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Edición impresa junio 2011

RUBÉN DERLIS

Poeta y protagonista de Buenos Aires

Por Haydée Breslav

Publicó su primer libro de poesía, Tonos neutros, en 1959; el último (hasta ahora), Cosas por su nombre, en 2008. Entre ambos, más de treinta poemarios, en los que ha abordado con igual solvencia y pareja calidad una amplia gama formal y temática, poniendo en toda ella su personal impronta porteña. No es casual que su nombre fuera el que eligió Roberto Díaz para el personaje del poeta de su libro Un hurón en las calles. Hace mucho que nos debíamos un mano a mano con Rubén Derlis: en esta entrevista opina sobre poesía y poetas, recuerda entrañables experiencias y reflexiona sobre el tiempo y sus mudanzas. Y como en la mayor parte de su vasta obra, también aquí Buenos Aires es presencia obligada y referencia insoslayable.

–¿Qué opinás del proyecto de imponerle a un tramo de la calle Amenábar el nombre de Raúl González Tuñón?

–Tuñón se lo merece, porque sin lugar a dudas es uno de los poetas más importantes de Buenos Aires: si Borges fija una identidad, también la fija Raúl. Además, tenía cosas muy especiales: hacía crítica de arte en la vieja redacción de Clarín, pero no iba a las muestras el día de la inauguración, como otros, a hacerse ver; él iba un lunes, cuando no había nadie, y entonces observaba las obras y hacía el comentario que después se publicaría. Un día le pregunté por qué hacía eso, y me dijo que era la forma de evitar encontrarse con el artista, que siempre iba a querer regalarle algo, y él no quería nada. A todo esto –y no es una infidencia– no tenía dinero para arreglar el inodoro, que estaba roto. Creo que hay que volver a Raúl, y espero que se concrete la iniciativa de que lleve su nombre esa calle donde él vivió sus últimos años; era muy conocido en la zona, enfrente estuvo viviendo durante mucho tiempo Lubranito Zas, y al lado el actor Pepe Soriano.

–¿Qué otros poetas te gustan, o te influenciaron?

–Como buen sesentista, recibo la influencia de Vallejo, que para mí es uno de los mejores poetas; también de algunos clásicos ingleses como Shelley, al que leía de adolescente. Yo tenía un amigo unos años mayor, Ricardo Egles, que era un gran poeta de corte clásico; murió muy joven, y yo me hice un poco a su sombra. Me decía "tenés que leer tal cosa y tal otra"; era muy fanático de Rilke, que para él era importantísimo, pero a mí me resultó desprovisto de sustancia humana, de esa humanidad de todos los días.

–¿Y Borges, al que nombraste?

–No es un poeta que me quite el sueño, pero defiendo sus tres primeros libros, los de Buenos Aires, esos de los que él renegó y que a mí me parecen geniales: Luna de enfrente, Cuaderno San Martín y Fervor de Buenos Aires. Para mí, ése es el Borges; con lo que viene después, me pasa lo mismo que con Rilke. Es que estoy muy alejado de la metafísica, como estaría alejado de Dios, si existiera.

–¿Y Baldomero?

–Sí, me gusta, con toda esa cosa española y bien popular que trae a rastras y no puede olvidar; pienso que es uno de los pioneros de la poesía de Buenos Aires, toma los temas cotidianos que nadie tomaba porque, ¿quién le iba a cantar a un tranvía, salvo el loco Oliverio? Pero Baldomero lo hace desde otro lado. Un poeta que no sé si me influenció, pero para mí fue importante, es otro inglés, John Keats; y también, lógicamente, Rubén Darío. Sin embargo, y por suerte, jamás fui tocado por Lugones quien, en mi opinión, sin Darío no habría existido.

–Darío tuvo malos imitadores en nuestro medio…

–Claro, y también se han malogrado muchos poetas post 60 por imitar ciegamente a Gelman, porque una cosa es recibir una influencia y decantarla, y otra ser un gelmanito. Pero la culpa no la tiene Gelman, sino aquellos que no supieron leer otras cosas que su poesía y caen en la facilidad de poetizar "a lo Gelman" incorporando, por ejemplo, muchos diminutivos o esas barras que nunca supe qué significaban. Por eso prefiero a otros de mi generación, que pueden ser difíciles, pero son poetas con todo.

–¿Cómo cuáles?

–Por un lado Julio Huasi, a cuya obra habría que prestarle más atención, y por el otro Marcos Silber, que es un inmenso poeta con una voz propia en serio: tiene un libro de amor, Dopoguerra, que es una maravilla. Y me gusta el único libro de poesía de Isidoro Blaisten, Sucedió en la lluvia. Isidoro comienza como poeta, pero según él la poesía conduce a la locura, y no podía soportar eso; entonces, empieza a hacer prosa. ¿Pero sabés qué pasa? Somos muy remisos a hablar de nuestra generación, y así nos va; si nos sacáramos los trapitos al sol y dijéramos lo que opinamos de cada uno de nosotros, poniendo sobre la mesa los méritos y las cosas que no nos gustan, nos haríamos un gran bien a todos.

–¿Y cómo ves a la poesía actual?

