El buen cine, agradecido
- Por Tras Cartón
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Hoy se cumplen 90 años del nacimiento de Salvador Sammaritano, uno de los más ilustres periodistas especializados en cine de la historia argentina, fallecido en 2008. Tuvimos el privilegio de entrevistarlo para nuestro medio gráfico en junio de 2000 y encontramos propicio este aniversario para desempolvar aquella nota tan querida y especial que realizaron en conjunto Haydée Breslav, Silvia Giser y Juan Carlos Lozano. “Luz, cámara, acción…” fue su título y la reproducimos a continuación.
No hay aficionado al cine que no reconozca la erudición y la trayectoria de Salvador Sammaritano. Mucho sabe acerca de la historia y las cualidades del séptimo arte y mucho hizo por la difusión de sus mejores expresiones. Fundador del legendario cineclub Núcleo, actualmente dirige la Escuela Nacional de Realización y Experimentación Cinematográfica (ENERC) y conduce un ciclo por Canal 7. En la mesa de un bar, compartió con Tras Cartón café, opiniones y recuerdos.
–¿Cómo nació su vocación por el cine?
–Yo era del barrio de Palermo y empecé yendo al cine con mi mamá: me llevaba a uno que estaba en la calle Santa Fe, cerca de la barrera, y se llamaba National. Después, cuando nos mudamos a Colegiales, empecé a ir al Alvarez Thomas –que era la piojera del barrio– a ver las series. Me empezó a gustar el cine casi como un juego, e intenté que mi padre me comprara un proyector, aunque fuera uno de esos chiquitos, de manija, que había por aquel entonces, pero nunca lo logré. Después a mi viejo lo nombraron portero en una escuela de Colegiales, donde había un proyector de láminas planas, y yo me encargaba de manejarlo. Así organizaba funciones e incluso hacía los programas, imitando los de los cines de aquella época, cuando se daban tres funciones.
–¿Cómo se inició el cineclubismo en el país?
–El cineclub Gente de Cine, que había sido fundado en el ´42, fue el primero que tuvo vida estable. Hubo antecedentes como el cineclub Buenos Aires, en el que estaban Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo y Aldo Pellegrini. Las funciones de Gente de Cine tenían lugar principalmente en el cine Biarritz, en el horario de trasnoche, que entonces era una curiosidad y después se hizo muy habitual.
–¿Cómo recuerda su experiencia como fundador y promotor de cineclub?
–En el año ‘54, los muchachos de una barra de Colegiales decidimos formar una agrupación cultural. Queríamos abarcar mucho: ofrecer funciones de cine, organizar conciertos fonoeléctricos y en vivo porque éramos muy melómanos... Hicimos un volante que decía: “un núcleo de jóvenes del barrio de Colegiales hemos formado una agrupación cultural...” Como había que ponerle un título, le pusimos Núcleo, y así quedó. Después vimos que era demasiado pretencioso abarcar tanto, y nos limitamos al cine. Más adelante sacamos la revista Tiempo de cine, que fue la revista de los ‘60: la ideología crítica, el concepto de cultura y todo eso que hoy se desprecia estaba allí.
–¿Dónde se realizaban las funciones?
–La primera se hizo en el Centro de Estudiantes de Derecho; después nos prestaron el auditorio Birabén, de la calle Florida; posteriormente pasamos a una sala de la Casa de la Provincia de Buenos Aires, hasta que el gran boom del Núcleo se produce en el Lorraine. Recuerdo que organizamos el ciclo Hitchcock: había 28 películas en circulación, y como febrero tenía ese año 28 días, dimos una película por día con un éxito maravilloso. Después del Lorraine pasamos al Dilecto, un cine que estaba en la calle Córdoba.
–Pasaron por todos los gobiernos...
