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Cándido López y la batalla de Curupayti

Cándido López y la batalla de Curupayti

Se cumplen hoy 160 años de la batalla de Curupaytí, enfrentamiento que se produjo en el marco de la guerra librada por los aliados –Argentina, Brasil y Uruguay– contra el Paraguay de Francisco Solano López entre 1865 y 1870. Así como hace unos meses lo hicimos por el 160° aniversario de la batalla de Tuyutí, rememoramos este episodio a través del testimonio iconográfico que nos dejó el pintor y soldado en dicha guerra Cándido López.

El 22 de septiembre de 1866, en la batalla de Curupayti, Cándido López recibió una herida por un casco de metralla. El médico Lucilo del Castillo se vio obligado a practicarle una amputación en la mitad del antebrazo derecho. En 1868 debieron amputarle el brazo arriba del codo por el avance de la gangrena. Cándido se vio ante la necesidad de reeducar su mano izquierda para poder retornar a su arte, la pintura. Pintor y soldado, desarrolló una serie de óleos sobre episodios de la guerra del Paraguay, remitiendo a acontecimientos de los que había sido partícipe. Consideró que sus pinturas eran solamente un testimonio de la historia.

Fue el historiador del arte José León Pagano quien, recién a mediados del siglo XX, lo recuperó como artista al considerar paisajes a sus pinturas en una primera monografía dedicada al pintor. Así y todo, debieron pasar varios años para que terminara de ser procesada la aceptación. Así lo revela su biógrafo Marcelo Pacheco: “En 1963 los descendientes del pintor ofrecieron al Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) la donación de un conjunto excepcional de sus cuadros de batallas, pintados entre 1891 y 1902, y su autorretrato de 1858. La donación fue aceptada cinco años después y presentada al público en 1971 en la primera exposición dedicada a Cándido López por un museo de Bellas Artes. Hasta ese momento López había ocupado una sala en el Museo Histórico Nacional como el pintor-cronista de la guerra del Paraguay y su obra había sido considerada solo por su valor documental”.

Examinaremos unas pinturas –que más allá del episodio bélico, la batalla de Curupayti, que representan– como lo hemos reiteradamente señalado, son paisajes sagrados. Las pinturas que nos ocupan en esta oportunidad son parte de la colección del MNBA.

Asalto de la tercera columna argentina a Curupaytí, óleo sobre tela, 1893.

Paisaje sombrío. El cielo cubierto por nubarrones casi negruzcos que parecen amenazar tormenta. En los campos de la tierra las formaciones del ejército dispuestas para la batalla. La muerte en la tierra se corresponde con el cielo encapotado de nubes. Lo sombrío se extiende por dos de los planos del mundo: cielo y tierra. Es como si el humo de los disparos ocultase la vida. Los soldados marchan con escaleras y armas al asalto de la fortaleza donde encontrarán la muerte. Un oficial, montado en un caballo blanco, niega la luz que este color significa, al arengar y dirigir a sus hombres a una muerte segura. La presencia, en el campo, de cadáveres, hace de aquella un presente manifiesto. El verdor del campo ha perdido la función de esperanza a la que este color alude porque solo la oscuridad de la muerte es lo que les espera. Marchar y marchar, al compás del ritmo de la guerra, y el cielo les anuncia lo sombrío de su marcha. Pero es un mensaje celestial no escuchado: en la tierra se impone la guerra, la muerte.

Asalto de la cuarta columna argentina a Curupaytí, óleo sobre tela, 1898.

Nuevamente el cielo sombrío, tal vez un poco más claro que el anterior, pero las nubes se imponen en toda su extensión. Un soldado hace flamear la bandera color del cielo, pero no se trata de celestes en el cielo de Cándido sino de un espacio donde los grisáceos de las nubes tienden a oscurecer ese plano del mundo. Se distingue un arbolillo: es una vida marchitada por la guerra. Los soldados parecen estar saliendo de un bosque. Éste, como útero de la vida, los arroja al mundo para vivir, pero ellos siembran la muerte. El agua del estero está tranquila, como ausente del conflicto que a su vera se desarrolla. Los verdes del campo, lo tupido del bosque, el arbolillo casi marchito, el cielo y sus nubarrones, los arbustos, son las notas de este paisaje donde el hombre con sus armas, escaleras y caballos va a la siembra de la muerte. Estamos frente al contrapunto de todos los paisajes sagrados de Cándido.

Después de la batalla de Curupaytí, óleo sobre tela, 1893.

Desolación es el sentimiento más contundente que uno experimenta frente a esta imagen. El cielo más negro que nunca, hacia el sector derecho de la representación. El campo sembrado, pero de cadáveres. No hay paz del alma. ¿Qué se puede esperar de una guerra sino los cadáveres que se tienden en el campo? Estamos frente a una imagen donde la tierra y el cielo se compenetran y se funden en un dolor. Es el llanto del cielo: las nubes. Y es el pesar de la tierra: los cadáveres, algunos de ellos simplemente arrastrados por los soldados que quedaron con vida. Las aguas del estero están negando el principio de este elemento: el de ser la base del vivir.

Fuentes consultadas:

López Anaya, Jorge (2005). Arte Argentino. Cuatro siglos de historia (1600-2000). Buenos Aires, Emecé.

Pacheco, Marcelo (s/d). Cándido López. Buenos Aires, Ediciones Banco Velox.  

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