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A 50 años del golpe: memoria y vigencia hoy

A 50 años del golpe: memoria y vigencia hoy

Se cumple hoy el cincuentenario del golpe de Estado con el que se instauró la última y más sangrienta dictadura en la Argentina. Por sendas leyes, la fecha, desde 2003, se conmemora como Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, y desde 2006, se constituyó en día feriado inamovible. En marzo de 1996, en ocasión del vigésimo aniversario del golpe, en una época en que la lucha de los organismos de derechos humanos por “memoria, verdad y justicia” no contaba aún con el acompañamiento de una política de Estado y era incluso objeto de desprecio por buena parte del personal político, Tras Cartón, en su edición impresa, recordó la fecha con un editorial titulado “Aunque suene a lugar común”. En el contexto actual, en el que la camarilla que gobierna al país vuelve, en versión corregida y aumentada, a instalar el desprecio por esa lucha, pensamos que lo que decían esas palabras hoy recobra su vigor y por eso las transcribimos.

Tenían voces. Voces que podían alegrar a quienes las escuchasen. Voces reconocibles o misteriosas. Voces que transmitían paz o ansiedad, suavidad o furia, calor o distancia. Voces que se modulaban para enamorar o para expresar odio. Voces humanas. Como la tuya o la mía.

Tenían manos. Manos seguras o nerviosas. Más hábiles o más torpes. Encallecidas por el trabajo duro o refinadas por el ejercicio de algún arte. Manos que se crispaban en el contacto con la piel deseada. Manos que se cerraban en puños desesperados por trompear el rostro de la inmundicia.

Tenían ojos. Ojos que a veces hablaban más que sus voces. Y otras veces callaban más que su silencio. Ojos tranquilizadores o perturbadores. Ojos, sobre todo, que podían ver más allá de las narices de la propia vida.

Tenían cuerpos. Cuerpos que habían librado mil batallas. O cuerpos donde la juventud aún no había sembrado todo su esplendor. Expuestos con todo el candor de su sangre generosa a los fuegos de la historia, esos cuerpos preñaron la tierra haciéndola vibrar de amor.

Tenían sueños. Sueños de los que no se quiere despertar o sueños cuya interrupción es causa de mucho alivio. Estrambóticos, como son todos los verdaderos sueños: un bosque adentro de una cárcel, la luna saliendo de día, una ciudad sin niños descalzos vendiendo baratijas en los subtes.

Tenían pensamientos. Pensamientos que los torturaban. O pensamientos que les abrían caminos. Esos que hacían llegar a la conclusión de que ciertos sueños, por más estrambóticos que pareciesen, podían concretarse. Un mundo sin la lacra de la desigualdad. Un mundo en el que todos los hombres fueran definitivamente libres. Es indudable: se trataba de pensamientos subversivos.

Voces. Manos. Ojos. Cuerpos. Sueños. Pensamientos. Tenían todo eso. No necesitamos un espejo para verificar que eran, antes que nada, nuestros semejantes. Como se sabe, sucedió que mediante una sigilosa y macabra operatoria, en rigor, llamada terrorismo de Estado, esos, los que nos pudre la boca nombrar, creyeron desaparecerlos.

Para gloria del futuro no lo han conseguido. A esta “democracia”, manejada a control remoto por la misma casta que financió el terror, cada vez le cuesta más encontrar recursos pacíficos para ocultar las molestas, continuas y espectrales apariciones de los 30.000. Desde los pañuelos blancos en las cabezas de las infatigables Madres. Desde los desperdigados hijos que hoy comienzan a encontrarse y a entender el porqué de la lucha de quienes fueron sus padres. Desde todos los olvidados que no tienen su lugar en el mundo y se deciden a tomarlo sin pedir permiso, por derecho propio. Desde la fuerza latente en la naciente rebeldía de las nuevas generaciones. Y hasta en el hedor infecto que supura por la piel de la bestia que crea y recrea el infierno fascista. Todo como prueba de una permanencia.

24 de marzo de 1976, 24 de marzo de 1996. 20 años de una fecha que es todo un símbolo de la infamia. Un momento especial para ratificar, aunque suene a lugar común, que por parte del pueblo no habrá olvido, ni perdón, ni nada que se le parezca.

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