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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 16 de junio de  2024
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Nuestro adiós a Ramón Ayala

Nuestro adiós a Ramón Ayala

A los 96 años falleció Ramón Ayala, leyenda de nuestro folclore. Tuvimos el placer de entrevistarlo hace 21 años para la edición impresa de Tras Cartón de diciembre de 2002. Un lindo encuentro, distendido, con tiempo incluso para que con su voz y su guitarra nos interpretara algunas de sus canciones. Reproducimos aquí completa esa cálida charla que lleva como título “Hallador de sonidos y paisajes”. Es nuestro humilde homenaje a la memoria de este enorme artista.

En su Posadas natal, le han erigido un monumento que lo representa parado sobre una jangada tirada por peces, y un río de la cuenca del Iguazú lleva su nombre. Autor de canciones que ya pertenecen al acervo popular, como El mensú, El jangadero y El cosechero, es, también, creador del gualambao, un ritmo que identifica a la provincia de Misiones. Ha incursionado con éxito en la pintura, a la que traslada su particular visión de lugares y personajes de nuestro país. Los conceptos vertidos por Ramón Ayala se asemejan al paisaje misionero: coloridos como la tierra, exuberantes como la selva, caudalosos como los ríos.

–¿Cuáles fueron las circunstancias en que se descubrió artista?

–No sé si tendría diez años cuando encontré una guitarra con cuerdas de acero que era de un primo mío, una de esas guitarras que son para tocar y para pelear. Se la robé a mi primo y andaba por el monte con ella, hasta que me agarraron y me dieron una buena paliza, pero volví a insistir hasta que llegué a perfeccionarme: yo me lancé a la guitarra como quien se lanza al agua después de atravesar un desierto. Y como soy autodidacta, me he ido modelando solo, pero siempre consultando a los maestros, aunque fuera de lejos.

–¿Quiénes fueron esos maestros?

–En el orden internacional, siempre he admirado a Debussy, quien descubrió que la música no estaba constituida únicamente por aquellos tonos concretos con que trabajaron Bach, Beethoven y otros compositores memorables, sino que había algunos tonos intermedios, como bisagras que se movían entre acorde y acorde; él tomó todos esos tonos misteriosos y elaboró con ellos la teoría de la música impresionista, de donde proviene toda la concepción musical actual. Si bien tengo esta concepción almacenada en mí, no hago como aquellos que componen una zamba que suena a Nueva York o a distintos barrios foráneos; pienso que hay que utilizar estos conocimientos en forma justa y proporcional, como lo ha hecho, por ejemplo, Yupanqui, quien, con sencillez y hondura, ha logrado mostrar nuestro paisaje en su inmensidad. En mi caso, yo soy un tipo que tiene, como los árboles, las raíces hondas en un lugar y la copa abierta a todos los vientos, para poder amar más y mejor a ese lugar de uno.

–Usted también ha logrado revelar el paisaje de Misiones...

–Misiones tiene la suerte –para uno­– de ser una provincia muy joven, y en el orden cultural hay que construirla para mostrarla al mundo. El que más trabajó en ese sentido, no sé si a sabiendas o intuitivamente, fue, por supuesto, Horacio Quiroga, quien dejó su vida en Misiones. Nosotros hemos dado con la suerte, como digo, de encontrar un material virgen, un reservorio inmenso de cosas que traducir y un paisaje especial, porque no hay en el país ninguna provincia que se parezca a Misiones. En el siglo pasado –ahora no más– la inmensa mayoría no conocía las palabras mensú, cachapecero o jangadero; nosotros hemos incorporado al cuerpo del país un nuevo paisaje, una nueva fisonomía e incluso un nuevo lenguaje y un nuevo ritmo, pero uno no es nada más que un hallador, un encontrador de las cosas. En este país todo está puesto para que se lo encuentre, pero los mediocres pasan sin verlo.

–Precisamente, ¿puede explicarnos qué lo llevó a crear el ritmo del gualambao?

–Yo entiendo que los ritmos a veces surgen por imperio, no sé si de la casualidad o de la causalidad, y otras veces por un estado de conciencia. Creo que el tango se habrá producido por un devenir o un quehacer popular en el tiempo, del mismo modo que la zamba y la chacarera; pero hay ritmos como la guarania, que ha sido creada por José Asunción Flores partiendo de lo más elemental, que es la polca, desacelerándola y dándole cierta majestad. Yo observé que Misiones es una provincia casi sinfónica, y por tener una geografía y una fisonomía muy particular, necesitaba una vestimenta adecuada a ese cuerpo; no sé si con un chamamé se podría cantar a las cataratas del Iguazú. Además, como está metida en una cuña entre Brasil y Paraguay, y taponada abajo por Corrientes, recibe todas esas influencias y es de por sí una multirritmia. Pensé, entonces, que ensamblando los ritmos que convergen en esa multirritmia se lograría un amplio espectro, acorde con el amplio paisaje de Misiones: fue así como uní dos ritmos de seis por ocho, o sea que, de dos tiempos ternarios, pasaron a ser cuatro. Así nació el gualambao, el único ritmo en Latinoamérica con esa fisonomía; además, tiene una síncopa permanente y un misterio de selva y de agua que lo hace casi impresionista.

