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Hace 130 años nacía Alicia Moreau de Justo

Hace 130 años nacía Alicia Moreau de Justo

Se cumplen hoy 130 años del nacimiento de Alicia Moreau de Justo. Fue una de las primeras mujeres argentinas que obtuvo el título de médica, se distinguió como dirigente social y política, asumió la causa de la paz, bregó por la educación popular y por los derechos de la mujer y desempeñó un activo rol en la defensa de los derechos humanos. 
Nunca se la oyó levantar la voz, pero su palabra infundía respeto; sus discursos eran breves, pero sus conceptos movían a la reflexión; vestía sobria, y aun pobremente, pero su figura irradiaba dignidad.
Había nacido en Londres, hija de Armand Moreau y de Marie Denanpont, ambos exilados franceses.
Muchos años después ella recordaba con inmenso cariño a su padre, que cumplió con el difícil cometido de educarla sin dogmas pero con ternura. “Cuando empecé a querer informarme de las ideas de aquellos tiempos me serví de sus libros, que había traído consigo. Y me formé, como también mis hermanos, en un ambiente sereno y tranquilo, en donde la interpretación de los hechos y la conducta que deriva de esa interpretación no ofreció dificultades“, refirió en una entrevista.
Seguramente de él aprendió que en la vida no hay nada que temer y que solo hay cosas que comprender, como enseñó Marie Curie; también se ejercitó en amar el aseo y despreciar el lujo, como quería San Martín.
En 1890, la familia emigró a Buenos Aires. “En ese momento los países como la Argentina y toda la América eran la posibilidad de crear una nueva vida”, contó después.
Cursó sus estudios secundarios en el Normal N° 1, donde en los últimos años tuvo como profesor de Instrucción Cívica a Hipólito Yrigoyen. En sus palabras, “era un hombre que difería mucho del común de los profesores”, del cual siempre guardó “una excelente impresión, porque era un profesor que se preocupaba de lo que pensaban sus alumnos”.  
Influenciada por el ejemplo de Cecilia Grierson, la primera médica argentina, de quien con el tiempo se hizo muy amiga, en 1907 ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, de donde egresó siete años después con diploma de honor.
Fue, junto con Grierson, Julieta Lanteri, Petrona Eyle y Elvira Rawson, una de las primeras mujeres que obtuvo en nuestro país el título de médica. No fue tarea fácil; además de las lógicas dificultades del estudio debieron enfrentarse al arraigado prejuicio machista, asumido entonces como algo natural, tanto por parte de los profesores como, y acaso más aún, de los propios compañeros.
“Pero estoy segura de que si yo hiciera en este momento cualquier cosa equivalente en cuanto a luchar contra los prejuicios sociales, me encontraría con las mismas dificultades. No es fácil hacer dentro de una sociedad aquello que no es habitual”, dijo muchos años después. 
Decidida desde muy joven a luchar contra ese estado de cosas, un año antes de inscribirse en la facultad fundó, junto con las nombradas y otras mujeres, el Centro Feminista de Argentina y el Comité Pro-Sufragio Femenino, de los que llegó a ser presidenta. “El movimiento feminista lo inicié, modestamente, a raíz de un congreso de libre pensamiento, que se realizó en Buenos aires, en 1906, y que como era internacional trajo aquí a muchos militantes de Francia, España, Bélgica e Italia. Ese movimiento me interesó muchísimo, lo apoyaba la rama más evolucionada de la masonería”.
Cursaba el primer año de medicina cuando recibió la visita de Ángel Giménez, creador, junto con Juan B. Justo, de la Sociedad Luz, quien le pidió que colaborara con esa obra dando clases en los barrios obreros después de la jornada laboral.
Así lo hizo, y en sus charlas solía abordar el problema del alcoholismo, porque en su opinión “el alcohol ha sido y sigue siendo un gran enemigo del hombre”, quien “cree que es su amigo y es en realidad un gran destructor, como el tabaco y ahora todos estos productos químicos”.  
