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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 10 de agosto de  2020
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Pandemias

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La crisis sanitaria que se está expandiendo hasta el último rincón del planeta produjo en todas partes un giro drástico del escenario social a un punto inimaginable hasta hace escasas semanas, aun para el espíritu más catastrofista.

Ante la altísima contagiosidad del Covid-19, que hace que, aunque la mortalidad entre los que contraen la enfermedad tenga una tasa relativamente baja, los números absolutos de los decesos ya hayan alcanzado en pocas semanas las decenas de miles en el mundo, se ha montado todo un aparato de propaganda, no solo desde las esferas gubernamentales sino también desde los medios masivos de comunicación, con el fin de que los ciudadanos, además de incorporar en sus hábitos rigurosas medidas de higiene, se atengan fundamentalmente a la normativa de “quedarse en casa”. Es decir, se trata de una apuesta al aislamiento físico, con todo su componente de aislamiento social, como eje central de la estrategia para combatir el virus. Toda una confesión de que a lo máximo a lo que se puede aspirar, es decir, lo máximo que puede ofrecer la infraestructura del Estado en esta desesperada carrera contra el tiempo por reforzar el sistema de salud, es a “aplanar la curva” de los contagios para que no se produzca un colapso de los recursos sanitarios.

La encrucijada urge ser analizada también desde otro ángulo. Vemos las calles de nuestro vecindario semidesiertas, con escasísima circulación de automóviles, transitadas por los peatones solamente para el estricto objetivo de abastecerse de lo esencial, con los comercios de todos los rubros cuya actividad no entra en esa categoría con las persianas bajas. Esto configura un resumen tan solo de la postal más doméstica e inmediata con la que nos encontramos diariamente debido al alto acatamiento a la cuarentena obligatoria observado en nuestro entorno. Pero preguntamos: ¿hasta cuándo se puede sostener esta relativa calma? ¿Hasta dónde se puede tirar de la cuerda con la limitación de actividades que, en última instancia, también resultan esenciales para la subsistencia de los trabajadores que las realizan si no hay por parte del Estado una asistencia efectiva y suficientemente abarcativa que compense la sequía de ingresos?

El Gobierno nacional toma nota de esto pero solo atina a decretar cada vez más excepciones en lugar de exigir a las empresas que cesen su funcionamiento y que continúen pagando sus salarios; otorga a algunos sectores exiguos subsidios que se los come la severa inflación que están acusando los productos de la canasta básica y que no se ataca de raíz; dicta una norma de prohibición de despidos y suspensiones de trabajadores que no implica una sanción para las empresas ni tampoco la obligación de reincorporar a los damnificados, y que solo les da a estos la herramienta para iniciar un juicio laboral. ¿Por qué no, en esta circunstancia de acuciante emergencia sanitaria, intervenir a Techint y reconvertirla en una empresa esencial que construya hospitales?

La crisis sanitaria en curso obedece a causas múltiples que nos exceden y sobre las cuales los científicos tienen y tendrán muchas cosas para decir. Pero, sin duda, la irracionalidad de la sociedad en que vivimos, la irracionalidad de su organización económica, no solo se debe encontrar entre las causas fundamentales de las condiciones que favorecieron la aparición de la pandemia sino que además es el principal factor que contribuye a convertir a esta en el potencial detonante de una crisis sistémica de una envergadura colosal. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoció en un reciente informe que, como consecuencia de la pandemia, el mundo perderá por lo bajo veinticinco millones de empleos. Y los despidos en masa ya comenzaron.

Las contradicciones insalvables que devendrán de todo este panorama, donde se tratará de salvaguardar al capital a toda costa a través del endurecimiento de la represión estatal allí donde amerite ser utilizada y del incremento del belicismo como último recurso de las grandes potencias, como ya lo viene demostrando sin tapujos el gobierno de los Estados Unidos, suponen grandes desafíos para la humanidad laboriosa como colectivo social y político. Encontrar una situación parcialmente parangonable en el pasado reciente nos remontaría sin duda al momento en que la Alemania nazi, en su afiebrado desatino expansionista, desató la Segunda Guerra Mundial.

Economía y salud no deberían ser nunca términos antagónicos entre los que deberíamos optar. Y menos en una emergencia sanitaria. Todo lo contrario: deberían ser términos complementarios. Pero esto será imposible mientras la economía se encuentre al servicio de la acumulación capitalista –la otra pandemia que se pretende difuminar detrás del Covid 19– y no de los trabajadores, los auténticos generadores de la riqueza social.

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