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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 27 de julio de  2017
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“La decisión mejor tomada”

“La decisión mejor tomada”

Historiadora, docente e investigadora, ha desarrollado una larga y fecunda trayectoria en la que se destaca, entre otras cosas, su participación en la Asociación Nacional de Historia Oral, de la que es fundadora, así como su actividad al frente de la Dirección de Patrimonio e Instituto Histórico de la Ciudad. Actualmente se desempeña como directora de Cultura del Senado de la Nación, desde donde ha impulsado distintas iniciativas para celebrar el Bicentenario de la Declaración de la Independencia. En esta entrevista, Liliana Barela analiza la magnitud y alcance de ese acontecimiento, describe el contexto en que se produjo y señala la participación que San Martín y otros próceres tuvieron en él.

–A doscientos años de la Declaración de la Independencia, ¿qué reflexión le merece ese hecho histórico?

–Creo que en ese momento fue la decisión mejor tomada, porque la Revolución retrocedía en América latina y estaba la restauración de Fernandito, como lo llamaba San Martín a Fernando VII, y decía que para enfrentarlo era mejor que no fuéramos insurgentes sino independientes. San Martín sabía que esa era la medida que había que tomar, también para poder realizar la campaña de Chile. Él no estuvo en Cuyo el día de la Independencia porque estaba negociando con Pueyrredón quién le iba a dar el dinero para la campaña, razón por la cual Pueyrredón tampoco estuvo ese día en Tucumán. Por eso es tan importante que el director supremo fuera Pueyrredón y no Moldes, porque de no ser así no hubiera sido la misma la ruta de la guerra.

–¿San Martín va a liberar a otras naciones o a la nación sudamericana?

–Yo creo que él entiende que es la nación sudamericana, que pensaba en las provincias unidas; lástima que perdimos ese nombre. Lo que quiero decir es que las Provincias Unidas en Sudamérica no fue un error de transcripción, sino el sentido del plan continental que San Martín no puede terminar y lo termina Bolívar. En rigor de verdad, el plan se concibe y se termina en esas sintonías y después no pudimos o no nos dejaron. De ahí en adelante podemos hacer muchas interpretaciones sobre la unidad continental latinoamericana, de la que hubo varios intentos que quedaron en declamaciones.

–¿Cuáles son, a su juicio, los principales parecidos y diferencias entre los acontecimientos de mayo y de julio?

–Creo que en 1810 hay, en algunas de las personas que integran esa Primera Junta, claros indicios de emancipación: se encuentran en la figura de Moreno, en lo que va diciendo en La Gazeta, en la lectura entre líneas que uno puede hacer de La Gazeta, y demás. Pero al día siguiente de la Revolución de Mayo ya se produce un quiebre: había que mandar las expediciones militares, o sea que empieza la guerra y las contrarrevoluciones y las medidas duras, como el fusilamiento de Liniers. Me parece que la Asamblea del 13 marca otro quiebre, después de que viene San Martín y se produce la disolución del Primer Triunvirato, que había olvidado un poco los ideales de Mayo. Con San Martín y el Segundo Triunvirato parecía que la Asamblea iba a significar ruptura, y sin embargo no llega a declarar la Independencia; pero declara la libertad de vientres, no jura en nombre de Fernando VII… hay muchos indicios. Pero la Asamblea era claramente centralista: se juraba por esa nación que no se sabía ni cuál era, y los pueblos no estaban representados. En cambio, en el Congreso de Tucumán, y aunque tal vez fuera solo una formalidad, se tenían que reunir los cabildos de las provincias y designar a los respectivos representantes.

–Es notable el papel que ha jugado San Martín en todo este proceso, y las críticas de que fue objeto en ese momento…

–La gente lo ve ahora a San Martín en todos los monumentos y cree que todo el tiempo fue considerado el héroe, cuando en realidad no le iba tan bien y era objeto de fuertes críticas, porque en ese momento no era la figura que es hoy, ni era comprendido por todos. Muchas veces se habló de acartonamiento de los personajes históricos, de haberlos visto como héroes y no como personas, pero cuando uno los descubre como personas se da cuenta de que son más héroes que personas por cómo han vivido, por cómo mueren todos estos personajes que han dado todo por una idea, por una convicción. En el marco de los festejos del Bicentenario de la Independencia se hizo en San Juan una representación de un encuentro de San Martín con Laprida, Santa María de Oro y el gobernador De la Roza, en la que todos ellos analizaban las posturas del congreso de Tucumán y la participación de San Juan en el Ejército del Perú. Al término de la obra, cada uno de los protagonistas contaba cómo fue su vida y las circunstancias de su muerte: cuando el que interpretaba a Laprida dijo cómo murió este, la mayoría del público se sorprendió mucho de saber que fue degollado por las fuerzas de Aldao. Y nadie lo valora como el presidente del Congreso, que definió numerosísimas cosas, pero después se jugó como unitario y fue derrotado.

–¿Qué puede decirnos de los objetivos políticos de San Martín?

–Los tenía clarísimos: hay una famosa carta que le envía a Godoy Cruz, a la sazón diputado del Congreso de Tucumán –y yo se la mandaría a todos los políticos del país o del mundo– donde dice que no sabe nada de política y sin embargo manifiesta a continuación que si estuviera en el Congreso renunciaría a sus ideales republicanos porque lo que conviene es una monarquía… es una estrategia política brillante. Le dice también que es una carta entre amigos, y yo pensaba en lo que somos los historiadores, porque se trata de una carta confidencial donde él expresa lo que siente en ese momento y nunca habrá pensado que después nosotros la estaríamos usando. Es impresionante la relación con Godoy Cruz en esas cartas maravillosas: en otra le dice que tenemos todo, tenemos escarapela, tenemos bandera, tenemos moneda y cómo es que no somos independientes.

