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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 16 de junio de  2024
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“El nombramiento fue algo muy fuerte”

“El nombramiento fue algo muy fuerte”

Hoy se cumplen 10 años del papado de Francisco, primer jefe de la Iglesia católica oriundo de la Argentina. A propósito del aniversario, reproducimos de nuestra edición impresa de abril de 2013 la entrevista que, en los días posteriores al acontecimiento, Haydée Breslav, a quien tanto recordamos, le realizó a Rafael Marino, párroco de la iglesia de La Paternal Encarnación del Señor, precisamente instituido en tal cargo por Francisco cuando este aún era el arzobispo de Buenos Aires.

–¿Cómo fue conocerlo a Bergoglio?

–En realidad, para todos los curas de Buenos Aires conocerlo a él es un hecho muy normal de la vida de la diócesis; tiene más o menos 20 años de obispo y lo empezamos a conocer desde entonces. Él tuvo la particularidad de acercarse mucho a nosotros, más que cualquiera, y siempre estuvo al pie del cañón, acompañándonos, preocupado por las cuestiones personales y familiares de cada sacerdote, pero paralelamente muy preocupado y ocupado por todo lo que nosotros podíamos vivir como pastores, o sea en el trato con la gente; y no lo hizo nunca desde un escritorio, ni desde la distancia, sino que se presentó personalmente desde el primer día. Es más: cuando venía a las comunidades llegaba mucho antes de lo que era esperado, y lo que hacía en todos lados era ponerse a hablar con la gente, o si no se sentaba en el confesionario y confesaba a los que querían, que a veces ni se enteraban de que era el obispo. Eso lo ha hecho siempre: inclusive, conociendo los problemas de algunas personas en los barrios donde vivíamos, solía hacerse cargo y dar una ayuda personalmente y sin publicarlo, porque hubo cosas de las que nos hemos enterado después. Eso es lo que nosotros conocimos de él.

–¿Qué les decía?

–Siempre nos remarcó la atención a los que más sufren, a los pobres, especialmente los chicos y los ancianos. A nosotros, cuando nos nombran párrocos, nos dan ciertas misiones concretas: el día que, hace exactamente 20 años, él me puso en posesión de la primera parroquia, Rosario del Milagro, que está en el barrio de Piedra Buena, cuando llegó el momento de decirme “los enfermos y los ancianos”, dejó de lado esa especie de formulario ya hecho que se dice, me miró y me dijo: “Quiero que estés al lado de ellos”. Otro día, hablando con él del tema de la pobreza, yo le pregunté cómo podía uno vivir como san Francisco y quitarse de encima lo superfluo, y me dijo: “Vos seguí caminando, Dios cuando quiera te lo va a hacer ver de cerca”. Yo no dije más nada y me di cuenta de que me decía eso porque lo estaba viviendo él: ese es el Bergoglio que se empezó a conocer ahora. Había que escucharlo, porque decía cosas muy profundas; esa es una particularidad de él.

–¿Cuáles eran sus costumbres?

–Al poco tiempo de estar nos enteramos de que no quería un secretario que lo acompañara, como tampoco quiso el coche con chofer que le ponía el Gobierno nacional; nunca tuvo coche, salvo que alguno lo llevara por una cuestión, y hay mil anécdotas nuestras de querer llevarlo y no aceptar. Una vez, en Piedra Buena, iba a celebrar la Nochebuena primero con nosotros, temprano, y después se iba para la Catedral para celebrar la misa de Nochebuena de toda Buenos Aires. Yo dije: “Preparémosle un coche, cosa que él termine acá y se vaya a la Catedral rápido”. “Primero, que me voy solo; segundo, vos tenés que atender a la gente”, me dijo él, como diciendo “yo me atiendo solo, vos no me tenés que atender a mí, tenés que atender a la gente”; nunca me voy a olvidar de estas frases. Y se fue caminando dos cuadras a la parada del colectivo: ese barrio no tenía fama de ser un lugar muy tranquilo que digamos, pero él nunca tuvo miedo de entrar, como ha entrado en las villas y en todos lados; de hecho lo estamos viendo ahora, que debe estar volviendo locos a todo el protocolo y a la seguridad. Y cuando nos reuníamos los curas en el arzobispado por un encuentro o una charla, cuando traían un refrigerio con cosas sencillas, él estaba yendo y viniendo de la cocina con los platos; él nos servía, pero para nosotros no era extraño: durante 20 años, cuando recibía gente en el arzobispado, él servía los platos.

–¿Pensaban ustedes que podría llegar a ser Papa?

