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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 17 de julio de  2024
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Vincent Van Gogh y el espíritu de los colores

Vincent Van Gogh y el espíritu de los colores

Hoy se cumplen 170 años del nacimiento de Vincent Willem Van Gogh, uno de los más grandes pintores en la historia del arte occidental. El artista, cuya cuna fue la ciudad de Zundert (Países Bajos), falleció a los 37 años en la comuna francesa de Auvers-sur-Oise.

Desde la perspectiva de Van Gogh, el arte tenía una función redentora, el hombre se rescataba a sí mismo por medio de la pintura que entonces tenía un valor curativo, un fin catártico y, por ende, purificador. Ciertamente él, que en su juventud quiso ser pastor, encontró en la pintura un medio capaz de desarrollar espiritualmente al hombre, como si fuese un vehículo de difusión del mensaje cristiano, asimilando al pintor y al pastor o sacerdote. En efecto, cuando se preparó en un centro protestante de Bruselas, solicitó una plaza en la comarca minera de Borinage con la finalidad de compartir la vida de privaciones de los mineros y otros trabajadores, lo que de alguna manera se refleja en su obra Los comedores de patatas, de 1885, donde da a conocer la dureza de una comida ganada con el sudor de la frente. “Para ascender hasta los humildes”, como escribió a su hermano Theo, se privó de lo más necesario: no se podía predicar entre los trabajadores pobres si no se compartía su pobreza. Dijo a Theo: “Trata de comprender la última palabra de lo que dicen en las obras de arte los grandes artistas, los maestros más serios, y verás a Dios allí dentro”. Dios, los pobres y el arte hermanados en la búsqueda de una redención para la humanidad. Una de las obsesiones espirituales de Van Gogh eran los trabajadores y campesinos, llegar a ellos, convertirlos en temas de sus obras, reflejarlos con aciertos y conducirlos al crecimiento y ennoblecimiento del espíritu.   

Hablar de Van Gogh exige también hacer referencia a su enfermedad mental, a sus perturbaciones psíquicas, a su internación en un psiquiátrico, todo lo que fue marcando su vida y también su obra. Hasta que sus condiciones mentales determinaron su reclusión, realizó muchas de sus obras maestras: autorretratos, paisajes, pinturas de flores (entre ellas, sus famosos girasoles) y retratos de personas a las que la vida había llevado a la humildad y el dolor. En el psiquiátrico de Saint Remy, en sus momentos de lucidez, produjo más de 150 pinturas donde el color adquiere la nobleza sublime de la expresión, con pinceladas ondulantes de un verdadero maestro. Es que Van Gogh fue mucho más que un hombre que quiso ser pastor o alguien afectado por problemas mentales. Fue ante todo un ser creativo, un pintor que en París conoció a los maestros del impresionismo, que lo llevaron a reparar en los colores, a desarrollar el puntillismo (por consejo de Seurat) y construir una concepción enorme y grandiosa de la pintura.

Decía Van Gogh: “Estoy volviendo más a lo que estaba buscando cuando vine a París. No sé si alguien antes que yo ha hablado sobre el color sugestivo, pero Delacroix y Monticelli, sin hablar de él, lo consiguieron. Pero debo volver a donde estaba en Nuemen cuando hice un vano intento de aprender música, tanto sentía ya las relaciones entre nuestro color y la música de Wagner”. En efecto, Van Gogh comparaba las notas musicales con los colores. Estas relaciones constituyeron, en su vida, una obsesión; la idea de encontrar una unión entre pintura y música.

Van Gogh quería que sus pinturas tuvieran el magistral colorido de las estampas japonesas que tanto lo habían impresionado y en las que destacaba los efectos vigorosos que se derivaban de la contemplación de los colores. Por medio de pinceladas aisladas se propuso desentrañar los colores y expresar en ese indagar las agitaciones espirituales que lo desbordaban. En sus pinceladas se advierten sus estados anímicos y su creatividad. Con sus colores manifestó lo que sentía frente a las cosas que representaba y todo ello lo hacía para que quienes contemplasen sus pinturas tuviesen la posibilidad de experimentar el ánimo que lo embargaba. Los amarillos, los azules y los violetas de sus obras estaban puestos para que en el color se reconociese el imperio de la luz que descubrió en Arles. Si en París había descubierto los colores, en Arles con un clima más transparente que el que se encuentra en la capital francesa, la luz imperante lo llevaría a una sensación y comprensión más precisa del universo de los colores. Estos adquirían una presencia más contundente, una vivacidad a flor de piel, un estímulo visual para traducirlo luego en un estudio del color.

Veamos ahora algunas de las obras de Van Gogh.

