. Y refiere que el feroz ataque se produjo en la mañana del 11 de julio. “Salía de dejar a Santi, mi nietito, en el Instituto Cabrini de la calle Boyacá; trabajo con productos naturales y me iba a visitar a una clienta en Tres Arroyos y Nicolás Repetto, cuando de repente lo tengo delante”.
La historia continúa con una empecinada persecución. “Me seguía, y le dije: ‘No me sigas, porque me voy a hacer unas clientas, voy a lo de Graciela’. Tomé el 110, pensé que él no había subido pero después lo tenía al lado; le dije: ‘Andá a hacer tu vida, dejame tranquila porque tengo que trabajar’. Desde que me separé siempre me seguía, y yo siempre le decía lo mismo”.
¿Qué pasó después? “Yo bajé en Tres Arroyos por la puerta de adelante, y él por la de atrás; crucé la calle corriendo, y él al lado mío. Estábamos en la puerta de la peluquería de mi clienta; como todavía no había abierto, me puse en la entradita del departamento de al lado y él daba vueltas, nervioso. Miré la hora en el teléfono y me dijo: ‘¿Qué? ¿Llamaste a la policía?’”.
Así prosigue Luisa su relato: “‘No, qué voy a llamar a la policía, miré la hora porque no viene Graciela’, le dije, y justo venía ella. ‘Tengo para un rato, así que si querés esperá, y si no vení más tarde o mañana’, me dijo [la clienta]. ‘No, Graciela, me voy a hacer mis clientas en Sáenz Peña’”.
Cuenta que se dirigió a la parada del 105 y Verona la siguió, a pesar de constantes exhortaciones a que se fuera y la dejara tranquila. “‘Yo me bajo más adelante y no te molesto’, me dijo, y subió al colectivo conmigo. Fui para atrás y él al lado mío; entonces me fui al primer asiento y él también se puso ahí. Me decía: ‘¿Por qué no ponés un 5% vos y yo pongo un 95 y vamos a arreglarnos y a recuperar la familia?’”.
Refiere que el hombre persistió en su actitud a lo largo del viaje. “Cuando íbamos llegando a Beiró, como él había alquilado en Melincué cuando el juez lo sacó de casa porque estaba agresivo, le dije: ‘Bajate, andá a tu casa’. ‘No, te acompaño un poquito más’, y me siguió hasta donde bajé, pasando la vía de [la localidad bonaerense de] Saénz Peña, porque iba al colegio Nuestra Señora del Carmen, que está pegado a la General Paz”.
“Cuando bajamos, casi a la mitad de cuadra me dice: ‘¿Y tu papá cómo está?’; ‘bien, bien’, le digo, y sigo caminando rapidito. ‘¿Y Santi cómo está?’; ‘bien’”. Al nombrar al nieto, la voz de Luisa se quiebra en un sollozo.
Hace un esfuerzo por serenarse, y prosigue: “‘¿Y la Negra cómo está?’; es mi hermana, que quedó viuda hace poquito. ‘Bien, bien’, le digo, ‘terminala, andate’; y ya no me habló más. Caminamos dos cuadras, paso la calle, toco el timbre del colegio y él me dice: ‘No toques, esperá que te quiero preguntar algo’”.
Y se desató el drama. “‘Ya no tenés nada que decirme, andate’, le digo; ‘no, vos vas a volver conmigo’, dice él. ‘No, no voy a volver con vos, andá a hacer tu vida que yo hago la mía’, y él dice: ‘Por última vez, ¿no vas a volver conmigo?’; le digo que no. ‘Entonces te voy a matar y me voy a matar’, y saca un cuchillo y me empieza a dar”.
Con gran presencia de ánimo, revive esos terribles momentos. “La portera del colegio abrió la ventanita y fue adentro a pedir auxilio, y cuando él vio que atrás del vidrio había movimiento salió corriendo, pero mientras tanto me seguía dando; fueron unos minutos, no sé cuántos, que pensé que me mataba. Estaba bañada en sangre, y eso que tenía dos pulóveres y un poncho debajo de la campera, que es de esas gruesas de pluma. Me llevaron a la Clínica Modelo de Morón y enseguida me pusieron suero”.
