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 16 de junio de  2024
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Fernando García del Molino, pintor del rosismo

Fernando García del Molino, pintor del rosismo

Hoy se cumplen 210 años del nacimiento de Fernando García del Molino, uno de los primeros pintores argentinos. Si bien nació en Chile, cuando aún era un niño se trasladó con su familia a Buenos Aires y, desde el punto de vista de su formación, de la obra desarrollada y de su decisión ciudadana, lo debemos considerar argentino.

José León Pagano dice de García del Molino que fue el retratista de la Federación; en efecto, todos los representantes más fidedignos de la sociedad federal fueron retratados por este pintor: Juan Manuel de Rosas, Agustina Rosas de Mansilla, María Josefa Ezcurra, Félix Aldao y tantos otros hombres y mujeres que constituyeron la sociedad rosista. Fue en lo fundamental un escrutador plástico de caracteres. Sus retratos se definen por el estudio de la espiritualidad de los modelos representados. Poseía un mirar agudo, una gran capacidad para penetrar en la psicología del retratado; por eso, Pagano, refiriéndose otra vez a García del Molino, también escribe: “El psicólogo aventaja al pintor. Por eso va más allá del ‘velo corpóreo’. Su análisis anímico lo traspasa. La atención la centraliza en lo viviente del modelo, en su individualidad, en su fisonomía moral, en su autenticidad intransferible. Este poder de visión lo aproxima al sentido espiritual de la forma, a su carácter, como valor expresivo. No es la imagen inerte de lo físico”.

El dibujo de García del Molino es simultáneamente descriptivo y analítico. En el primer aspecto tenemos un documento fidedigno de los rasgos físicos del modelo, pero, al penetrar en el mundo anímico del modelo, el aspecto analítico de sus retratos nos lleva a decir: ¡Cómo está sentida y observada esta persona! Y en este sentido cabe decir de García del Molino que fue un gran retratista, porque el género del retrato alcanza su plenitud cuando el pintor sabe trascender la mera representación de los rasgos fisonómicos para encontrarse con el universo espiritual que agita su estado anímico. Así, nuevamente en palabras de Pagano, “sus retratos viven, atraen, tienen un contenido virtual” y a ninguno se le puede atribuir “aire impersonal”. Ya fuesen mujeres u hombres los representados, generalmente lo son de tres cuartos de cuerpo y el artista modela a medias tintas, sin acentuar el claroscuro.

El retrato fue su especialidad. Los produjo tanto en óleos sobre tela como en miniaturas. No todos alcanzan la misma calidad plástica, hay desniveles, por eso, apunta Pagano, su obra es promiscua, desigual, endeble a ratos, y por momentos nula.

García del Molino tuvo una relación fluida con Rosas. Tenía puerta abierta en el caserón del Restaurador de las Leyes en Palermo. Estaba allí como en su casa. Se cuenta que, en una oportunidad, Rosas lo encontró bocetando su fisonomía y que lo sorprendió diciéndole: “Te pesqué, sordito”, porque el artista era sordo de una oreja.

A Rosas lo pintó en varias épocas, tanto cuando se encontraba en la plenitud de su poder como en la ancianidad del destierro. La imagen de Rosas perduró en su obra. Era una especie de llama siempre encendida, alimentada por la devoción que el pintor tenía por el Restaurador; es así como nos legó de este testimonios elocuentes y hasta enternecedores. Reprodujo las facciones de Rosas y lo hizo tanto en el universo de lo microcósmico, vale decir, en miniatura, como en grandes telas.

Pasemos ahora a examinar algunos de sus retratos.