–Hemos atravesado todas las épocas. Empezamos en el peronismo, cuando para cada función había que pedir permiso a la policía, seguimos durante la Libertadora, las democracias, Onganía, el Proceso... Creo que hemos salido indemnes por una razón: si bien todos teníamos nuestras ideas, ha sido un cineclub cuyo concepto esencial era que la película fuese buena, más allá de su origen y de su ideología. Un día, por ejemplo, dábamos una película húngara, que a lo mejor era un drama de amor pero era húngara, y al otro Diario de un cura rural, una película francesa de Bresson, que era ultracatólico. Recuerdo que en una oportunidad dimos dos documentales opuestos: un día proyectamos El triunfo de la voluntad, un documental nazi, y al siguiente una obra del gran director Dziga Vertov, Tres cantos a Lenin. En cierto modo esa amplitud de criterio –o la suerte– nos salvó la vida, pero a veces nos pegamos nuestros sustitos.
–¿Por ejemplo?
–Una vez en que habíamos programado en el Dilecto Macbeth, de Orson Welles, poco antes de empezar la función se abren todas las puertas y empiezan a entrar vigilantes junto con un tipo alto, de impermeable -como en los films de Tinayre- que era el jefe. “Cayó la cana -me dije- alguna vez tenía que ser”. Y el jefe me pregunta: “¿Esto es un cineclub? -Sí. -Mire, señor, nosotros tenemos que tomar servicio a las doce. ¿Nos podríamos quedar a ver la película?” Se sentaron todos en la última fila y cuando encendieron las luces y la gente los vio, poco faltó para que cundiera el pánico.
–¿Qué pasó durante la última dictadura?
–Creo que estoy vivo porque soy un inconsciente. La sala que habíamos conseguido en la época del Proceso era la del IFT, y ahí dábamos películas prohibidas. A Tato(*) yo lo conocía bien, porque él había sido periodista y crítico, y además había dirigido una película. Un día me dijo: “En el Núcleo te voy a dejar dar algunas películas porque el del cineclub es un público preparado, pero vos me tenés que avisar qué películas querés y yo te digo sí o no.” Era un tipo muy sincero: esa película El censor, que hizo Edi Calcagno, no tiene nada que ver con él, ése no es Tato. Otro día lo encaré: “-Tato, dejáte de joder, ya prohibiste más de 300 películas, cortala. -¿Estás loco? -me contestó- Cuantas más películas prohibo, más contentos se ponen los militares y los curas”.
–¿Hubo alguna película especialmente prohibida?
–Enrique Raab, un muchacho de Santa Fe que fue muerto por la dictadura, había hecho un corto excepcional, Los cuarenta puertos, que fue el primer y único caso de una película prohibida por decreto del Poder Ejecutivo. Todo el mundo se preguntaba por qué, si la película es la historia de un pintoresco conventillo de Santa Fe y no tiene nada de política. El conventillo pertenecía a la familia del general Martínez Zuviría y nadie lo sabía.
–¿Le tocó en el cineclub redescubrir alguna película?
–Sí, por ejemplo en el ´55 organizamos en Núcleo un ciclo para recordar películas argentinas malditas; se realizó en la Asociación Bancaria, que funcionaba en un sótano de la calle Reconquista. La película maldita por excelencia del cine argentino es La vuelta al nido, de Leopoldo Torres Ríos, quien nunca la había querido volver a ver después del escándalo que se produjo cuando se estrenó, en el ´38. Lo convencieron para que asistiera, y se reencontró con su película ante un público juvenil que la ovacionó. Siempre me acuerdo de que cuando subía la escalera para irse me decía “gracias, Sammaritano”.
–¿Siguen interesándose los jóvenes por el buen cine?
