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“Detener este desastre cultural y ambiental”

“Detener este desastre cultural y ambiental”

Con la presentación del volumen Memoria de Buenos Aires, de Natalia Kerbabian y Fabio Márquez, editado por Futurock, una de las salas de conferencias de la Feria del Libro se hizo eco de lo pernicioso que resulta el modo imperante de construcción edilicia en la ciudad por las consecuencias que tiene sobre nuestro paisaje urbano.

Con el propósito de “construir sensibilidad sobre la ciudad que habitamos”, la arquitecta y artista Natalia Kerbabian y el paisajista Fabio Márquez presentaron en la Feria del Libro Memoria de Buenos Aires, ensayo fecundo en conceptos, información y proposiciones, y a su vez provisto de abundantes y elocuentes testimonios gráficos.

Natalia Kerbabian es además creadora del proyecto Ilustro para no olvidar, accesible en la web, y Fabio Márquez comparte sus trabajos sobre biodiversidad urbana, diseño participativo, sostenibilidad ambiental y patrimonio del paisaje en redes sociales bajo el nombre @paisajeante. Ambas iniciativas han sido declaradas de interés por la Legislatura porteña.

En los primeros tramos de la presentación, Márquez manifestó que junto a su coequiper se propusieron que el libro “no solo se remita a lo que tenga que ver con la experiencia de vida de quienes ya tenemos cierto recorrido y que de algún modo nos interpela con lo que vemos todos los días”, sino que encuentre eco en “las generaciones más jóvenes que están construyendo su propia historia con estos lugares”.

Por su parte, Kerbabian profundizó en la potencia de la imagen como un lenguaje que trasciende lo técnico: “Hay en el libro una fuerza en el trazo vivo que atraviesa tantas temáticas y sintetiza tantas emociones. Y una bajada política, absolutamente política, porque somos la ciudad que habitamos. La violencia que la ilustración traduce en poesía es una forma de sacudón para que entiendan que ustedes son lo que habitan todo el tiempo y que son afectados todo el tiempo por lo que están habitando, y al revés”.

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Kerbabian destacó que las ilustraciones del libro son una construcción colectiva alimentada por el “relevo ciudadano”: fotos y testimonios ofrecidos por vecinos que alertaban sobre demoliciones inminentes. Y denunció que el borramiento del paisaje actual es una forma de dejar a los ciudadanos “flotando sin raíz”, un proceso que calificó como un “aprovechamiento violento del poder de turno”.

El impacto del Código Urbanístico y el extractivismo urbano

Uno de los puntos más críticos de la exposición fue cuando Márquez se refirió al Código Urbanístico de 2024, al que atribuyó haber cambiado “las reglas de juego de cómo se habita, se construye y se desarrolla la arquitectura de la ciudad”.

Según el paisajista, este código ha convertido a las casas históricas en simples lotes para la especulación: “La mayor parte de las edificaciones que, sin ser especialistas, diríamos que son patrimoniales quedaron desprotegidas. Alguien que quiera comprar una casa para cuidarla tiene que pagarla como si fuera un edificio de 8 o 10 pisos. Esa es la perversión de cuando el Estado en vez de tutelar lo común termina siendo activador de negocios exclusivos para grupos concentrados en la economía y genera algo que en la ciudad se viene identificando como extractivismo urbano”, explicó a la vez que advirtió que este modelo no solo destruye la estética de los barrios, sino que afecta la salud pública al quitar luz y saturar los servicios básicos.

Márquez sumó a estos daños provocados por el extractivismo el de privarnos del cielo, al que calificó como el “patrimonio natural más monumental de la ciudad, que en general la población no lo tiene registrado como tal”. Y subrayó: “La cantidad de cielo que ves es un indicador de salud ambiental. En lugares de hacinamiento, donde el cielo es apenas una raya, impacta negativamente nuestra salud mental. ¿Cuánto estamos dispuestos a perder de cielo para que se aumente la constructividad? Esta es una decisión política, no técnica”.

La despersonalización del habitar

Kerbabian complementó esta visión técnica con una mirada sobre la subjetividad y el vínculo humano con el espacio. Para ella, lo que está ocurriendo es un “extractivismo del humano sintiente”, donde la “materia con sentido” es reemplazada por “materia que está clientelizada, porque está meramente pensada para el negocio inmobiliario y se transforma en un no-lugar”.

