Jean Marc Nattier y el rococó
- Por Miguel Ruffo
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Se cumplen hoy 260 años de la muerte de Jean Marc Nattier, pintor francés representante del estilo rococó que se desarrolló sobre todo en el país galo durante el reinado de Luis XV.
Jean Marc Nattier, siendo ya un hombre maduro y después de transitar también otros senderos como la pintura de historia, dedicó toda su energía a destacarse como retratista de personajes de la aristocracia y a continuar asimilando su figura al estilo del naciente rococó, movimiento surgido en las postrimerías de la Francia del Antiguo Régimen, particularmente entre los años 1730-1760.
Por entonces, la nobleza aristocrática había perdido toda función productiva, era una clase meramente rentista. Su horizonte era un mundo de diversiones, citas galantes, juegos. Frente al intelectualismo de las academias, el rococó propuso un arte centrado en lo sensible. Frente a los “temas serios” del barroco (historias bíblicas, mitologías, historicismo), un arte de la cotidianeidad de la aristocracia. Frente al masculinismo de las artes anteriores, una pintura centrada en lo femenino: la coquetería y los amores. “Fue un arte mundano, galante y alegre, sensual y refinado, sin influencias religiosas, muy alejado de la austeridad, del heroísmo y del sentimiento profundamente espiritual del barroco”, dice Leticia de la Casa. La vida de la corte era cómoda, relajada, elegante y refinada, despreocupada y mundana y el arte rococó reflejó esta frivolidad. Desde un punto de vista formal, el arte de las curvas y contracurvas, de lo asimétrico, lo caracterizaron. El predominio de la asimetría, las formas onduladas, las líneas curvilíneas, están inspiradas en elementos naturales como las rocas marinas, las algas, los elementos vegetales y conchas.
Nattier, como retratista de la aristocracia, fue el pintor de las damas de la corte de Luis XV. Su arte fue de colores luminosos, suaves, delicados, con tonalidades claras, que contrastaban con la oscuridad y las sombras.
Examinemos algunas de sus pinturas:

María Adelaida de Francia como Diana, óleo sobre lienzo, 1745.
Se trata de un retrato de la tercera hija de Luis XV. La modelo fue representada en un paisaje ribereño, cual si fuese una Diana o Artemisa. Lo reconocemos porque junto a María Adelaida se encuentran los atributos de la diosa-virgen cazadora: el carcaj y las flechas, el arco y la peineta en forma de medialuna (la luna creciente representa a la mujer como doncella o virgen). Recostada entre los árboles, seduce y llama la atención: la delicia de sus pechos sugeridos, lo curvilíneo de su cadera, la extensión de sus piernas, la mirada sugerente, todo en ella está puesto para la caza del varón. Dijimos que María Adelaida tiene la forma de Diana cazadora. Pero estamos lejos de las representaciones de los dioses y diosas del renacimiento o el barroco. Aquí, una dama de la aristocracia dominante se ha apropiado de una tradición mítica de la antigüedad greco-romana para expresar la belleza y sensualidad de una mujer concreta. No son, por ende, sus rasgos, los de una divinidad o más bien lo divino ha cristalizado en el cuerpo femenino, de una clase de mujeres que lo tienen todo para atraer a los varones y poseerlos. El paisaje como continente refuerza la sensibilidad de la composición. El color se revela como majestuoso predominando sobre el dibujo.

Catalina I, 1717. Óleo sobre lienzo.
Estamos frente a un retrato representativo de Catalina, la segunda esposa del Zar Pedro el Grande, realizado en La Haya en 1717. Se ha iniciado ya la occidentalización de Rusia. El Zar Pedro abrió el mundo eslavo ruso a Occidente con la fundación de San Petersburgo y sus viajes a esas regiones de Europa. Este retrato, en la medida que se realizó en La Haya, testimonia la presencia del matrimonio real en la Europa renovada por el renacimiento, el humanismo y la reforma. Comenzaba para Rusia la lucha entre occidentalizadores y eslavófilos. Catalina está representada en posición sedente, con un vestido lujoso, cubierto con una capa de armiño, lujo que corresponde a una aristócrata. El artista destaca lo majestuoso del vestido, la amplitud de la tela, los pliegues de la vestimenta. El fondo, predominantemente oscuro, es casi neutro. La luz se concentra en el rostro y el torso de la noble. Todo en ella, la mirada sugestiva, la imponencia de su pose, las manos que descansan sobre su cuerpo, la altivez general, están puestos al servicio de resaltar su autoridad. Se trata de un retrato que refleja, en este caso a una mujer, en el ejercicio del poder.

Madame Henriette de Francia como Flora, 1742.
La mujer se recuesta plácida y elegantemente en un espacio natural donde se destacan flores de distintos colores mientras sostiene con su mano izquierda una guirnalda. Las flores son un atributo de Flora, diosa de la primavera, del despertar de la naturaleza, del momento en que el florecer invita a la vida. Nuevamente una aristócrata revestida con una divinidad de la antigüedad greco-romana. El torso desnudo, los pechos sugeridos, las piernas que se curvan, los ojos que miran fijamente al espectador, la sonrisa que como esbozo preanuncian sus labios, el brillante colorido contrastante en las ropas, el cielo nocturno, todo sugiere una mujer elegante y sensual. Ella domina el paisaje, se funde con la naturaleza, su cuerpo se convierte en la nota dominante de lo natural. “El artista –dicen Christiane Stukenbrock y Bárbara Topper– combina con refinamiento la dulzura del rostro, la suavidad de la piel, la actitud galante y el brillo de la tela”. Otro detalle interesante propio del rococó es, como lo señala Leticia de la Casa, “el relevante papel que adquiere la mujer, convertida en protagonista de la vida social, organizadora de reuniones literarias, políticas, de juegos y bailes, una mujer seductora y bella que participa en aventuras hasta entonces prohibidas”. Valgan estos conceptos, para enmarcar a Madame Henriette. A ella y a todas las mujeres de la aristocracia insertas en el frívolo mundo de la diversión.
Fuentes consultadas:
AAVV (2009). Arte Universal: el Rococó. Madrid, Cantabria SAC.
Stukenbrock, Christiane y Topper, Bárbara (2005). 1000 obras maestras de la pintura, h h Ullmann.