–Esa es una de las cosas que me preocupan. En la época de los´60, los chicos querían ver cine y no hacer cine, lo cual estaba mal; ahora quieren hacer cine y no ver cine, lo cual también está mal. Hay pibes maravillosos, pero también están los que yo llamo “los nacidos ayer”, que son los que consideran que el mundo comenzó a partir de la fecha de sus respectivos nacimientos. Una vez, en la Escuela, un profesor me comentó que empezó a proyectar una película en blanco y negro y tres o cuatro alumnos se levantaron y se fueron. Yo le dije: “Cuando veas que un chico se va porque la película es en blanco y negro, me lo mandás a mi oficina y yo lo expulso de la Escuela”. Que a un espectador común no le gusten las películas en blanco y negro, vaya y pase, ¡pero a un tipo que estudia cine! Entonces no va a poder ver Potemkin, ni Juana de Arco de Dreyer... ¿Y El ciudadano, qué? ¿No es en blanco y negro? En serio, te digo que a mí me tiene muy preocupado el asunto.
–¿Debe ser el director de cine un buen lector?
–Yo creo que sí, y les digo también a los chicos que lean libros, porque en ellos hay maravillosas historias, que aprendan a hacer guiones en equipo. Y pongo el ejemplo de Visconti quien, como todos los italianos, tenía su equipo de guionistas. Cuando tuvo que hacer Rocco y sus hermanos, que es la historia de unos inmigrantes de Sicilia que van a trabajar al norte de Italia, se encontró con la dificultad de que no conocía bien el dialecto que hablaba esa gente. Entonces contrató a Massimo Franciosa y a Pasquale Festa Campanile, los guionistas de las comedias de Sordi, tan lindas y tan desprovistas de pretensiones. Siendo él Luchino Visconti, no tuvo ningún problema en contratar a guionistas de películas populares para que lo asesorasen.
–¿Las películas hechas sobre un guion original son mejores que las que surgen de adaptaciones literarias?
–Hay películas de guion original que son un desastre y películas adaptadas que son maravillosas. Hace cuarenta años, Truffaut escribió su artículo sobre ciertas tendencias del cine francés, que era un ataque a dos guionistas, Aurenche y Bost, que habían hecho el guion de Juegos prohibidos y de muchas otras películas, y los acusaba de traicionar el espíritu de la obra literaria. Como eran muy lectores, los directores de la nouvelle vague querían respetar lo que ellos llamaban la escritura. Robert Bresson, por ejemplo, en El diario de un cura rural, respetó la escritura de Bernanos y por eso introdujo un relator, lo que por otra parte fue muy habitual en las películas de esa tendencia estética. Pero esa discusión ya terminó y, en definitiva, no se puede hacer una buena película sin un buen guion, del mismo modo que no se puede hacer caviar con caca de paloma, como decía Ben Hecht, que era un gran guionista.
–¿Debe tenerse en cuenta al público al hacer una película?
–A veces hay gente que hace películas y no piensa en el público. Una vez, por ejemplo, un muchacho, Cristian Pauls, hizo una película que se llamaba Sin fin -que le decían en broma “Sin film”-; era una versión muy libre de “Casa tomada”, de Cortázar, muy bien hecha pero muy abstrusa. Se dio en una semana en Mar del Plata, en la época en que yo estaba en el Instituto. Un periodista de esa ciudad le preguntó humildemente cómo creía que el público recibiría su película, y él se puso arriba de la estatua y contestó: “yo me cago en el público”. Entonces lo llamé y le dije: “No digas eso porque el público se puede cagar en vos y no la va a ir a ver nadie. Y acordate de la frase de Hitchcock: el cine es el arte de llenar una sala vacía”.
–¿Qué directores y corrientes estéticas reconoce como más valiosas para la historia del cine?
