Educar frente a una pantalla, el gran desafío
- Por Mateo Lazcano para la Cooperativa EBC*
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La suspensión de las clases forzó un escenario inédito para la comunidad educativa. En estos dos meses, los y las docentes debieron recurrir a distintos métodos para combinar el contenido pedagógico, la interacción con los alumnos y la falta de recursos tecnológicos. En el camino, los atravesó un escenario de diversas emociones y sentimientos. Sobre ellos conversamos con tres maestras y un maestro de escuelas primarias públicas porteñas.
El viernes 13 de marzo, alumnos, docentes y directivos se despidieron de las escuelas deseándose “buen finde”. El ciclo lectivo 2020 llevaba solo dos semanas. Para ese entonces transcurrían rumores de que las clases se suspenderían por el avance de la pandemia, pero no había nada confirmado. En un día, el panorama cambió por completo, y la comunidad educativa debió acomodarse a un nuevo escenario: la educación a distancia, o el acompañamiento virtual pedagógico.
En la Ciudad de Buenos Aires, como en todo el país, ya van más de 60 días con ese formato educativo, creado de emergencia ante la imposibilidad de dictar clases presenciales. Una modalidad que nunca habían puesto en práctica, y en medio de la incertidumbre de la crisis sanitaria.
Si bien la medida rige en todo Buenos Aires, no se experimenta de la misma manera en los distintos puntos de la Ciudad, y la realidad socioeconómica termina imponiéndose contra cualquier voluntad. Los y las docentes de primaria son atravesados por un crisol de emociones ante este inédito escenario, que los pone ante el desafío de satisfacer a presiones, pedidos y necesidades de alumnos, familias y directivos.
“Yo considero que no estoy educando a distancia. Yo no me capacité para ello y tampoco es algo que me interese profesionalmente. En mi parecer, lo que hacemos es educar en un contexto de emergencia, que no es lo mismo”, señala Julieta Petrelli Russo, quien tiene a su cargo dos cursos en dos escuelas, una de Villa General Mitre y otra de Villa Crespo. La adaptación a la nueva modalidad no fue sencilla para esta joven docente. “Traté de hacer un equilibrio entre mis conocimientos tecnológicos y mis estudios pedagógicos. Consulté a colegas, investigué, y decidí realizar por Zoom juegos, actividades lúdicas para mantener la interacción”, explica.
Un método similar aplicó su colega Gabriela Molina, quien dicta clases en Caballito. Esta maestra dice que el aula es “imposible de reemplazar”, y que la comunicación virtual “es muy difícil”. “Se corta, se traba, no se puede escuchar lo que van diciendo”, afirma. De todos modos optó por realizar encuentros para no perder el vínculo con los alumnos.
“Las clases se cortaron poco después de arrancar. Tengo una alumna que estaba de viaje en ese momento y nunca la vi cara a cara”, cuenta Liliana Roco, docente en Floresta. Ella optó por armar Power Points y tratar de emular al pizarrón, también vía Zoom. “Al principio los chicos estaban muy tímidos, era bastante extraña la situación. Pero después se soltaron”, agrega.
Pablo Rodríguez es docente en La Boca, una de las zonas más postergadas. “En la pandemia, las dificultades de siempre se ven agravadas. Y la escuela siempre fue un lugar para, con un abrazo o una palabra, poder resistir a ello. Nuestro desafío es mantener esa contención”, dice. Este educador asegura que el Whatsapp es la única forma para llegar a la mayoría de los niños. Y eso logra mantener el rol social que los docentes tienen para esa población. “Me consultan a veces: 'Profe, donde puedo conseguir una garrafa', por ejemplo”, manifiesta.
El de la conectividad es el principal problema que trae esta inédita experiencia. Si bien los docentes consultados son de distintas zonas de Buenos Aires, todos coinciden en que tienen familias con dificultades para la conexión. “La comunicación es muy dispar, y se genera una gran diferencia entre los que pueden comunicarse y los que no”, sostiene Molina. “La escuela tiene 30 tablets, pero no pueden salir de ahí. Y hay muchos pibes que están a la deriva por no tener los recursos”, lamenta Petrelli Russo. Roco agrega que “muchas familias tienen celulares con pocos datos, y no pueden descargar los archivos. O no tienen computadoras, y están bloqueadas las del Plan Sarmiento”.
