Pedro Subercaseaux, arte, fe e historia
- Por Miguel Ruffo y María Inés Rodríguez Aguilar
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A 70 años de su muerte, recordamos al pintor chileno Pedro Subercaseaux, cuya obra abarcó la pintura histórica y la espiritualidad. Artista formado en Europa y luego monje benedictino, dejó un legado clave para la memoria visual de Chile y la Argentina.
Hijo del diplomático chileno Ramón Subercaseaux y de Amalia Errazuris, Subercaseaux había nacido en Roma en 1880. Desde niño tuvo inclinaciones por el arte y la religión. Su padre era también pintor y su madre, una mujer muy devota, formaron en su joven hijo el gusto por la belleza y la comunión con Dios. El artista, ya en su adultez, recuerda en sus Memorias cómo se potenció su fe cristiana cuando con sus padres viajó a Tierra Santa: “Mis creencias no dependían ya solamente de lo aprendido en el catecismo, ni aun de la doctrina que recibiera de mi madre. El pintor necesita ver para creer”.
Su madre le hacía ver la belleza en la naturaleza y en el arte. Cuando visitaron la Basílica del Santo Sepulcro, el futuro fray Pedro tuvo las siguientes impresiones: “Todo me parecía extraño y misterioso. La complicada arquitectura, la decoración, mezcla confusa de diversos estilos, las infinitas lámparas de aceite, de las que pendían flecos rojos, todo esto significaba un gran misterio”.
Las Memorias de Subercaseaux también evocan sus caminatas por París, adonde se mudó con su familia siendo aún muy joven. En aquella ciudad, junto a su hermano Luis y su amigo Carlos Peña Otaegui visitaban museos e iglesias. Así comenzaba a interiorizarse en el arte y a compenetrarse de la belleza presente en las pinturas de los museos; pero era tan solo un inicio: “Entendía aún muy poco de lo que en ellos veía. La mayoría de las obras de arte las hallaba entonces demasiado complicadas o artificiales, sin darme cuenta aún de que la palabra ‘arte’ y ‘artificial’ provienen casi de la misma idea”, escribe. La pintura de Rubens se le presentaba como excesivamente cargada, saturada; los llamados “pintores primitivos” le parecían infantiles. Llegaría a uno y otros por un “camino más largo, más profundo, no por vía de una lección aprendida de un libro, sino por medio de una comunión directa con el alma de la Edad Media y de sus santos”.
En los años de sus primeras formaciones se entrelazaban en su persona dos vocaciones: por un lado, ingresar en el Ejército o la Armada; por el otro, el arte. Pero ¿qué le atraía de las fuerzas armadas? La caballería y los barcos a vela, es decir, dos armas que el progreso tecnológico y militar conducía a su desaparición. Por el contrario, por medio de la pintura podía recrear a la caballería y a los barcos a vela. Su opción fue el arte. Se constituyó en él su objetivo de “dibujar y dibujar”. En Europa, estudió en la Escuela de Bellas Artes de Berlín, cuyo director era el profesor Anton von Werner. De esa experiencia recuerda: “El famoso pintor de batallas me recibió cordialmente (…) Resultó ser una simple coincidencia el hecho de que a mí, aficionado a temas históricos, me tocara estudiar bajo la dirección de un pintor de temas guerreros”. Posteriormente, estudió en Francia e Italia: “Guiado hacia la belleza por mi padre, aparecieron por de pronto ante mí, como faros deslumbrantes, Rafael y Miguel Ángel. Las demás lumbreras fueron apareciendo poco a poco, a medida que iba conociendo, primero el Vaticano y en seguida Florencia y Venecia”. Tuvo en Roma por profesor a Lorenzo Valles y, al regresar a París, continuó su formación con Robert Fleury y Jules Lefebvre: “Todos los sábados corregía uno de los profesores los bocetos que se presentaban sobre algún tema indicado de antemano. Podían también presentarse bosquejos sobre cualquier otro tema, por lo que habiendo hecho yo un apunte al óleo que representaba el abrazo de O’Higgins y San Martín en Maipú, lo llevé al concurso. Más tarde me sirvió de base para el cuadro que fue premiado en Buenos Aires en 1910 y que cada año sale reproducido con ocasión de las Fiestas Patrias, tanto en Chile como en la Argentina. No faltaba ninguna semana sin presentar algún bosquejo y luego mis compañeros me llamaron ‘el campeón del boceto´”. En los bocetos siempre un artista tiene mayor libertad, mayor espontaneidad, y ello hace de los bocetos de Subercaseaux, por ejemplo, el de Mariano Moreno, un emblema de las gráciles y libres líneas del dibujo. Está dotado de toda una atmósfera envolvente, dinámica, libre: todo ello un “culto a la espontaneidad”.