–Corrientes estéticas hubo muchas, creo que habría que hablar más bien de épocas. El primer lugar lo ocupa Griffith, porque este señor inventó el lenguaje cinematográfico. Después tenés también la época del cine cómico, en la que hay dos tendencias, la de Buster Keaton y la de Chaplin. Keaton era el cómico de la profundidad psicológica y la filmación perfecta, pero no tenía el elemento social de Chaplin, quien además fundó una teoría muy buena de la comicidad. El mismo Chaplin introduce el cine psicológico con Una mujer de París, la primera película donde hay un elemento psicológico en la narración. Después, en los años ´20, aparecen las grandes expresiones del cine: el soviético, con Eisenstein y Pudovkin, y el expresionista alemán, que había surgido en el ’14 pero tiene sus mejores exponentes en esa década con las películas de Murnau. Después van a aparecer el cine de la depresión, el cine de la guerra y el de la posguerra, viene el neorrealismo de Italia con Vittorio de Sica y Rossellini, Visconti con el realismo crítico, y después la nouvelle vague que impone nuevas pautas y teorías, algunas de las cuales se siguen aplicando tardíamente.
–¿A qué actores rescata?
–Acá el mejor actor de cine que hubo fue José Gola, que fue el protagonista de La vuelta al nido y de muchas otras películas; tenía un rostro de actor de cine, no morisqueteaba, y en La vuelta al nido se lo mostraba en planos enteros muy largos. Otro gran actor, que murió en el olvido, era Raúl Parini, el de Alias Gardelito: todo el mundo se olvidó de él. De los nuevos me gusta mucho Leonardo Sbaraglia, que además es un pibe muy inteligente.
–¿Y del extranjero?
–En el cine norteamericano hay actores excelentes: cualquier tipo que dice “la cena está servida” es un actor. Me acuerdo de una película, Doce del patíbulo, en la que hay una escena donde aparece una banda tocando y el director se da vuelta y sonríe: ese tipo se roba la secuencia. Hay una especialidad, que es el casting, con personas que se dedican a elegir el tipo y la cara para cada personaje, porque los norteamericanos cuidan también los segundos y terceros planos. Si vos tenés un gran intérprete y el que dice “la cena está servida” lo dice mal, te arruinó la escena.
–¿Puede nombrarnos cinco películas imperdibles?
–Esa es una de las preguntas más difíciles, ¿sabés por qué? Porque ahora te nombro cinco y después salgo de acá y digo “me olvidé de ésta y de la otra, tenía que haber puesto aquélla...” Una película de Jean Renoir, que acá nunca se estrenó y me encanta, es Une partie de campagne, que está basada en un cuento de Maupassant. Dura 45 minutos y quedó inconclusa: cuando Renoir terminó de filmar los exteriores estalló la guerra y tuvo que emigrar a los Estados Unidos porque venían los nazis y, como era comunista, estaba en la lista negra. De las películas argentinas me gustan La vuelta al nido y Rosaura a las diez, de Soffici; del neorrealismo italiano, Roma, ciudad abierta y las películas de De Sica. Me gusta mucho El viento, de Sjöstrom, y la Juana de Arco de Dreyer es una maravilla.
–¿Y del cine norteamericano?
–Hay muchas que me gustan: La diligencia de John Ford, y del cine negro: El halcón maltés de Huston, Al borde del abismo de Howard Hawks... En el campo de la comedia, que es un género despreciado porque es el más difícil de hacer, Lubitsch con Ser o no ser y El pecado de Cluny Brown, Howard Hawks con La adorable revoltosa o La comedia de la vida... Me gusta mucho Cantando bajo la lluvia de Gene Kelly; cuando me compré el aparato de CD, lo primero que probé fue la música de esa película.
–Entre los estrenos recientes, ¿cuál nos recomienda?
–No se pierdan una película que en inglés se llama The lime y acá le pusieron Vengar la sangre, de Steven Sodenborgh, el chico que debutó con Sexo, mentiras y video y ganó el premio de Berlín. Es brillantísima, y además lo tiene pendiente a uno, igual que en Un condenado a muerte se escapa, de Bresson, donde, desde el título, el espectador sabe lo que va a pasar pero igual queda prendido de esa genial película.
*Miguel Paulino Tato, director del Ente de Calificación Cinematográfica en el período de la última dictadura militar.