Para facilitar la comunicación, la gran mayoría de los docentes pasó su número de celular a los padres de sus alumnos. Whatsapp resultó la herramienta más utilizada para comunicarse y superar las desigualdades vinculadas a los dispositivos o la conectividad. A través de la aplicación, los y las educadoras utilizan múltiples caminos: grupos, contacto individual, en pequeños grupitos, videos, fotos o audios.
Pero a la vez, esto trajo complicaciones. “Yo recibo mensajes un sábado a las 10 de la noche”, comenta Petrelli Russo. “Me pasa que algunos escriben para pedir que les mande más y otros me contactan diciéndome que no pueden con todo lo que les envío. Es muy difícil satisfacer a todos, y eso genera una gran presión”, agrega Roco.
En el medio, se da una dificultad que no queda al margen en este nuevo escenario: la relación con los superiores. Ninguno de los consultados menciona haber tenido cruces, pero la última docente citada reconoce que “las demandas son mayores que las habituales, sobre todo porque se pide todo para el momento. Pero el hecho de estar en tu casa no implica que no estés haciendo otra cosa, o no puedas”. Y sobre otras de las complejidades, Petrelli cuenta: “A veces me siento observada en mi labor. Los padres tienen la responsabilidad de controlar que sus hijos estén conectados en la videollamada. Pero nosotros no estamos acostumbrados a que ellos estén mirando cómo llevamos la clase”.
Una de las adversidades que enfrentaron en estos dos meses los docentes fue que la suspensión de clases estaba prevista para una corta duración. Por eso, en el primer momento muchos optaron por el envío de material por mail como “complementario”, similar a lo que se hizo ante la Gripe A de 2009, que solo cortó por 15 días las escuelas.
Sin embargo, la prolongación hizo que se debiera improvisar métodos para no perder el contacto, y mantener el vínculo y la enseñanza de la mejor manera posible. Y la incertidumbre y las dudas dominaron el ambiente. “Tuve que capacitar a muchas de mis colegas, que eran analfabetas tecnológicas”, cuenta Roco. “Primero se apostó por el contenido. Luego se le dio más prioridad a la interacción, buscando algo más ameno. Pero falta el cara a cara, que es irremplazable”, expresa Molina. “Tenemos frustraciones, la comunicación genera ruidos. Pero estamos haciendo esta transformación sin perder nuestra labor”, destaca Rodríguez.
Muchos de los docentes sienten que parte de su tarea es también mantener el ánimo de los alumnos, sobre todo aquellos de séptimo grado que esperaban ansiosos el año de su egreso. “Se habían hecho el buzo y no lo pudieron usar. Algunos se los ponen en los encuentros de Zoom”, señala Roco. “Creo que tenemos también ese desafío, que el espíritu y el clima del grupo, que vive su último año, se mantenga. Yo los veo con muchas ganas de volver a la escuela, se nota que se extrañan”, cuenta Molina. “Tenemos que contener. No se trata de exigir nada sino de acompañar. Es parte de nuestra tarea incluso llevarles esperanza y tranquilidad a los pibes”, enfatiza Rodríguez.
A este listado de emociones que transitan los y las educadoras le falta el otro lado: el de sus alumnos. Pero ahí, los docentes se muestran más que satisfechos. Todos coinciden en que, salvo las excepciones que hubo y habrá siempre, la mayoría mantiene el deseo por aprender, responde los pedidos y se muestra interesado por seguir las clases. No se sabe aún cuándo sucederá. Pero todos añoran que llegue el día en que puedan volver a verse las caras y compartir ese ambiente irremplazable: la escuela.
*www.trascarton.com.ar es miembro de la Cooperativa EBC