En 1910 estuvo entre los fundadores del Ateneo Popular, una “asociación de extensión secundaria y universitaria” que tenía por objeto dictar cursos y conferencias, fundar bibliotecas y otras actividades similares, y que tuvo a su cargo la publicación de la revista Humanidad nueva, de la que Alicia fue secretaria y después directora, publicando trabajos de Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin y María Montessori, entre muchas otras.
Los fines de esa década y los principios de la siguiente señalaron hitos muy significativos en su trayectoria: en 1918 fundó la Unión Feminista Nacional, en 1919 fue designada representante argentina por el Comité Ejecutivo Internacional de Obreras al Congreso Internacional en Washington, en 1920 se afilió al Partido Socialista y en 1922 se casó con Juan B. Justo, con quien tuvo tres hijos y al que nunca dejó de admirar.
En 1932 el diputado socialista Mario Bravo presentó un proyecto de ley elaborado por Alicia Moreau para instaurar el sufragio femenino, que fue rechazado en el Senado. Y en 1951, el Partido Socialista la postuló para ocupar una banca en la Cámara de Diputados, puesto que las mujeres ya podían elegir y ser elegidas. Pero no tanto. “Sencillamente no me presenté a votar. Había una orden de detención contra mí, así como contra el resto de los miembros del Comité Ejecutivo y muchos afiliados del Partido… Algunos lo supimos a tiempo y nos escondimos; a los que no pudimos avisarles, cayeron”, testimonió a la periodista Emiliana López Saavedra.
Porque el Partido Socialista ejercía una firme y consecuente oposición al gobierno peronista, que a su vez había hecho objeto de persecuciones y prisiones a dirigentes como Palacios, Sánchez Viamonte, Nicolás Repetto, Arturo Orgaz y la propia Moreau de Justo –quien en 1951 estuvo detenida en la comisaría 21– entre muchos otros, de torturas a varios, y de quemas y clausuras a locales, bibliotecas y órganos de prensa partidarios.
Por otra parte, a mediados de la década del 30 Alicia Moreau de Justo tuvo destacadísima actuación en la campaña de apoyo a la República Española que desarrolló su partido.
En otra de sus actividades en el orden internacional, representó al movimiento femenino democrático de la Argentina en el Congreso Internacional de Mujeres que se reunió en París en 1947. Los conceptos que vertió ese año en una entrevista periodística conservan alarmante actualidad: “La brega por la paz exige ante todo el afianzamiento de la democracia. Esta es el más precioso instrumento de acción para lograr la supresión de las guerras. Todo régimen basado sobre la autoridad unipersonal, de clan o de casta, solo se mantiene por la fuerza”.
Producido en 1955 el derrocamiento del general Perón, el Partido Socialista la designó como uno de sus cuatro representantes ante la Junta Consultiva Nacional, que estaba integrada por miembros de todos los partidos políticos vigentes, a excepción del peronista.
Y vale la pena recordar que desde la Junta Alicia Moreau de Justo denunció públicamente el fuerte enfrentamiento entre los dos principales bandos del partido militar gobernante.
En 1956 asumió la dirección del órgano partidario La vanguardia, que mantuvo hasta 1962.
En 1958 se produjo la gran división del Partido Socialista en el Partido Socialista Argentino y el Partido Socialista Democrático. Alicia Moreau, Palacios, Sánchez Viamonte estuvieron entre los principales dirigentes del primero; Américo Ghioldi, Repetto, Juan Antonio Solari entre los del segundo.
Mucho se ha dicho y escrito sobre esta fractura, que marcó el inicio de una serie ininterrumpida de divisiones y de creación de siglas capaz de desorientar a cualquiera. La versión más corriente –pero no la más exacta– pretende reducir esa crisis partidaria a la actitud ante el peronismo, explicación por demás módica y simplista, que le debe mucho al relato y poco a la certeza.