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En Retrato de Juan Manuel de Rosas, óleo sobre tela de 1843, Rosas está representado de pie, de cuerpo entero, erguido, con la espada desenvainada. Su porte es imponente. La impetuosidad y autoridad de su persona, la firme convicción en los ideales que defendía, su relación con los principios soberanos y la intransigencia frente a los enemigos de su universo político quedan claramente explícitas en el cuadro de García del Molino. Y si no, observemos a la derecha del Restaurador la columna y el pedestal como símbolos de firmeza, de los sólidos asentamientos de sus principios de gobierno. La majestuosidad erguida, gallarda y varonil de Rosas y la solidez de la columna se complementan en la imagen de fuerza que transmite la composición. La leyenda del pedestal explicita los ideales de su gobierno: “La Confederación Argentina es y será independiente y libre por la razón o por la fuerza”, destacándose en la columna los nombres de todas las provincias argentinas confederadas, incluidas Paraguay, cuya independencia no reconocía Rosas, y Tarija, en el noroeste, una región del ex virreinato del Río de la Plata en disputa con la Confederación Peruano-Boliviana del Mariscal Santa Cruz. En nuestra opinión, el artista hace un juego entre la columna y Rosas proponiendo como signo que la verticalidad caracteriza a ambos: Rosas es la columna sobre la cual se asientan los principios de la Confederación Argentina. Es importante contextualizar el cuadro. Fue pintado en octubre de 1843. Hacia 1841-1842, Rosas alcanza el triunfo sobre sus opositores externos e internos. Lavalle, derrotado en Famaillá y muerto en Jujuy; la Coalición del Norte, dispersa y disgregada; Oribe, en Arroyo Grande, puso fin a las consecuencias de la efímera victoria del General Paz en Caaguazú y Francia levantó el bloqueo sobre el Río de la Plata. Rosas se encuentra en el cenit de su poder. Su imagen en miniaturas, retratos, jarrones, guantes, peinetones y divisas estaba profundamente difundida. Así pues, el pintor nos lo presenta en la plenitud de su soberanía, intransigente en el momento culminante de sus victorias, firme en la consustanciación con los principios que guiaban su actuación política. El rostro de Rosas transmite la tranquilidad del hombre seguro de sí mismo, plenamente convencido de la justeza de sus ideales, dispuesto a defender con la espada los principios de “Confederación, Libertad e Independencia” que rezan en el pedestal de la columna como anunciando al mundo los principios del Estado argentino que se propone construir y defender. El cuadro tiene un agregado del mismo autor, del año 1851, que es el escudo al pie de la columna y que manifiesta el apoyo de la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, pese al Pronunciamiento de Urquiza, y que dice así: “Al eminente Republicano, al Salvador de la Independencia de la Confederación Argentina Ciudadano Brigadier D. Juan Manuel de Rosas. Los Representantes de la Provincia de Buenos Aires en 1851”.

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En Retrato de María Josefa Ezcurra, óleo sobre tela, el pintor ve en los labios de la cuñada del Restaurador cierta contracción nerviosa, insinuaciones de muecas. Su ánimo no es tranquilo. Sus sentimientos son fulminantes. Era un demonio con faldas. Hay una penetración en sus rasgos morales. Es que estamos ante una mujer con fuertes vínculos con la Sociedad Popular Restauradora, con la mazorca, con los grupos policiales capaces de amedrentar y asesinar para preservar el orden rosista. En Amalia, novela de José Mármol, María Josefa es la mujer que maneja los hilos de los mazorqueros, la que va tejiendo la tela para atrapar al unitario Eduardo Belgrano. Y en el retrato que nos deja García del Molino, sus ojos sonríen e iluminan toda su fisonomía, pero es la sonrisa de aquella que se sabe fuerte y triunfadora, que sabe cómo acorralar a los enemigos de Rosas. Es el retrato de una rosista cabal.

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Retrato de Agustina Rosas de Mansilla, óleo sobre tela, exhibe en posición sedente a Agustina, hermana de Juan Manuel. Lleva un vestido oscuro y escotado, al tiempo que cubre su cabeza con una fina mantilla española. José Mármol, en su novela Amalia, dice: “Doña Agustina Rosas de Mansilla fue la mujer más bella de su tiempo. En cincel quebraría los detalles del mármol, antes de dar a la estatua los contornos del seno y de los hombros de esa mujer; y el pincel no encontraría cómo combinar en las tintas el color indefinible de sus ojos brillantes y aterciopelados unas veces y otras con la sombra indecisa de ese color; ni donde hallar tampoco el carmín de sus labios, el esmalte de sus dientes y el color de leche y rosa de su cutis”.

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El color, las formas, la distribución de los planos, todo lleva a considerar a Retrato del Coronel Joaquín Hidalgo como un estudio de carácter, estudio que alcanza una gran maestría. En este óleo sobre tela nos encontramos con el hablar de un pintor de caballete que ha trascendido al miniaturista y se ha elevado en el mundo del arte.    

Fuentes consultadas

Lopez Mendez, Patricio (1899). Retratos para una identidad. Fernando García del Molino 1813-1899, Buenos Aires, MAHFB.

Pagano, José León (1948). Fernando García del Molino. El pintor de la Federación, Buenos Aires, Secretaría de Educación.

Ruffo, Miguel (2000). “Fernando García del Molino, pintor de Juan Manuel de Rosas”, en Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires.

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