–Sabíamos que estuvo en la palestra en algún momento, que podía suceder, aunque en realidad no sabemos lo que pasó en la votación porque ninguno puede hablar, así que no sé de dónde se filtra la información, son suposiciones y cosas que se van diciendo. Evidentemente, algo pasó en la votación anterior pero nunca se lo preguntamos a él, porque es impertinente preguntarle algo sobre lo que no puede hablar. Entonces, algo nos hacía pensar que él podía estar por lo que pasó la otra vez, pero por otra parte sabíamos que ya había renunciado, que tiene 76 años… A pesar de que todos pensábamos esto, el nombramiento fue algo muy fuerte; ahora, si yo tuviese que decir qué siento, no sé: es una emoción que no la puedo explicar, no es orgullo, es algo que nunca me pasó, es el amigo, es el padre al que hoy escucha todo el mundo, que ocupa este cargo que significa mucho más que ser presidente de una nación, y donde las preocupaciones no son las de un país sino las del mundo entero.

–¿Qué opina de la conmoción que su designación ha provocado en la sociedad argentina?

–Yo creo que lo primero que nos salta es nuestra idiosincrasia, es decir, Dios es argentino, Maradona, Messi, Francisco… Eso es parte del folclore, y no significa nada más que fervor mediático. Creo que los argentinos tendríamos que leer esto de otra manera, no diciendo que Dios es argentino, sino reconociendo que si él, que está en el lugar donde está, vive como vive, nosotros no podemos dejar de verlo, de analizarlo y de vivirlo. En algunas cosas, el argentino tendría que bajar del caballo, pisar el llano y ver la realidad; en el tiempo que estuvo acompañándonos, él nos mostró precisamente que una de las cosas que teníamos que hacer es mirar la realidad desde el llano y pisando la tierra. Por eso se ocupó tanto de la gente humilde; se animó a poner la cara en el tema de la trata y el trabajo esclavo; pasó lo de Cromañón y a todos nosotros nos dijo: “Muchachos, hay que estar al lado de esa gente” y denunció que a Buenos Aires le falta llorar sus dolores y sus injusticias; pasó lo de Once y automáticamente fue como decir “es un hecho muy fuerte de dolor, hay que estar al lado de ellos”.

–¿Quiere comentar algo sobre la denuncia de su supuesta complicidad con la dictadura?

–No me interesa mucho el tema porque creo que ya está terminado, pero lo he venido siguiendo desde que la denuncia apareció por primera vez en Página 12, debe hacer tres años: nunca me voy a olvidar, eran dos páginas con una foto grande arriba, y abajo estaba todo el texto donde [Horacio] Verbitsky exponía los argumentos. A mí, con mi pobreza de conocimientos, me llamó la atención que el nivel de periodismo que se estaba involucrando tomara como argumento lo que allí estaba diciendo: si el periodista tiene que ir a fuentes seguras, confiables y chequeadas, me pareció que fallaban algunas cosas de esas. Sobre todo, no había un contenido sólido como para decir “acá lo enganché al tipo este”, con eso no enganchaban a nadie; de hecho, la Justicia solamente lo llamó como testigo, y esa grabación anda dando vueltas.

–¿Usted los conoció a Jalics* y a Yorio*?

–No, pero sí sé qué pasó cuando los chuparon, se los llevaron y los trajeron, y nunca me voy a olvidar de que el día que aparecieron un helicóptero los dejó al costado de la ruta: estaban vendados y creo que dopados con alguna droga, dormidos o semidormidos. Una de las cosas que me llamó la atención fue todo ese aparataje: un amigo mío apareció y lo dejaron tirado en la calle, no lo bajaron con un helicóptero en la ruta. Y cerrando la historia digo, conociendo la declaración que hace este hombre de decirle a Massera “quiero que aparezcan ya”, si él no se preocupaba por la vida de ellos, ¿hubiesen aparecido? Supongamos hipotéticamente que él fue a decirle “métalos en cana”, como tira la denuncia, ¿después le va a ir a decir a Massera, no al cabo de la esquina, “los quiero ya”? Es una incoherencia. Eso no me cierra, y no me cierra además porque a una persona que hace una cosa así a los tres meses se le cae la careta, no puede aguantar veinte años haciéndose el bueno cuando en realidad no lo es. Una careta no aguanta veinte años; en todo ese tiempo tendría que haber mostrado la hilacha en algún momento, haber dicho en una charla personal “sí, porque si vinieran estos milicos” o alguna barbaridad de esas que a veces dicen algunos. Los que tuvimos la experiencia de estar más con él en el trabajo sabemos que jamás él demostró eso.