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En Los comedores de patatas, óleo sobre tela de 1885, se revela cierto “realismo social”. Nos coloca frente a la mesa de un grupo de campesinos. Sus rostros curtidos, ensombrecidos por las jornadas de trabajo; sus manos cuarteadas que se extienden ante la comida ganada en dura ley; sus ojos oscuros, tan oscuros como la noche tenuemente iluminada por la llama de la lámpara; todo revela el sudor del trabajo, la dureza de la vida, el encuentro con el pan. Dijo su autor sobre esta obra: “He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que, bajo la lámpara, come sus patatas con las manos que meten en el plato, ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente. Así, pues, no deseo que nadie lo encuentre bello ni bueno”.

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Los Girasoles, óleo sobre tela de 1888, forma parte de una serie que   Van Gogh desarrolló a través de doce telas. Es central el simbolismo del color amarillo, su relación con el sol, la luz y la divinidad. También, el amarillo significa la amistad y la esperanza. Los Girasoles presenta toda una gama de tonalidades de este color. “Para alcanzar ese elevado tono de amarillo a que he llegado este verano, me he tenido que partir el pecho”, expresó Van Gogh. La luminosidad del amarillo la pudo alcanzar por el clima de Arlés, que le permitió una visión intensa del color, hasta tal punto que se convertiría en una marca distintiva de sus pinturas.

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La habitación de Van Gogh en Arlés, óleo sobre tela de 1889, se nos presenta como una sinfonía de colores nítidos, de colores distribuidos en el espacio de la habitación, dando a cada objeto un valor cromático. Hay un estallido de colores, un develar el mundo de las cosas a partir de los colores que las definen. Es un sumergirse en la nitidez que caracteriza a cada objeto, como si cada uno de ellos fuese una palabra cromática introducida en un espacio –la habitación– que los contiene como si fuese un universo del que aquellos son las estrellas. Apuntó Van Gogh sobre esta obra: “Hoy me he vuelto a poner a la tarea. Tengo los ojos fatigados todavía, pero en fin, tenía una idea nueva en la cabeza y este es el croquis. Esta vez es simplemente mi dormitorio; solo que el color debe predominar aquí, dando en su simplificación un estilo más grande a las cosas y llegar a sugerir el reposo o el sueño en general. En fin, con la vista del cuadro debe descansar la cabeza o más bien la imaginación. Las paredes son de violeta pálido. El suelo es a cuadros rojos. La madera del lecho y las sillas son de un amarillo de mantequilla fresca; la sábana y las almohadas, limón verde muy claro. La colcha, rojo escarlata. La ventana, verde. El lavabo, anaranjado; la cubeta, azul, las puertas, lilas. Y eso es todo –nada más en este cuarto con los postigos cerrados–, lo cuadrado de los muebles debe insistir en la expresión del reposo inquebrantable. Los retratos en la pared, un espejo, una botella y algunos vestidos. El marco –como no hay blanco en el cuadro– será blanco”.

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Autorretrato, óleo sobre tela de 1889. Van Gogh quería hacer retratos en los cuales, en el futuro, los contempladores viesen su representación como si fuese la aparición de un hombre cuya mirada expresase el insondable abismo interior que lo definía. Un rostro noble, una cabeza que nos hace recordar la melena de un león y ojos que transmiten una profunda tristeza. Tal vez un estado del alma agitada por perturbaciones que por momentos se volvían incontrolables.

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La realización de Autorretrato con sombrero de paja, óleo sobre tela de 1887, suscitó en Van Gogh la siguiente reflexión: “Quisiera hacer el retrato de un amigo artista como canta el ruiseñor, porque su naturaleza está hecha de ese modo. Será un hombre rubio. Y quisiera poner en el cuadro el aprecio, el cariño que siento por él. Lo pintaré, para comenzar, tal cual, es decir, tan fielmente como pueda”. Así traducía el sentido de su alma, todo ello con sentido poético para su obra. En ella, el retrato de un anónimo artista se traduce en su autorretrato.

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Refirió su autor sobre Autorretrato dedicado a Gauguin, óleo sobre tela de 1888: “He comprado expresamente un espejo bastante bueno para poder trabajar mi propia cara a falta de modelo, porque si llego a pintar la coloración de mi propia cabeza, lo que no deja de presentar alguna dificultad, podré muy bien pintar las cabezas de otros buenos hombres y buenas mujeres”. Estas palabras traducen la sensación de confianza que tenía cuando realizaba retratos. Es que para él los retratos eran un tipo de trabajo caracterizado por su riqueza, género en el que se podía cultivar lo mejor y más serio que existía en su persona.

Fuentes consultadas

Gonzalez Prieto, Antonio y Tello, Antonio (2006). Grandes Maestros de la Pintura: Van Gogh, Barcelona, Sol 90 S.L.

Gombrich, E.H. (1995). La historia del arte, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

Gowing, Lawrence (director) (2006). Historia del arte. Del neoclasicismo al postimpresionismo, Barcelona, Ediciones Folio S. A.

Navarro, Francese (2000). Historia del arte. Impresionismo y postimpresionismo, Barcelona, Salvat.

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