–Creo que estamos ante una generación de poetas que escriben para otros poetas, olvidando que tienen que escribir para la gente; entran en lo que yo llamo la poesía ombliguística, es decir, a cantar al propio ombligo: no importa lo que pasa alrededor, importa únicamente lo que me pasa a mí. Y está ese famoso "yo lo siento así", que no es una forma válida de expresión poética, porque lo que el poeta siente debe hacerlo transmisible a los demás, sin que tampoco sea cuestión de que escriba pensando en lo que tiene que decir para que otros lo lean. Distinta es la poesía comprometida, con la que estoy totalmente de acuerdo, y es la palabra que la sociedad le demanda que diga al poeta, que es su vocero, sin que ello implique panfleto o facilonguería.

–¿Por ejemplo?

 

–Que, por supuesto, has hecho.

–En mi caso particular, he tocado una gama muy amplia: la poesía amorosa, la social, la barrial… Y cuando me di cuenta de que me interesaba mucho el lenguaje lunfardesco, empecé a hacer también sonetos lunfa, pero no porque me lo impusiera, sino porque en Boedo, cuando era pibe, todos hablábamos así. Vos notás cuando Fulano de Tal está escribiendo con el diccionario de lunfardo al lado, porque mete una tras otra, cuando ningún lunfa hablaba así, sino que metía la palabra justa en el momento justo. Por ejemplo, no decía siempre "junar", también decía "mirar", porque son cosas distintas: por lo general, el lunfardo no tiene términos con significados exactamente iguales. Si digo que un tipo está junando, estoy diciendo que está mirando más allá de la mirada.

–Esto nos lleva a los poetas del tango...

–De los poetas del tango me gusta Camilioni, que era de Boedo, autor de hermosos tangos neorrománticos como La última [con música de Antonio Blanco] y Hasta el último tren [con música de Julio Ahumada], que es el que gana el famoso concurso, pero después se impone Balada para un loco [de Piazzolla y Ferrer] que no es un tango, pero es una cosa muy bien hecha que muestra cómo cambia la canción de Buenos Aires. Actualmente hay también una corriente tanguística muy importante: Pompeya no olvida [de González y Schwartzman] es un tango impresionante que admiro profundamente y que, como todo lo que canta Patricia Barone, está dentro de esa tendencia renovadora.

–¿Y entre los clásicos del tango?

–De los clásicos me gusta más Manzi; de Discépolo diría que, más que poeta, es un filósofo que escribe en verso y después le pone música a lo que piensa. Me gusta mucho, también, el prototango: ese tango viejo que no tenía letra me emociona todavía. Siempre he dicho que, si me dieran la oportunidad de vivir en algún momento histórico dado, elegiría nacer en 1870, para ver cuándo llegan los inmigrantes, cómo se gestó el tango y lo que eran los barrios cuando Buenos Aires no estaba tan mancillada.

–¿Crees que los barrios han perdido identidad?

–No sé si la identidad se pierde o se transforma, lo que pasa es que si digo identidad me asumo como nieto de inmigrantes, con mi padre panadero, viviendo en Boedo durante veintiún años que no son dos días, con la pobreza inherente a todo eso y la solidaridad barrial que hoy no encontrás en ningún lado; ¿de qué solidaridad podés hablar cuando ya no hay puertas abiertas? Yo pertenezco a la época en que la calle no era la calle, sino el patio de los vecinos: todos jugamos y crecimos allí, en esa ciudad que conocí y después fue cambiando.

–¿Y cómo fue que dejaste Boedo y te instalaste en Coghlan?

–Después de vivir veintiún años en Agrelo y Boedo, como dije, me casé y me fui a Honduras y Bulnes, a una cuadra de la casa de Carriego; ahí estuve dos años, casi tres. También guardo recuerdos intensos de ese barrio, a mí la ciudad me moviliza muchísimo. De ahí me vine a Coghlan, que todavía no era Coghlan cuando llegué, todo era Saavedra.

–Pero desarrollás tu actividad cultural en Boedo…

–Porque la gente de Baires Popular se reúne en el café Margot, de San Ignacio y Boedo, que hoy por hoy es el centro cultural de Boedo. Allí se da una particularidad que también se dio en el grupo original de Boedo, y es que ninguno de los que lo integran es de Boedo. Y con respecto a Coghlan, todavía no he descubierto lo que tiene de cultural, pero me gusta muchísimo como barrio, con su estación, sus alrededores, su tranquilidad. No pienso irme nunca, a lo sumo me iría al pasaje Prometeo, que me encanta, pero si me propusieran volver a Boedo, diría que no.

–¿Por qué?

–Porque ya no es mi Boedo, es otro al que ya no conozco y que no me conoce a mí. Cuando camino por Boedo, voy andando por el viejo barrio hasta llegar al Margot; será una locura, pero cada uno conserva la suya. Es cierto que toda Buenos Aires está deteriorada: Corrientes no existe más, Lavalle desapareció, de Florida ni hablemos; pero resulta que con el deterioro de Boedo están tocando profundamente mi pasado. No es que no me guste, es que ya no tiene nada que ver conmigo.

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