La arquitecta instó a salir a caminar y ver “cuántas manzanas están agujereadas en la ciudad en arquitecturas que estaban al servicio de la vida hasta el día anterior”. Y sentenció: “La demolición es un borramiento sin huellas. No hay ningún tipo de rastro que quede de la arquitectura demolida, ni siquiera un QR para entender qué había antes. Solo googleando las direcciones aparece la ilustración”. Prosiguió señalando que a “esa ciudad que están demoliendo” ella la llama “la Casa Grande, porque es donde te vinculás con todo el resto para poder ser”; y añadió que, en cambio, “cuando [la ciudad] está constituida por no-lugares, no nos encontramos porque ahí no nos reflejamos, no nos reconocemos”.

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Kerbabian comparó la situación actual con las demoliciones de la era de Cacciatore en los años 70. Señaló que mientras en aquel entonces las destrucciones eran visibles –bloques para autopistas, por ejemplo–, hoy la ciudad es un “colador” donde la demolición es constante, pero dispersa, lo que dificulta la toma de conciencia sobre la magnitud del daño.

Ciudadanos vs. clientes: un llamado a la participación

Frente a este diagnóstico, Márquez recordó que el Artículo 1 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires establece la democracia participativa, aunque denunció que este derecho nunca ha sido plenamente reglamentado y planteó como necesidad imperiosa que la sociedad asuma un rol más activo en la defensa del patrimonio y del hábitat.

“Seamos menos clientes y clientas de la ciudad, para que seamos más ciudadanos y ciudadanas”, exhortó.

Y observó: “Nuestra ciudad tiene una situación muy paradigmática: quizás es de las ciudades latinoamericanas que tiene la mayor cantidad de minorías intensas que pugnan por cuestiones públicas, peleando por una plaza, por un centro de salud, por que se preserve una construcción, donde se junta un montón de gente que no siempre es amiga entre sí, pero que ponen tiempo ad honorem, sin interés de lucro, acordando y estudiando cuestiones para poder discutir con los funcionarios; pero, por otro lado, hace casi 19 años que quienes ganan las elecciones en la ciudad son los que han transformado el Estado en un modelo depredatorio. Es algo muy singular de esta ciudad, porque hay mucha gente que es sensible y activa, pero no se termina trasladando a las elecciones”.

Kerbabian introdujo el concepto de topofilia (el amor al territorio) y la importancia de la arquitectura vincular, aquella que permite el encuentro y el desarrollo de la vida colectiva.

“La calidad espacial de una arquitectura que es vincular, generalmente es mucho más amable. Está atravesada por la luz, por la ventilación, por las capacidades de interacción que tenemos con la calle, porque lo público todo el tiempo está dialogando con lo privado. Y es propositiva, y todo el tiempo está sosteniendo el tejido, que es el gran tejido de la ciudad de Buenos Aires, el tejido urbano. Entonces, cuando se demuelen las arquitecturas vinculares, nos están desatando también los vínculos a nosotros. Eso es lo que quiero que observen en la calle, para que por ahí cuando tengan que decidir dónde ir a comer o dónde mudarse, tal vez buscar un poco más si tienen la posibilidad”, expuso.

Crisis ambiental y el futuro de Buenos Aires

Hacia el final de la charla, Márquez aportó datos contextuales alarmantes sobre la gestión de la ciudad: mencionó que Buenos Aires posee un presupuesto superior al de Roma o Madrid, pero ha fracasado en cumplir los puntos de la Agenda 2030 firmada en 2016. Alertó también sobre los pasivos ambientales que generan las demoliciones y cómo el nuevo código pretende duplicar la población sin mejorar la infraestructura de transporte o agua.

A su vez, Kerbabian compartió su experiencia trabajando con niños y cómo ellos entienden la ciudad a través del sentimiento: “A los chicos no hay que explicarles demasiado. Si salen a caminar despacio, empiezan a entender todo porque lo sienten”.

Memoria de Buenos Aires se presenta, así, como dice en su epílogo, no como “un cenotafio ilustrado de la arquitectura patrimonial que se viene destruyendo”, sino como “un testimonio que permita comprender el tamaño de lo que estamos perdiendo y arengar a que, como comunidad, intentemos detener este desastre cultural y ambiental, que no es de origen divino ni natural sino político y gubernamental”.

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