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 25 de abril de  2024
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Renoir: el pintor de la felicidad

Renoir: el pintor de la felicidad

Hoy se cumplen 180 años del nacimiento en Limoges (Francia) del pintor Pierre-Auguste Renoir, con cuya vasta obra tenemos la magia de colores del impresionismo llevada a su máxima expresión.

Para Anatoli Lunacharsky, funcionario de educación del gobierno soviético durante los primeros años posteriores a la revolución bolchevique en Rusia, Pierre Auguste Renoir es el más grande de los impresionistas, más aún, en sus palabras, “es demasiado grande para caber en el impresionismo, es uno de los más grandes maestros de la pintura humanista”.

Impresionista y humanista, Renoir formó parte de un movimiento artístico que renovó la pintura y desarrolló un nuevo concepto de la realidad. Para el impresionismo, la realidad no está formada por los objetos que el pintor efectivamente observa sino que es el resultado de su actividad de observación, de su observación atenta y concienzuda. Nos encontramos, entonces, frente a una subjetividad que “construye” la realidad a partir de las emociones y sentimientos que esta genera en el observador, y esto lleva a una magia de la observación, a un seguimiento minucioso de los cambios que se registran en los objetos con el paso de las horas del día y el consiguiente cambio de la forma en que la luz solar incide sobre aquellos transformando los colores. “El impresionista Renoir fue, ante todo, un artista enamorado de innumerables matices de color, de tono, para los cuales el mundo de los objetos servía, por así decir, como mero armazón”, señala al respecto Lunacharsky.

En las obras de Renoir vemos paisajes, flores, niños, mujeres, todos ellos representados con notable elegancia y variedad de colores. Renoir es el pintor de la felicidad. En él encontramos constancia emocional, un estado anímico permanentemente igual a sí mismo, pero rico, multifacético y variado frente a las bellezas que lo deslumbraban. Según Lunacharsky, su magia se movía entre su estado emocional y el deslumbrante esplendor de “una muchacha que pasaba”. Y añade: “Sí, todo en ella lo asombraba: el andar, los jóvenes pechos, el rostro bondadoso, gatuno”.

Todo el mundo se le manifestaba a Renoir como un conjunto de sinfonías felices. No había lugar para el infortunio. “La felicidad del mundo se presentaba a Renoir en su forma más pura y triunfante en los niños”, afirma Lunacharsky. Por eso lo sitúa como “uno de los más grandes pintores –o poetas– de la infancia”.

En su valoración del artista, Lunacharsky destaca que Renoir no fue un revolucionario, pero tampoco un artista burgués. No fue un representante de la burguesía dominante del Segundo Imperio. Al igual que la mayoría de los impresionistas, Renoir sentía un inmenso rechazo hacia la burguesía dominante, odiaba, despreciaba y rechazaba sus gustos; era expresión artística de una pequeña burguesía o fracciones burguesas excluidas del poder político y económico de la Francia de Napoleón III y de la III República que se constituyó después de la derrota de la Comuna de París de 1871.

Analizaremos ahora algunas de sus pinturas.

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El Pont des Artes (1867) se nos presenta como un paisaje urbano, vale decir, una vista de la ciudad convertida en objeto estético por la mirada del artista. Hacia el fondo de la composición se destacan no solo el puente, sino también cúpulas y mansardas. Un grupo de hombres y mujeres se encuentran entre el punto de vista del observador y las construcciones edilicias, punto de vista que adquiere relevancia porque la pintura al aire libre lo conduce al deseo de mostrar las cosas tal como estas eran vistas y de allí las diferencias de luminosidad.

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Diana Cazadora (1867) nos introduce en un tema mitológico frecuentado en más de una oportunidad por artistas de las más diversas escuelas. Diana es el nombre romano de la diosa griega Artemisa, la virgen cazadora. Sentada sobre unas rocas, observa con atención al ciervo que ha cazado. Ha dejado a su presa exánime, rendida a sus pies. Es una exaltación de la caza, del triunfo de la cazadora sobre los animales. La pasión de Diana por la caza y su condición de virgen nos colocan frente al dominio de la naturaleza (caza) y la plenitud de la mujer (virgen).

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Sobre Los Novios (1868) nos cuenta la especialista en arte Belinda Thomson que Alfred Sisley y Lisé Trehot posaron como pareja de novios para esta pintura de cuerpo entero, imitando la postura convencional de recién casados en un estudio fotográfico. Según Thomson, Renoir parece continuar así “la analogía al prestar escasa atención al realismo del telón de fondo del jardín”.

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En el paisaje de La Grenouillere (1868) encontramos la majestuosidad de diferentes tonos de colores para develar el movimiento de las aguas del río y el recorte de las figuras humanas, por momentos apenas bocetadas por una tenue pincelada que las descubre en la orilla y en una pequeña tabla que, a la manera de un “puente”, atraviesa el angosto curso de las aguas.

