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 16 de junio de  2024
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Paul Gauguin y el primitivismo en el arte

Paul Gauguin y el primitivismo en el arte

Hoy hace exactamente 120 años, en Atuona, comuna asociada francesa ubicada en las Islas Marquesas, fallecía Paul Gauguin, pintor francés posimpresionista que llevó al arte el mundo primitivo de la Polinesia.  Había nacido en París el 7 de junio de 1848. Su vida polifacética y su obra artística: un legado que desafió convenciones.

Desde su infancia, la vida de Paul Gauguin estuvo marcada por la vivencia de los tiempos pasados. Primero por lo exótico de la sociedad peruana donde vivió siendo niño. Luego, en la adultez, su estancia en la Polinesia, donde añoró vivir como un “salvaje”, como un hombre separado de la sociedad industrial, urbana y tecnocrática de Occidente, para encontrar finalmente la muerte rodeado de un mundo primitivo, de ese mundo que él tanto amó.

Gauguin comenzó a formarse como pintor en el curso de los decenios en que hacía eclosión en París el movimiento impresionista. Sin embargo, el crítico de arte Julio Payró sostiene que su arte va por otro carril: “Todos sus procedimientos técnicos, toda su concepción estética, están reñidos con la teoría impresionista, de la cual solo adopta, como Van Gogh, la libertad de expresión. El analistismo superficial de los impresionistas, su avasallamiento de la vibración luminosa, su obsesión de perspectiva aérea, Gauguin las pasa por alto tranquilamente. Es un artista esencial que prescinde de todo Occidente”.

No se puede hablar de Gauguin sin mencionar a Van Gogh. El episodio en que éste se corta una oreja parte de las tormentosas relaciones entre ambos, pero, desde el punto de vista estilístico, las obras de uno y de otro responden a diferente canon. El propio Gauguin dirá: “Vincent y yo estamos muy poco de acuerdo, en general, y sobre todo en pintura (…) Él es romántico, mientras que yo me inclino más a un estado primitivo.”

Cuando en 1891 resolvió, por primera vez, marchar a Tahití para zambullirse en ese mundo que él consideraba de ensueño y allí encontrar el elixir de su arte, sus amigos lo despidieron en el Café Voltaire donde Mallarmé expresó: “Señores, para empezar, bebamos por el regreso de Paul Gauguin, pero no sin admirar esta conciencia superior que, en el estallido de su talento, lo exilia, para renovarse, hacia la lejanía y hacia sí mismo”. Y Gauguin, que marchó a Tahití para vivir como un primitivo, para llevar una vida salvaje, la vida que había buscado durante tanto tiempo, en una carta a su esposa Mette, describió así su nueva experiencia: “Nada, ni siquiera el piar de un pájaro rompe la calma. A veces una gran hoja seca que cae, pero que no produce el más mínimo ruido. Es una especie de roce espiritual. Los indígenas suelen cantar por la noche, pero sus pies descalzos se deslizan silenciosamente. Siempre hay silencio. Ahora comprendo porque estas gentes permanecen horas e incluso días, sentadas sin decir una sola palabra y mirando al cielo con melancolía. Y siento que todo esto me cautiva”. Al bullicio de la ciudad, al frenesí de la vida urbana, lo tranquilo y apacible de una naturaleza casi virgen.

Empero, una cuestión es el aspecto casi romántico de la búsqueda de un nuevo modo de vida y otra cuestión es la capacidad de adaptarse a esa vida primitiva después de decenios de vida urbana. Por eso, en 1894, retornará a Francia, a las ciudades del Occidente, pero por poco tiempo. Dos años después, en 1896, volverá a partir a su Polinesia, esta vez para siempre. Y desarrolló un arte que Maurice Denis, un alumno suyo, evaluó con las siguientes palabras: “Gauguin, que puso tanto desorden en su vida, no lo toleró en la pintura. Amaba la claridad, signo de la inteligencia. La reconstrucción del arte que inició Cezanne, Gauguin lo continuó con mayor rigor teórico. Debemos a los bárbaros, a los primitivos de 1890, haber puesto en evidencia algunas verdades esenciales. Ya no se trata de ‘reproducir’ la naturaleza (…) sino al contrario, reproducir nuestras emociones y nuestros sueños ´representándolos´ mediante formas y colores armoniosos”.