–¿Qué significa para usted que sus canciones estén integradas al acervo popular?

–Para mí es un premio al rigor, a la permanencia, al tesón, a la contracción a la creación y también a cierta luz interior. Miles de cosas necesitan una canción, porque están escritas en el paisaje; lo que te hace descubrirlas es ese estado de niñez y de asombro que uno tiene adentro y otros no ven, porque ya se creen grandes o suponen que lo han superado todo. Esa capacidad de asombro es un estado de luz interior, y fue la que me llevó a mí a descubrir, por ejemplo, al mensú; ¿cómo era posible que no tuviera una canción, ni la tuvieran el jangadero y el cachapecero?

–¿Cómo nacen sus canciones?

–El artista lleva dentro de sí otro ser agazapado: aunque él aparente estar en calma, ese otro ser siempre está en prevención, observando un rostro, una mirada, un carácter de las cosas. Cuando esa observación cristaliza en idea, y como uno sabe que puede desaparecer si no se capta en ese momento, aparece el apuro de poder aprisionarlo antes que huya. A mí me ha pasado que se me ha ocurrido una melodía viajando en colectivo o habiendo subido con ella, y sentarme o estar parado en posición incómoda deseando denonadamente que el conductor detuviera esa música de tachismo que estaba escuchando, y poder hacer un pentagrama para dejar señada esa idea y lograr desarrollarla luego.     

–En ese proceso creativo, ¿qué lugar ocupa el conocimiento?

–Tengo una frase que no sé si es máxima o mínima; tampoco sé si es mía, pero no se la escuché a nadie: yo digo que el talento, sin el conocimiento, es un pálido instrumento. Una persona podrá tener grandes condiciones, pero si no las desarrolla, siempre será mediocre. Y cuando la cosa está manejada por gente que no sabe, todo se desploma: así ha pasado con muchos aspectos de nuestra cultura. Creo que la forma de preservarla es enterarse primero de qué es y qué significa lo que el pueblo va construyendo día a día y anónimamente. Pienso, también, que aquél que no cultiva su propia identidad y no tiene conocimiento de su propio ser ni del paisaje que lo rodea y lo sustenta, se va borrando a sí mismo. He notado que, debido a influencias extranjeras, se quiere cantar al sur, por ejemplo, y en lugar de emplear un ritmo de loncomeo se le pone uno de balada, obteniendo giros foráneos que nada tienen que ver con la música de ese paisaje; eso constituye un resquebrajamiento y un desfase rítmico y melódico de la región y del ser que la habita.

–¿Cómo caracterizaría al panorama actual de la canción popular?

–Hay varios grupos y solistas que trabajan bastante bien; no son muchos, porque existe una gran afluencia de lo superficial y de la canción de alcoba: cuando el creador no tiene una brújula interior que lo oriente, se cae en lo que está de moda. Por otra parte, dólares de por medio, se ha concretado la compra de una cantidad de emisoras de FM que, como saben bien que el hombre es un animal de costumbres, han habituado a la juventud, que no tiene las defensas que tenemos los que amamos al país, a escuchar día y noche música foránea, y los chicos han llegado a creer que es la que les corresponde. Lo peor del caso es que hay una permisividad para todo lo extranjero y un detenimiento de todo lo argentino, como si fuera propiciatorio de guerrillas o de vaya a saber qué mote le habrán puesto. Lo cierto es que el folclore estuvo arrumbado y entonces se produjo el advenimiento del rock nacional, que no sé verdaderamente qué nacional puede ser algo que ha nacido en Inglaterra o en Estados Unidos, y que aquí se ha adoptado porque hay quienes lucran con eso. Yo no digo que no practiquen el rock, pero no le digan más nacional, si no lo es; nacional es todo lo que tiene que ver con la cosmogonía del paisaje y de sus habitantes, como el folclore nuestro y el tango, que son insuperables. Si fueran verdaderamente nacionales, desarrollarían nuestra música, no le darían la espalda y no se apoderarían de música foránea diciendo que es nacional. No tengo nada en contra del rock, al contrario: admiro a Pink Floyd, a Fredy Mercury y a otros que hacen buen rock como en Inglaterra, por ejemplo, pero no al tacherío de acá, que es una burda imitación.

 

Letra de El Mensú, galopa misionera de Ramón Ayala

Selva, noche, luna, pena en el yerbal

el silencio vibra en la soledad

y el latir del monte quiebra la quietud

con el canto triste del pobre mensú.

Yerba, verde yerba en tu inmensidad

quisiera perderme para descansar

y en tus hojas frescas encontrar la miel

que mitigue el surco del látigo cruel.

Neike, neike,

el grito del capanga va resonando.

Neike, neike,

fantasma de la noche que no acabó.

Noche mala

que camina hacia el alba de la esperanza.

Día bueno

que forjarán los hombres de corazón.

Río, viejo río que bajando vas

quiero ir contigo en busca de hermandad.

Paz para mi tierra cada día más roja

con la sangre del pobre mensú.

Neike, neike...

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