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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 30 de mayo de  2026

Febrero 2012

120 AÑOS DEL NACIMIENTO DE EDUARDO AROLAS

Señas de un creador

Por Roberto Selles


Con El Marne, Derecho viejo, La guitarrita, Papas calientes –Papusas calientes, en su título original– y muchas otras piezas que abrieron el camino en el que fue conformándose el inconfundible sonido de la porteñidad, Eduardo Arolas comparte nada menos que con Carlos Gardel la responsabilidad de haber colocado los cimientos del tango moderno.

 

Comenzamos a prestar oídos detenidamente a la música de Eduardo Arolas en nuestra lejana adolescencia. Era un compositor de la Guardia Vieja, pero lo suyo salvo sus primeras obras no sonaba a Guardia Vieja. Advertíamos en esos tangos un aire sentimental desconocido hasta entonces, una porteñidad que nos identificaba porque era contemporánea a nosotros, tan distante del inicial estilo azarzuelado. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que Arolas estaba prefigurando esa manera que se generalizaría recién a partir de Juan Carlos Cobián, Enrique Delfino, Pedro Maffia, Pedro Laurenz o Julio De Caro, por ejemplo.

Más aún, en algunas de esas melodías ya estaba en germen Astor Piazzolla y todavía nos sonaban a cosa actual. Y llegamos a la conclusión de que “El Tigre del Bandoneón” como se le llamó fue un vanguardista en sus días, aunque ese término aún no figurara en el vocabulario tanguero.

Precisamente, como anunciador de la muy posterior vanguardia, fue componiendo partes de tangos en las que un breve tema, marcadamente rítmico, se repite constantemente a distintas alturas. Eso puede advertirse en Cosa papa (1913), De vuelta y media o Moñito (ambos de 1917). Ese recurso fue retomado y desarrollado, ya a lo largo de la composición, por Pugliese en La yumba y menos de una década después, por Piazzolla, como base del movimiento de vanguardia.

Lorenzo Arola su verdadero nombre nació en Barracas (Salta 3378), a las seis de la mañana del 24 de febrero de 1892. Era hijo de los inmigrantes franceses Henri Arola y Marguerite Saury. Nuestro amigo el escultor Pedro Landetcheverry sobrino nieto segundo del compositor nos precisaba: “Según mi tía Concepción Sánchez Arolas, sus abuelos franceses decían que el apellido original era Arolés. Aquí inscribieron a algunos como Arola y a otros como Arolas”.

Tuvo el bandoneonista un hermano mayor nacido en Francia, Enrique, guitarrista y letrista que firmaría como José Arolas, y un medio hermano de un primer matrimonio de doña Marguerite, del que sólo conocemos el apodo que le endilgaron nada elogioso, por cierto, “El Rengo”. A Lorenzo lo apodaron “Lalo” y él quiso llamarse para siempre Eduardo Arolas.

Su infancia fue dura. Su padre era vendedor callejero de huevos y tal fue la pobreza que el pequeño Lorenzo debió abandonar sus estudios primarios para aportar unos pesitos al hogar. Más tarde, don Henri logró abrir una modesta cigarrería y librería, cuando ya su hijo había pasado a pintor de letreros comerciales y a dibujante. Tenía condiciones; lo prueban sus ilustraciones para carátulas de tangos propios o ajenos. En cambio, no creemos que se conserven las telas en las que plasmó su arte pictórico.

Como músico, ya a los siete, andaba sacándole notas a la concertina; a los diez estaba tomando lecciones de guitarra con su hermano, instrumento este que alternó con la mandolina, y en 1911, tomaría lecciones de teoría, solfeo y armonía con el maestro José Bombig. Con su guitarra, anduvo haciendo dúos con el “Pardo” Ramos (violinista) y con Ricardo González “Muchila” (bandoneonista). El instrumento de este último terminó por atraparlo…

Ya como bandoneonista, fue “el creador del fraseo y del rezongo” (Pedro Laurenz), “el inventor de los ligados” (Alfonso Fogaza, pianista uruguayo), un músico que “realizaba armonías fraseando” (José Pécora). Es que, con ese vanguardista llamado Eduardo Arolas, se abandonaron las notas repicadas –tan apropiadas en el baile cañenga– para pasar a una interpretación en ligados. Además, los fraseos octavados y los pasajes terciados a dos manos son características de su creación. Y bien puede decirse que el tan mentado “compás rezongón de los fueyes” nació con él.