–¿Cuál ha sido su relación con los distintos gobiernos?

–Él sistemáticamente demostró, de Menem en adelante, que no es como los de otras décadas, en las que estábamos acostumbrados a ver al obispo en los actos públicos, por ejemplo, o a tener cierta relación con el Gobierno nacional, porque ser obispo de Buenos Aires tiene algunos condimentos que no los tiene ninguna diócesis. Al compartir la ciudad con la sede del gobierno, la figura del obispo recibe normalmente un tratamiento muy particular en las relaciones políticas, pero lo que he visto de él desde la época de Menem hasta hoy es que no le ha interesado aparecer con el poder, nacional, político o lo que fuera.

–Sin embargo, lo criticó y cuestionó públicamente en sus homilías.

–Yo creo en primer lugar que las homilías no están dirigidas al Gobierno ni a nadie en especial, sino al pueblo de Dios, y después que cada uno tiene que escuchar eso que él dice, como ahora que lo dice como Papa, y analizarlo en su interior; en ese sentido están dichas. En mi caso, hace muchos años que tengo que predicar a la gente y a veces me dicen “qué palazo diste” y no di ningún palazo, hablé de lo que tenía que hablar, del tema que correspondía hablar ese día, y se lo dije a todos; si a alguno le pegó más fuerte, ¿qué querés que te diga? Si yo hablé igual para todos y a vos te afectó, es porque algo está pasando, pero no porque yo te lo haya dirigido a vos: mi misión es que lo escuchen todos. Muchas veces, lo que dijo el obispo y lo que dijo el Papa a mí me tocó interiormente y tuve que empezar a pensar por qué me tocó, qué está pasando, y creo que eso tenemos que hacer todos. Entonces, no es que Bergoglio le hable al Gobierno, como dicen los titulares, sino que él pisa la tierra y ve las cosas con una visión de pastor; y si yo siento que me lo dice a mí soy yo el que tengo que revisar y no él, porque no me lo está dirigiendo a mí, sino que yo me siento aludido porque algo está pasando.

–¿Cómo cree que será su papado?

–Él es un hombre del Concilio Vaticano II, lleva en la sangre el tema del Concilio: la apertura, la ventana abierta, el vivir un Jesús cercano, no un Dios allá lejos, prohibitivo o tirano, sino todo lo contrario, que te dice: “Viví la vida, tratá de ser feliz, acompañá a los demás, hacete uno con el otro”; es una imagen de Dios revolucionaria, no porque sea una novedad, porque los santos lo han hecho en su momento, pero de vez en cuando conviene que abramos la ventana porque afuera la vida pasa de otra manera. Y hay una frase que yo se la escuché muchas veces: “Prefiero una Iglesia herida en la calle y no una Iglesia enferma en la sacristía”. No es novedad en la Iglesia, es lo que predicó Jesús.

–¿Supone que habrá grandes modificaciones en la Iglesia?

–Concretamente, no creo que se modifique mucho: si esperan que la Iglesia diga que a partir de ahora va a hacer tal cosa, no lo va a hacer, ni lo va a hacer este hombre, ni lo va a hacer vaya a saber por cuánto tiempo. Creo que nos aceleramos un poco al buscar respuestas a las que en el fondo son preocupaciones del momento, a veces con un impulso mediático muy fuerte, cuando tienen que ser pensadas de otra manera. Qué va a pasar después, no lo sé, no puedo hacer futurismo; desde mi punto de vista, la Iglesia va a mostrar gestos de acompañamiento, que él precisamente ha hecho siempre. Y lo único que puedo decir sin hacer futurismo es que podría llegar un tiempo de signos, de cosas exteriores que vemos en él y son parte de lo que siente y de lo que vive, que le van a hacer mucho bien a la Iglesia: eso es lo que va a cambiar. Me parece que va a pasar por ahí, por eso es un iluminado al haberse puesto este nombre, porque es lo mismo que hizo Francisco**. ¿Qué cambió en la Iglesia Francisco? Nada, aparentemente, pero fue la bisagra en la mitad de estos dos mil años y la revolución más grande que tuvo la Iglesia.

*Franz Jalics y Orlando Virgilio Yorio, sacerdotes de la orden jesuita secuestrados y mantenidos cautivos ilegalmente durante cinco meses por parte de uno de los denominados escuadrones de la muerte de la última dictadura cívico-militar (1976-1983).

**Por Francisco de Asís (1181/1182​-ibidem, 3 de octubre de 1226)​

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