¿Y el agresor? Soledad, la hija de Luisa, interviene para explicar que “tiene pedido de captura de provincia y de Capital” y que “acá lo están buscando para indagatoria, porque la causa, que es previa, es como insuficiente para que quede preso porque es por amenazas y lesiones”.
Subraya que, en cambio, “la causa de provincia por intento de homicidio es muy grave” y que “la Cámara de San Martín resolvió negar el pedido de eximición de prisión que había hecho el abogado de él”, de modo que “en estos momentos lo están buscando en ambos distritos, y si lo agarran, acá o allá, queda preso”.
Luisa retoma la palabra. “Yo soy la que está presa, porque tengo miedo: salgo a trabajar, sí, pero trato de ir siempre con alguien; llevo en la cartera el gas pimienta y tengo el botón antipánico, voy por donde hay gente y estoy atenta, pero ¿se puede vivir así?”.
Y refiere que el último jueves de agosto vivió un inquietante episodio. “La primera vez que había ido a llevar de nuevo a Santi, fui y vine en remís; llego y recibo un llamado de él, me dice: ‘Mi amor, yo no te quise matar, no me odies, no te encontré hoy pero ya nos vamos a encontrar’. Localizaron la llamada; era de un locutorio que está a cinco cuadras del colegio”.
VIOLENCIA DE GÉNERO
Vecina de La Paternal denuncia feroz ataque de su ex esposo
Por Haydée Breslav

Luisa Miño, vecina de La Paternal, denunció que su ex esposo la atacó a cuchilladas, infligiéndole serias heridas, principalmente en la cara y el cuello, por haberse negado a reanudar la relación matrimonial.
No pasan inadvertidas las cicatrices que Luisa Miño tiene en la cara pero, como el protagonista del tango de Avilés y Maroni, también lleva otras, imborrables, que nunca olvidará. Así se desprende de las palabras de esta mujer de 61 años, que desgranan una historia de locura y de miedo; una historia que vaya a saber si empieza cuando se separó de Miguel Ángel Verona, un hombre diez años mayor, o cuando lo conoció.
Nos cuenta que está separada desde enero último. “Hace diez años que nos casamos; yo era viuda y él separado”, precisa. Y refiere que el feroz ataque se produjo en la mañana del 11 de julio. “Salía de dejar a Santi, mi nietito, en el Instituto Cabrini de la calle Boyacá; trabajo con productos naturales y me iba a visitar a una clienta en Tres Arroyos y Nicolás Repetto, cuando de repente lo tengo delante”.
La historia continúa con una empecinada persecución. “Me seguía, y le dije: ‘No me sigas, porque me voy a hacer unas clientas, voy a lo de Graciela’. Tomé el 110, pensé que él no había subido pero después lo tenía al lado; le dije: ‘Andá a hacer tu vida, dejame tranquila porque tengo que trabajar’. Desde que me separé siempre me seguía, y yo siempre le decía lo mismo”.
¿Qué pasó después? “Yo bajé en Tres Arroyos por la puerta de adelante, y él por la de atrás; crucé la calle corriendo, y él al lado mío. Estábamos en la puerta de la peluquería de mi clienta; como todavía no había abierto, me puse en la entradita del departamento de al lado y él daba vueltas, nervioso. Miré la hora en el teléfono y me dijo: ‘¿Qué? ¿Llamaste a la policía?’”.
Así prosigue Luisa su relato: “‘No, qué voy a llamar a la policía, miré la hora porque no viene Graciela’, le dije, y justo venía ella. ‘Tengo para un rato, así que si querés esperá, y si no vení más tarde o mañana’, me dijo [la clienta]. ‘No, Graciela, me voy a hacer mis clientas en Sáenz Peña’”.