Veamos ahora, algunas de las pinturas, de ese mundo primitivo llevada a las telas por Gauguin:

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Con Mujeres Tahitianas, óleo sobre tela de 1891, también conocido con el nombre de En la Playa o Unas mujeres sentadas en la Playa, Gauguin comienza el derrotero que lo llevará a revalorizar el mundo primitivo, el mundo no industrial, no urbano, contraponiéndolo a la sociedad europea. Gauguin asume la actitud de un contemplador de la “sociedad natural”, cual si esta fuese un idílico paraíso en oposición al infierno del industrialismo europeo. Los rostros de estas mujeres parecen estar acusando a los colonos europeos, como si estos fuesen los portadores del mal. A un mismo tiempo la riqueza cromática del óleo nos habla del desbordante y multifacético color de la naturaleza, de un color que espera al hombre capaz de romper con los grises de la sociedad industrial.

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Salve, María, óleo sobre tela de 1891-1892, también llamado Yo te saludo, María, es una composición alegórica donde el choque entre el catolicismo europeo y las tradiciones sagradas polinesias se resuelven en una imagen de la Virgen, no solo como una mujer tahitiana, sino como una madre que ya ha alumbrado mucho tiempo atrás a su divino hijo, ahora sobre sus hombros. Ello asemeja a la mujer con la iconografía de San Cristóbal, el santo que portaba a Cristo en sus hombros. Dos mujeres indígenas, en actitud de oración, rinden respeto a la Virgen indígena.

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En Divertimento, óleo sobre tela de 1892, dos mujeres de Tahití aparecen apaciblemente sentadas, en un marco natural, con plantas, ondulaciones y verdores. Un perro, en un primer plano, se nos muestra olfateando el aroma de la tierra. Una de las mujeres toca dulcemente la flauta y su melodía es danzada por un grupo de mujeres al fondo de la composición. La flauta no ha dado origen al enojo de divinidad alguna ni a la hilaridad como ocurrió en la religión griega cuando Atenea intentó tocarla, y al soplar, se le hincharon los cachetes, lo que la llevó a arrojar la flauta al suelo. Y mucho menos a la competencia entre Marsias y Apolo, entre la flauta y la lira, al triunfo de esta sobre aquella; por el contrario, parece ser el instrumento del que emana la música de un ritual.

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En Pastorales Tahitianas, óleo sobre tela de 1893, una vez más Gauguin nos presenta una mujer indígena tocando la flauta. Nada sugiere tensión, lo que nos lleva a pensar en la tranquila melodía que se desprende de la flauta. Una segunda mujer, de pie, dirige la mirada hacia el espectador, al que imaginamos sorprendido por la representación. El óleo se destaca por las masas de color, por la variedad cromática, incluso por lo que podría parecer un uso arbitrario del color en el denso rojo del perro. No se trata de una anarquía colorística; todo lo contrario, es una armonía, una totalidad ordenada por el color en planos sucesivos. Rojos, negros, verdes, blancos, naranjas, celestes, todos los colores nos están invitando a una fiesta de la naturaleza y de una sociedad en armonía con ella.

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La natividad es uno de los temas dominantes en la pintura occidental. En El Nacimiento de Cristo, óleo sobre tela de 1896, la encontramos transportada al mundo de la Polinesia. La Virgen María, en la forma de una tahitiana, se encuentra extenuada en la cama después del parto. Junto a la cama, otra mujer indígena sostiene al Niño Jesús y toda la escena transcurre en un pesebre como lo muestran, hacia el fondo, los animales domésticos, característicos de los pesebres.

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¿De dónde Venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vámos?, óleo sobre tela de 1897-1898, es un lienzo extremadamente complejo. Lo leemos –tal como Gauguin dijo que había que hacerlo–de derecha a izquierda. Tenemos primero un recién nacido, un niño que ha advenido a un mundo donde jóvenes muchachas nos sugieren un paraíso terrenal; pero, hacia el centro de la composición, un hombre está tomando el fruto de un árbol, como símbolo del árbol prohibido, del árbol del conocimiento del bien y del mal, lo que nos habla de la pérdida de la inocencia que caracterizaba al hombre en el edén originario; la muchacha que sigue hacia la izquierda simboliza la angustia ante la necesidad de saber y la inocencia primigenia que implica la ignorancia; un ídolo de la Polinesia contempla la escena, como contemplando el drama de una sociedad que transgredió el mandato divino; y el ciclo se cierra con una anciana, azorada por el saber. Un pájaro, casi melancólico, parece no cantarle al drama de la condición humana, drama que está dado por la aventura del conocimiento.

Fuentes consultadas:

Bignami, Ariel (1970). Vida de Gauguin. NOA-NOA Cartas. Buenos Aires, CEAL.

Gonzalez Prieto, Antonio (2006). Grandes Maestros de la Pintura: Gauguin. Barcelona, Editorial Sol 90.

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