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En La taberna de Meré Anthony (1866), vemos la taberna de campo de Marlotte, un caserío en el bosque de Fontainebleau, el lugar de reunión predilecto del círculo de Renoir. En este moderno cuadro de conversación, pintado como un tributo al estilo de Courbet, Thomson explica que han sido identificados los modelos: “Nana, la camarera, tiene el aspecto gentil que Renoir iba a alabar a lo largo de su carrera. Jules le Coeur está de pie y, a la derecha, se encuentra un pintor holandés llamado Bos; Meré Anthony con un pañuelo atado a la cabeza, Sisley con sombrero y Toto, el vigilante perro de lanas”. Asimismo, Thomson subraya la presencia intencional en el cuadro de “L’Evenement, el periódico para el cual Zola escribía en 1866, como el material de lectura del artista”.

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El Retrato de Claude Monet (1875) nos muestra a uno de los principales exponentes del impresionismo, el artista Claude Monet. Representado de poco más de medio cuerpo, ligeramente sesgado a la izquierda, con un gran saco y sosteniendo en una de sus manos un pincel. Monet mira hacia su modelo, como queriendo escrutar su dimensión espiritual. Ha sido captado en pleno trabajo artístico.

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En El Moulin de la Gallete (1876), Renoir nos presenta una forma de sociabilidad de todas las épocas como lo es el mundo del baile. Un conjunto de parejas, entrelazados sus cuerpos, bailan al ritmo de una música que debemos intuir. En un primer plano, en torno a una mesa, hombres y mujeres pasan el tiempo en una animada conversación mientras se deleitan con unas copas de bebida. Con pinceladas rotas y colores brillantes, el artista plantea, desde lo formal, cuestiones visuales que se vinculan con los efectos de la luz, tanto natural como artificial. La alternancia de tonalidades claras y oscuras, todas ellas matizadas y reveladas por la incidencia de la luz, nos hablan de lo central en una pintura impresionista: la magia de los colores. Es como sumergirse en un mundo donde los celestes, cremas, violetas y negros van señalando las contorsiones propias de un baile; como si los colores acompañasen y revelasen los compases de la música que no podemos oír, pero sí intuir.

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En Desnudo al Sol (1876), Renoir nos presenta un desnudo femenino que como figura se levanta de un fondo con grandes matices de colores, construidos una vez más con pinceladas cortas y quebradas. La mujer y su unión con la naturaleza, con el paisaje natural, es todo lo que nos sugiere el artista en esta composición, que nos invita a pensar en el vínculo de la mujer con la tierra, en la fuerza generadora de la vida.

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La obra Mujer con sombrilla en un jardín (1874) es toda ella una sinfonía de colores: amarillos, verdes, blancos, azules; todos se combinan magistralmente, mientras la mujer, de negro y con sombrilla blanca, observa la coloración del jardín. Una vez más, la naturaleza, no la producida por el desarrollo espontáneo de lo natural, sino aquella otra derivada del trabajo del hombre, fusionada con la mujer.

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En Bañista rubia (1881), nuevamente el desnudo femenino se convierte en tema de estudio. La modelo está representada en posición sedente, cubiertas parte de sus piernas por una sábana blanca, mientras el brazo izquierdo cae sobre la cintura y la pierna izquierda cubre su sexo. La cabellera rubia que se despliega hacia la espalda, los ojos negros que miran al espectador, los pechos suaves y delicados, contribuyen a construir el erotismo de la imagen.

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El Palco (1874) exhibe a una pareja captada en el momento en que están observando una escena teatral. El hombre con binoculares presta atención a una escena que está más allá de la imagen. La mujer, con sus ojos oscuros muy abiertos, pierde su mirada hacia adelante. Los colores son vibrantes. Sobresalen los contrastes entre ellos, así como también su variedad.

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Si Renoir pintó la felicidad, nada mejor que Dos hermanas (1881) para dejarlo de manifiesto. La hermana mayor sentada, con las manos cruzadas, dibuja una significativa sonrisa, mientras sus pícaros ojos interrogan e insinúan al espectador una alegría apenas contenida. La menor, aún infante, parada junto a su hermana, tiene los ojos muy abiertos, como disponiéndose para el asombro. En el fondo, un espléndido jardín con árboles, plantas y flores acompañadas por un curso de agua. Es la felicidad de una primavera rebosante de verdor, de vida alimentada por la luz, de colores que destacan con la alegría de la vida; en suma, la felicidad de vivir.

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Finalmente, en Las Bañistas (1887), los desnudos femeninos en plena naturaleza, junto al agua y al bosque, hacen del cuerpo de la mujer la sublime expresión del desarrollo natural. La naturaleza y la mujer constituyen una unidad, una empatía que nos habla de la comunión con la tierra. Es el eterno femenino junto al agua, el bosque, el cielo de los cuales es expresión.

Fuentes consultadas

Lunacharsky, Anatoli. Sobre la literatura y el arte, Buenos Aires, Axioma S.R.L., 1974

Thomson, Belinda. El impresionismo. Origen, práctica y acogida, Barcelona, Ediciones Destino, 2001.

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