En 1909 comenzaba a mostrarse como compositor, con Una noche de garufa. A ese tango inicial siguieron otros, como Rey de los bordoneos, Maturrango y ¡Chúmbale! o el vals Notas del corazón. En 1912, conformaba su orquesta típica criolla; apenas un cuarteto que completaban Tito Roccatagliatta (violín), Vicente Pecci (flauta) y Emilio Fernández (guitarra), y que contribuyó a la evolución del tango en más de un sentido. Por ejemplo, en 1913, agregó insólitamente un violoncello (que tañía el “Alemán” Fritz, del que no ha quedado apellido) y en 1918 reemplazó la guitarra por el piano.

Pero más significativo aun es que, con su orquesta, haya dado el puntapié inicial para que la altura del sonido de las agrupaciones tangueras descendiera al registro grave –lo cual influyó notablemente en la posterior hondura del género– y a desacelerar la velocidad imprimida hasta entonces en el tango. Y por sobre todo, parece haber sido el primero en adoptar el inusitado compás de 4/8, que reemplazó definitivamente al primitivo 2/4. Fue, precisamente, al referirse a ese reemplazo, que el bandoneonista Oscar Bozzarelli, director del Cuarteto de Tango Antiguo, nos decía que los músicos de su ciudad, La Plata, que lo precedieron le contaban haber ido a Buenos Aires a escuchar a Arolas, porque tocaba “de otro modo”. Obviamente, se refería a las cuatro corcheas por compás.

También se anticipó a Piazzolla en cuanto a incorporar aires de milonga en el tango y transformarlos en otra cosa; lo prueban, por ejemplo, Fuegos artificiales o Comme il faut. Pero, por otra parte, se advierten sedimentos camperos en La guitarrita o en Una noche de garufa, y se oye un melodismo romántico en ¡No! (luego, Café de Barracas) o en Maipo o en La cachila, por no continuar con los ejemplos.

Extramusicalmente, varios fueron los corazones femeninos que quedaron atrapados por su pinta. Se sabe de su relación, a partir de 1912, con Delia López, la inspiradora de Delia, que terminó por engañarlo con su hermano José (Enrique) Arolas. Le resultó duro olvidar a Delia, lo cual lo arrastró a su afición por el alcohol, pero, en 1920, conoció a Alice Lesage, a la que le dedicó el tango Alice y con la que viajó a París. Tras la ruptura con Alice, regresó a Montevideo, a inicios de 1921 no quiso volver a pisar la Buenos Aires que le recordaba a Delia y desde el puerto montevideano se embarcó nuevamente rumbo a la capital francesa, en 1924. En Europa hubo otros romances; uno de ellos, en Madrid, con Flora Merino, y otro en París, con una tal Bernadette, bailarina del cabaret Le Perroquet.

A propósito, se cuenta que su temprana muerte se debió a una golpiza de los “maquereaux” parisienses, por intentar quitarles a la ya nombrada Bernadette. La partida de defunción, en cambio, asegura: “Diagnostique: tuberculose pulmonaire” (diagnóstico: tuberculosis pulmonar). Sin embargo, es mucho más romántica la versión de un Arolas muerto a raíz de una golpiza de los proxenetas parisienses...

Los relojes de la “Ciudad Luz” daban las 18.55 de la grisácea tarde allí es otoño del 29 de setiembre de 1924. En el hospital Bichat, ubicado en el número 39 del Boulevard Ney Bastion, el gran Eduardo Arolas moría. ¿Moría..? No, sus tangos son inmortales. 

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