Cuenta que se dirigió a la parada del 105 y Verona la siguió, a pesar de constantes exhortaciones a que se fuera y la dejara tranquila. “‘Yo me bajo más adelante y no te molesto’, me dijo, y subió al colectivo conmigo. Fui para atrás y él al lado mío; entonces me fui al primer asiento y él también se puso ahí. Me decía: ‘¿Por qué no ponés un 5% vos y yo pongo un 95 y vamos a arreglarnos y a recuperar la familia?’”.
Refiere que el hombre persistió en su actitud a lo largo del viaje. “Cuando íbamos llegando a Beiró, como él había alquilado en Melincué cuando el juez lo sacó de casa porque estaba agresivo, le dije: ‘Bajate, andá a tu casa’. ‘No, te acompaño un poquito más’, y me siguió hasta donde bajé, pasando la vía de [la localidad bonaerense de] Saénz Peña, porque iba al colegio Nuestra Señora del Carmen, que está pegado a la General Paz”.
“Cuando bajamos, casi a la mitad de cuadra me dice: ‘¿Y tu papá cómo está?’; ‘bien, bien’, le digo, y sigo caminando rapidito. ‘¿Y Santi cómo está?’; ‘bien’”. Al nombrar al nieto, la voz de Luisa se quiebra en un sollozo.
Hace un esfuerzo por serenarse, y prosigue: “‘¿Y la Negra cómo está?’; es mi hermana, que quedó viuda hace poquito. ‘Bien, bien’, le digo, ‘terminala, andate’; y ya no me habló más. Caminamos dos cuadras, paso la calle, toco el timbre del colegio y él me dice: ‘No toques, esperá que te quiero preguntar algo’”.
Y se desató el drama. “‘Ya no tenés nada que decirme, andate’, le digo; ‘no, vos vas a volver conmigo’, dice él. ‘No, no voy a volver con vos, andá a hacer tu vida que yo hago la mía’, y él dice: ‘Por última vez, ¿no vas a volver conmigo?’; le digo que no. ‘Entonces te voy a matar y me voy a matar’, y saca un cuchillo y me empieza a dar”.
Con gran presencia de ánimo, revive esos terribles momentos. “La portera del colegio abrió la ventanita y fue adentro a pedir auxilio, y cuando él vio que atrás del vidrio había movimiento salió corriendo, pero mientras tanto me seguía dando; fueron unos minutos, no sé cuántos, que pensé que me mataba. Estaba bañada en sangre, y eso que tenía dos pulóveres y un poncho debajo de la campera, que es de esas gruesas de pluma. Me llevaron a la Clínica Modelo de Morón y enseguida me pusieron suero”.
¿Y el agresor? Soledad, la hija de Luisa, interviene para explicar que “tiene pedido de captura de provincia y de Capital” y que “acá lo están buscando para indagatoria, porque la causa, que es previa, es como insuficiente para que quede preso porque es por amenazas y lesiones”.
Subraya que, en cambio, “la causa de provincia por intento de homicidio es muy grave” y que “la Cámara de San Martín resolvió negar el pedido de eximición de prisión que había hecho el abogado de él”, de modo que “en estos momentos lo están buscando en ambos distritos, y si lo agarran, acá o allá, queda preso”.
Luisa retoma la palabra. “Yo soy la que está presa, porque tengo miedo: salgo a trabajar, sí, pero trato de ir siempre con alguien; llevo en la cartera el gas pimienta y tengo el botón antipánico, voy por donde hay gente y estoy atenta, pero ¿se puede vivir así?”.
Y refiere que el último jueves de agosto vivió un inquietante episodio. “La primera vez que había ido a llevar de nuevo a Santi, fui y vine en remís; llego y recibo un llamado de él, me dice: ‘Mi amor, yo no te quise matar, no me odies, no te encontré hoy pero ya nos vamos a encontrar’. Localizaron la llamada; era de un locutorio que está a cinco cuadras del colegio”.

