Edición impresa noviembre 2010
LA CIUDAD y EL BICENTENARIO XI
El trabajo y los oficios en los tiempos de Mayo

Por Miguel Ruffo
El trabajo es la esencia del hombre. Toda sociedad trabaja. Lo que cambia son los modos de trabajar. Las ocupaciones existentes en los tiempos de Mayo es el tema de esta nueva entrega.
El mundo del trabajo urbano en Buenos Aires en los primeros decenios del siglo XIX estaba formado por un abigarrado universo laboral integrado por: a) trabajadores de mataderos y saladeros, b) trabajadores de establecimientos comerciales y artesanales, c) trabajadores autónomos o semiautónomos, y d) trabajadores del servicio doméstico; muchas veces estas dos últimas categorías se fundían en un mismo trabajador.
No nos encontramos ante un mundo industrial. Es el propio de una sociedad prefabril, con actividades productivas en pequeña escala y muchas otras vinculadas a los servicios. Una alta proporción de los trabajadores urbanos estaba formada por negros y mulatos. Buenos Aires pasó de unos 40.000 habitantes hacia 1810 a más de 90.000 alrededor de 1850; de ellos el 33% eran negros y mulatos.
Era una época en que la ciudad dependía en gran parte de su población de color para el desarrollo de sus actividades productivas. Si bien la Asamblea del Año XIII había decretado la libertad de vientres, continuaban siendo esclavos los nacidos con anterioridad al 31 de enero de 1813 y se practicaba la compra y venta de esclavos. Era frecuente en los periódicos leer avisos en los que se ofrecían esclavos. Al respecto, citamos algunos comentarios de los historiadores: “(...) el 12 de agosto de 1815 se comunicaba la venta de una criada, llamada Florentina, en 200 pesos. Los posibles compradores debían entrevistarse con su amo en la casa de Gálvez, sita en la calle de las Torres (...)”; “(...) el 17 de mayo de 1817 Ángela Barroso vendía una criada de edad de 16 años apta para todo servicio de una casa (...)”; “(...) el 28 de junio de 1817 fue ofrecida en venta una criada, excelente costurera y también apta para cocinar, planchar y ordenar cuanto se le mande. Era joven y estaba embarazada (...)”.
El mundo del trabajo urbano estaba formado por trabajadores de diferentes oficios. La ciudad se proveía de agua comprándola al aguatero o, en el caso de las familias adineradas, por medio de un aljibe. El aguatero se dirigía al río, con su respectivo carro, bajaba la barranca y en la orilla cargaba el tonel de agua. Desde la época virreinal existían disposiciones que establecían que no debían recoger agua en el lugar donde las lavanderas lavaban la ropa. No obstante, esto no se respetaba. Los aguateros trabajaban todo el día, excepto durante el calor del verano, cuando trabajaban por la mañana y la tarde.
También relacionadas íntimamente con el río se encontraban las lavanderas. Era común ver en la costa del río, en la zona de las toscas, a mujeres negras y mulatas lavando la ropa. Dice Hudson: “Ver en aquellos tiempos una mujer blanca entre las lavanderas era ver un lunar blanco, como es hoy (fines del siglo XIX) un lunar negro ver una negra entre tanta mujer blanca, de todas las nacionalidades del mundo (…)”. Y refiriéndose a las mujeres de piel oscura, agrega: “Eran excesivamente fuertes en el trabajo, y lo mismo pasaban todo el día expuestas a un sol abrasador en nuestros veranos de intenso calor como soportaban el frío en los más crueles inviernos”.
Los pescadores, los boteros y los prácticos estaban vinculados por sus trabajos al río. Sobre estos trabajos, comentaba “Un Inglés”: “La pesca general se hace a caballo. Se atan dos caballos, uno a cada extremo de la red y sobre cada uno de ellos va un hombre de pie, a la manera de los jinetes de Astley. Avanzan tanto dentro del río que los caballos se ven forzados a nadar, y uno podría imaginarse que el pescador va a caer al agua. La red se arrastra hacia la costa, seleccionándose los pescados comestibles. El resto se tira. No se pesca en bote”.
Regresando a los trabajadores negros y mulatos debemos mencionar los siguientes: a) los vendedores de pasteles y tortas, quienes llevaban una tipa de tortas calientes y un farol y ocupaban un lugar determinado de la ciudad; este podía ser una esquina en la calle de las Torres (actual Rivadavia) o en la calle Florida (…); después de misa, las señoras solían comprarles sus tortas calientes; b) los vendedores de masas, dulces y alfajores, que llevaban su mercancía en tableros que colgaban por delante sujetándolos a los hombros; recibían el nombre de “Tíos” y tenían un silbato especial para llamar a los niños; c) los vendedores de escobas y plumeros. Todos estos vendedores eran trabajadores esclavos o libertos que ejercían un oficio y luego vendían el producto del mismo, correspondiéndole al amo la mayor parte del ingreso que su oficio les reportaba.
El mundo del trabajo urbano se continuaba con lecheros, carniceros, barberos, picadores de tabaco, sastres, modistas. Los lecheros se dividían en hombres de edad, mujeres y niños. Pero las guerras de la Independencia hicieron que prácticamente desaparecieran los hombres adultos y traer la leche del campo a la ciudad era un trabajo realizado por niños montados a caballo; hasta tal punto este trabajo era infantil que los cronistas de la época hablan de “lecheritos”. Eran niños de 10 a 12 años que, impulsados por las circunstancias, ejercían el oficio que había sido de su padre. “Casi puede decirse que los lecheros nacen a caballo, tal es la temprana edad desde la cual se les enseña una ocupación”, apunta Vidal.
Trabajadores más especializados eran los sastres, las modistas, los maestros de piano, música y baile. Haigh dice: “Hay en Buenos Aires sastres ingleses y franceses, modistas y tiendas que siguen de cerca las mejores modas europeas”.
Por último, señalemos que las principales empresas de Buenos Aires eran los mataderos y saladeros. Cuando tocaba el reloj de la Recoleta, todos los trabajadores montaban a caballo, abrían las tranqueras y cada uno enlazaba un novillo, que era desjarretado por otro obrero. Algunas reses eran degolladas, luego desolladas y finalmente la carne era cortada. Los mataderos producían carne para la ciudad y en los saladeros se producía el tasajo que se exportaba a los mercados esclavistas de Cuba y Brasil. Digamos que en estos establecimientos estaban las negras achuradoras que, entre otras actividades, trenzaban los intestinos de la res sacrificada; y es así como uno de los platos predilectos de los argentinos, los chinchulines, se lo debemos a las mujeres que trabajaban en estas empresas.
Fuentes consultadas
“Un Inglés” (anónimo). Cinco Años en Buenos Aires (1820-1825)
Emeric Essex Vidal. Ilustraciones Pintorescas de Buenos Aires y Montevideo
Damián Hudson. Allá lejos y hace tiempo
Samuel Haigh. Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú









