Monet, el impresionista
- Por Miguel Ruffo
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Hoy se cumplen 180 años del nacimiento en París del pintor Claude Monet. Tenemos en su figura los orígenes del impresionismo como movimiento artístico y a uno de sus más ilustres referentes. Murió en Giverny, una localidad de la región de Normandía, en 1926, donde residió más de cuarenta años.
¿Fue el impresionismo un precursor del arte moderno? ¿Por qué se originó en Francia, más específicamente en París y en las provincias del norte? ¿Por qué en la segunda mitad del siglo XIX?
Ante todo, señalemos que Francia en esos decenios se había convertido ya en una nación con industrias modernas solo a la zaga de la industrializada Inglaterra. En París se encontraba el Museo del Louvre, el más importante entre los museos de arte del mundo; un visitante podía en sus salas admirar y estudiar las más diversas obras de arte producidas por las distintas escuelas en las más diversas épocas de la historia. Asimismo, París se había convertido en una ciudad moderna, a partir de las transformaciones urbanísticas y arquitectónicas introducidas por el Barón George Eugene Hausmann. Caminar por las calles del nuevo centro de París, por la Avenida de los Campos Elíseos, significaba encontrarse con una modernidad, con una belleza urbanística impresionante. París dejó de ser la ciudad medieval, con sus calles angostas y tortuosas, para convertirse en la ciudad moderna por excelencia. Si a esto le agregamos que la urbe disponía de numerosas escuelas donde se podía estudiar artes, comprenderemos entonces que ofrecía amplias posibilidades para estimular una renovación visual en todos aquellos que se sentían inclinados a gozar de la belleza, de la estética. Y así como para un europeo de los siglos XVII y XVIII visitar y estudiar arte en Roma era la máxima aspiración, o para un contemporáneo del siglo XX, Nueva York se presenta como la megalópolis de la renovación, para un artista, para un pintor del siglo XIX, París era la meca del arte.
Pero nos queda el problema de si el impresionismo es un arte moderno. Evidentemente, desde el punto de vista temático, los impresionistas renovaron la pintura: ya no se trataba de pintar temas históricos, mitológicos o bíblicos, sino de consustanciarse con el paisaje, tanto natural como social, y plasmarlo en las telas. La pintura al aire libre presuponía sentir la naturaleza, y presentarla en los lienzos tal como era sentida y no como era en la “realidad”. Se pintaban, por ejemplo, los bosques, las aguas, las flores, tal como los sentidos percibían las dimensiones cromáticas que se presentaban como resultado de la modificación de la forma en que la luz incidía sobre los objetos naturales o artificiales al cambiar las horas del día. Ahora bien, si consideramos al arte moderno como un arte abstracto, entonces debemos decir que en el impresionismo aún son reconocibles las “figuras”; cierto es que las formas tienden a diluirse, cierto es el predominio del color, pero la apertura de las formas aún se mantiene dentro de cierta “tradición”. No obstante, la renovación en los temas, en las técnicas y modos de pintar y en el uso del color anuncian el arte moderno.
Claude Monet, a quien hoy recordamos y quien constituye una de las figuras más emblemáticas del impresionismo, recibió influencias de Eugène Boudin, uno de los primeros paisajistas en pintar al aire libre; de Pissarro, Renoir, Bazille y, sobre todo, de Courbet y Manet. Dentro de sus primeros lienzos, encontramos retratos, escenas de interior y paisajes. Y es precisamente en los paisajes donde Monet comienza a utilizar las pinceladas largas y los colores claros y modulados que caracterizan su pintura. Fascinado por los efectos de la luz sobre el agua, quiso plasmar en sus cuadros esos aspectos fugaces, fragmentó su pincelada, evitó los colores opacos e intentó captar variaciones cromáticas sobre un mismo tema a distintas horas del día o en diferentes estaciones del año. Su técnica consistía en desintegrar las formas en masas de colores intensos y vibrantes, para así imponer una visión subjetiva de la realidad.
A continuación, examinaremos algunas de sus obras más representativas.

Impresión, Sol Naciente es la obra que da origen al movimiento impresionista. La palabra “impresión” fue producto de la sensación que ante la obra tuvo el periodista Procuraire, ya que consideró que Monet se había tomado la licencia de jugar con la realidad, incluso de distorsionarla. En el colorido sutil de esta obra, se advierte la preferencia del artista por pintar la apagada luz del amanecer.


En Le Pont D’Argenteuil y Le Pont Du Chemin de Fer a Argenteuil, vemos la inclinación de Monet por pintar composiciones que incluían puentes. En la primera, se yuxtaponen el vapor y la vela y alcanza a mostrar la superficie inferior del puente atravesado por los cálidos rayos del sol hacia el final de un atardecer. El pintor debe haberse situado en la orilla, cerca del agua, para así poder pintar la escena en una zona semiindustrial.


En La Gare Saint Lazare y Le Train, vemos que a nuestro artista le interesaron más el humo ondulante y los efectos de la luz a través de los cristales de las locomotoras que la estación en sí misma.


Emile Zola indicó la gran habilidad de Monet para pintar el agua. Podía pintar olas glaucas y sucias, o el agua estancada de los puertos, y era capaz de captar los efectos de la luz en las formaciones acuosas. Pintar paisajes donde se encontrase el agua era uno de sus motivos preferidos. Así, por ejemplo, Bateaux De Plaisance y Étretat.


En Le Cathédrale de Rouen y en Le parlement de Londres, nos encontramos con que las formas de los edificios deben ser descubiertas tras la densa atmósfera que los cubre, ya sea por la niebla o por las nubes. Monet nos propone un ejercicio visual: intuir cómo son las construcciones, cómo estas develan su ser, cómo esta entidad se descubre progresivamente para que nuestra vista quede deslumbrada por la magia del aire que media entre el pintor como sujeto dotado de visión y las construcciones como objetos destinados a ser vistos.

Los impresionistas se sentían atraídos por los jardines, por las sombras que arrojan sus árboles y sus plantas, por los prados de pastos altos y por las flores que adornan el paisaje cultural, vale decir, el paisaje construido por el hombre. Ello lo podemos ver en Bordighera. Allí las palmeras, las plantas y los arbustos, agitados por el viento, expresan en su colorido un contrapunto con el cielo borrascoso y nuboso. Es como una naturaleza que, a pesar de haber sido creada por el hombre, no puede dejar de verse sacudida por el viento.

En Camille Doncieux, Monet pintó a su mujer, una costurera de Batignolles, que se convirtió en su modelo. Sus relaciones eran un hecho consumado en los años en que el pintor intentó presentarla a su círculo familiar. La noticia de que ella estaba embarazada fue un duro golpe para su padre, con quien mantenía una relación dificultosa, y puso en peligro el apoyo económico que necesitaba y que solo su tía decidió continuar. Vaya esta Camille Doncieux como testimonio de la tormentosa vida afectiva de un pintor que nos asombró con la magia de sus colores.
Fuentes consultadas
Besson, George. Monet, París, Les Editions Braun, s/d.
Gran Enciclopedia Universal Espasa-Calpe, Tomos 21 y 27, Buenos Aires, Planeta, 2005.
Thompson, Belinda. El impresionismo. Orígenes, práctica y acogida, Barcelona, Ediciones Destino, 2001.