Porque, y por lo menos al momento de la ruptura, los dirigentes de ambos sectores mantenían su oposición al reciente gobierno peronista y a las actividades que entonces desarrollaban sus dirigentes; sí pudo haber incidido, en cambio, la actitud contemporizadora de varios referentes del Democrático para con la Libertadora.
Esto decía Alicia en 1972: “Perón descompuso muchas cosas. Fíjese en el sindicalismo actual: uno ve a esos secretarios generales que andan en coches de lujo... En nuestra época los dirigentes gremiales viajaban en colectivo, y ellos mismos abrían el local del gremio. Cuando recibían una renta, nunca era mayor que el sueldo que les correspondía y los aportes eran cotizaciones voluntarias de sus compañeros, no los depósitos obligatorios en los que el patrón hace de cobrador”.
Como ocurre en todas las rupturas, los factores fueron múltiples: los ideologismos, la influencia de los incipientes movimientos de liberación en distintos países, el empuje de los jóvenes y sus prisas por alcanzar un cielo que creían cercano… y ahora, después de casi sesenta años, es preciso decir que también tuvieron que ver las vanidades humanas, que no tienen límite, y, lamentablemente, los intereses personales. Y si bien de uno y otro lado se alinearon personalidades irreprochables, también es cierto que Américo Ghioldi fue embajador de la última dictadura, y que el otro sector cobijó como combativos referentes juveniles a personajes como Abel Alexis Latendorf y Moisés Iconikoff.
“Muchas veces me he preguntado qué clase de fanatismo –si así cabe llamarlo– nos conducía a los socialistas a pelearnos, a dividirnos muchas veces por minucias. Es que en nuestro partido las ideas son muy importantes, y a menudo la defensa ardiente de una posición conducía a una ruptura. Eso ha sido algo lamentable, y ha debilitado muchas veces al partido”, admitió mucho después.
En 1975, con el objetivo de denunciar la violencia institucional que venía gestándose de manera creciente, fundó junto con un grupo de personalidades, entre las que se encontraban Raúl Alfonsín, Jaime de Nevares, Marshall Meyer, Carlos Gattinoni y Adolfo Pérez Esquivel, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). En su carácter de copresidenta, en 1979 elaboró el informe que fue presentado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA en oportunidad de su visita a Buenos Aires. Y las tardes de jueves la vieron acompañar, apoyándose en su bastón, las rondas de las madres de Plaza de Mayo.
En 1982 fue, como Arturo Illia y Raúl Alfonsín, una de las poquísimas dirigentes políticas que se opusieron categóricamente a la guerra de Malvinas.
En ocasión de cumplir 98 años fue entrevistada por Magdalena Ruiz Guiñazú, quien aprovechó para pedirle que enviara un mensaje a los ciudadanos pues pocos días después se celebrarían las elecciones presidenciales de 1983. Las palabras de la anciana dirigente conmueven por su actualidad: “Que vayan a esas elecciones con la idea de que van a tratar de hacer triunfar la democracia, que no hay democracia sin libertad de pensamiento y libertad de acción; que la fuerza deje de ser un elemento formador de la vida política, que la vida política se pueda formar por el pensamiento y por la acción libre y, sobre todo, honesta”.
Y añadió: “Lo que me entristece mucho es que no podamos decir que gracias a la ley Sáenz Peña, que establecía muy buenas condiciones para el uso del sufragio, no hayamos podido tener una vida más inteligente como grupo social”. 
En sus últimos años, inexplicablemente, se la internó en el Hogar Francés, un geriátrico supuestamente administrado por miembros de esa comunidad.
Murió a los cien años, el 12 de mayo de 1986. “El hombre muere como nace: es un hecho biológico su nacimiento y es un hecho biológico su muerte”, sentenció en cierta oportunidad, pero observó: “No todos dejan de sí un recuerdo que perdura generación tras generación”. 

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