Para principios del siglo XX, Subercaseaux era un pintor ya consagrado en Chile por sus pinturas de historia, como La Primera Misa en Santiago de Chile, y ya había recibido sus primeros premios como artista. Poco antes del Centenario (1810-1910) estuvo en la Argentina y Adolfo Pedro Carranza, primer director y fundador del Museo Histórico Nacional (MHN), le comisionó una serie de pinturas vinculadas a la Revolución de Mayo. Son ellas: El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, Mariano Moreno en su mesa de trabajo y El Himno Nacional en el Salón de la Casa de María Sánchez de Thompson, donde se cantó por primera vez.



Recuerda Subercaseaux en sus Memorias: “Después de estudiar detenidamente el tema, me construí una maqueta, a escala, de la sala del Cabildo de Buenos Aires a fin de obtener los juegos de luz y perspectiva y lograr así el efecto realista que yo deseaba. En ese cuadro aparecen más de sesenta figuras, de las que treinta son retratos sacados de documentos auténticos”.
Y líneas más abajo, al abordar el tema de la canción patria, dice: “El segundo cuadro me costó menos esfuerzo material. Se trataba aquí de representar ‘el ensayo del Himno Nacional Argentino’. En el salón de la Chacra, tapizado de rico brocato amarillo, hice que se agruparan mis personajes: unas cuantas señoras vestidas a la moda ‘Imperio’, junto a las cuales representé a San Martín, Pueyrredón y unos cuantos hombres más; al clavecín aparece sentado el que acompañaba el canto de doña Mariquita Thompson, la que debía aparecer como figura principal del cuadro. A fin de conseguir un efecto realista pinté todo el cuadro a la luz suave de las velas”.
Subercaseaux participó con El Cabildo Abierto y El Himno Nacional en la Exposición Internacional de Arte del Centenario. Y a pesar de que allí recibió, según él mismo lo expresa, “calurosas felicitaciones”, ninguna de sus telas recibió un primer premio. A propósito de esta circunstancia, señala Subercaseaux: “Uno de los miembros del jurado, con modo muy amable, me explicó: ‘Todos estamos de acuerdo en que merece usted los dos primeros premios, pero desgraciadamente Ud. no es argentino’”.
Hacia 1920, después de trece años de estar casado con Elvira Lyon Otaegui, de común acuerdo con su esposa, resuelven, con dispensa papal, disolver el matrimonio e ingresar en sendas órdenes religiosas. Subercaseaux se convirtió en sacerdote benedictino. Sus años de formación sacerdotal transcurrieron en la abadía de la isla de Wight. En este ámbito debía destinar horas a la oración, pero también al estudio y el trabajo manual.
Fray Pedro continuaría practicando la pintura: “Se ensanchó notablemente mi panorama artístico. La enseñanza que había recibido en la Academia Julian fue exclusivamente clásica y académica. El trato con mis compañeros me hizo descubrir nuevos horizontes, tanto hacia el pasado como hacia el porvenir. Comencé a enterarme del inmenso interés estético de las civilizaciones primitivas, tan llenas de belleza y de misterio. Por otro lado, vislumbraba las posibilidades que se ofrecían para un porvenir próximo de renovación en las artes plásticas. Muchas cosas habían sucedido en París, de las cuales no había tenido noticia, en los mismos años durante los cuales estudiaba donde Julian, cosas que todos los aficionados al arte saben ahora, pero que entonces eran ignoradas por la inmensa mayoría y más aún en el ambiente sudamericano”.
Subercaseaux, convertido ahora en Fray Pedro, continuó desarrollando la pintura de historia, pero a ella se sumarían las obras de temas sagrados, como la Virgen de Andacollo.

De regreso a Chile fue el fundador del monasterio benedictino de Las Condes, en Santiago de Chile. “Sigo soñando, la belleza para mí es un don particular de Dios, independiente de todas las demás gracias. El Señor acumula sobre nosotros gracias y bendiciones de todas clases, desde luego todas las que nos son necesarias. Pero el don de la belleza parece emanar más directamente de él. Es menos necesario para nosotros. Lo es más para que por él conozcamos a nuestro bien. Ha prodigado su belleza desde los principios de la Creación. Por ella, lo han reconocido los pueblos primitivos, pero parece que en los últimos siglos los hombres se han hecho indignos de poseerla”. Fray Pedro, sin embargo, sí poseyó la gracia de la belleza y nos legó su arte, sus pinturas y ellas testimonian el movimiento ascendente del alma hacia su encuentro con Dios.
Fuente consultada
Subercaseaux, Pedro (1962). Memorias, Santiago de Chile, Editorial del Pacífico.