–¿En qué medida cree que habría cambiado el decurso de la historia si se hubiera concretado la idea de Belgrano de una monarquía incaica?

–Es ucronía, pero me encanta saber que podría haber sido de esa manera, porque en realidad no lo hacía como un idealista. Siempre nos lo han enseñado como el idealismo de Belgrano, y no se ha dicho lo suficiente que era el intelectual más brillante de su época, que en esta transición había estado en Europa y vuelve con la idea de la monarquía inca, no es que se le ocurre porque sí. Decir que Belgrano o San Martín eran monárquicos como si fuera una condena es no haber entendido en qué momento histórico estaban, porque si se pone la idea en contexto se le encuentra explicación. Y muchas veces se habló del republicanismo de fray Justo Santa María de Oro cuando en realidad lo que dijo es que se consultara a los pueblos, pero igual firma por la monarquía constitucional. Claro que de haberse aceptado esta postura todo habría sido diferente, pero también había una gran agitación en todo el territorio y una muy fuerte prédica federalista de Artigas, cuya influencia llegaba hasta Córdoba, que no sabe si va a mandar o si no va a mandar congresales a Tucumán. Es necesario recordar también que mayo surge como el ideario de una república y es muy difícil, cuando pasan los años y se sigue repitiendo ese ideario, que después todos vayan a aceptar otra fórmula porque conviene.

–En otro orden de cosas, y teniendo en cuenta su experiencia y conocimiento del tema de patrimonio, ¿cuáles serían, a grandes rasgos, las principales diferencias entre los edificios emblemáticos de Mayo y de la Independencia?

–No es que le quiera restar méritos a la casa de Tucumán: ¿quién no se emociona frente a esas columnas medio panzudas y siente que allí pasó algo muy importante? Pero durante las vacaciones de invierno, que justamente coinciden con las fiestas patrias del 9 de julio, ¿adónde va la gente cuando viene a Buenos Aires? Va como en una liturgia al Cabildo, a buscar allí a la patria. Por eso siempre me opuse a que el Cabildo pasara a la Ciudad, porque eso era olvidarse de lo que significa simbólicamente: no es el Cabildo de la Ciudad, es el de la Revolución.

–Triste destino el de ambos edificios…

–Son conceptos de época: cuando derriban la casa de Belgrano, guardan la puerta y la llevan al Museo Histórico, creen que están haciendo lo correcto, es decir que ese objeto trasladado va a representar la casa que tiraron abajo. Ahora la gente que hace historia oral en la Dirección de Patrimonio del Instituto Histórico está trabajando con la memoria de los vecinos en Parque Patricios, y esa memoria está dividida: algunos están muy contentos de que el gobierno se haya trasladado allí porque ha llegado el progreso, y para otros ese progreso es la destrucción de lo que era el barrio. Yo creo que en esos debates fue donde se amputó el Cabildo, porque el progreso eran las diagonales, o se tiró abajo la Casa de Tucumán, vaya a saber por qué razones. Cuando tuvimos que volver a construir –y ahí Carranza y el Museo Histórico Nacional tienen un papel muy importante, y después Buschiazzo– puede reconstruirse el itinerario a través de las cosas que empiezan a resaltarse, de cuáles tienen que ver en la Comisión Nacional. Cuando empiezan a valorar el Cabildo, la Casa del Acuerdo de San Nicolás, el palacio San José y la Casa de Tucumán van marcando nuestro propio itinerario de unión, de cómo logramos ponernos de acuerdo; me parece que ese fue el fuerte sentido simbólico que hizo que se reconstruyera a como diera lugar; pero lo importante era lo simbólico, más que lo realmente valorado. También la concepción patrimonial era diferente: hoy la gente no se atreve a reconstruir nada y dejan todo en ruinas, pero en ese momento la reconstrucción estaba bien vista.

–Volviendo a la actualidad, ¿incide el cambio de gobierno en las diferencias de magnitud de los festejos de los bicentenarios de 1810 y 1816?

–El cambio de sistema político incide totalmente: ya desde los anuncios de los festejos de este año se ha insistido en la austeridad. Acordémonos de los mappings que se hicieron en 2010, que abarcaban los doscientos años porque se metían con todas las figuras históricas; en cambio, el mapping de la casa de Tucumán empieza en el 13 y termina en el 16, es un mapping histórico. Y hasta en eso me parece que lo histórico se está cuidando más, en el sentido de no hacer tantas interpretaciones y tantos relatos. En el 2016 hay que hacer una cosa nueva: me parece que el plan Belgrano sería el mejor anuncio, y no otra vez grandes y fastuosos festejos.

–Precisamente, ¿en qué se basó el relato que se construyó desde el gobierno anterior sobre los hechos de la Independencia?

–Ese relato histórico, que algunos jóvenes apoyaron, tuvo que ver con la declaración de la independencia de la Banda Oriental, el 29 de julio de 1815. El vacío documental y la falta de consecuencias históricas inmediatas desestimaron esta versión, que sostuvo un conjunto de historiadores militantes pertenecientes al Instituto Dorrego.

–Por último, ¿qué significado adquiere la celebración de la Independencia en el contexto actual?

–No es nada sencillo, pero me parece que es también un desafío –que todavía no sé si se va a lograr superar o no– porque, por lo que estoy viendo, se está tratando de recuperar las instituciones dentro de nuestro país. Actualmente, la corrupción generalizada está siendo perseguida en todos los lugares del mundo, pero lo que pasa es que en otros lugares no está tan desmadrada; lo que quiero decir es que creo que en países como Canadá un Lázaro Báez destruye a todo el gobierno, porque nadie puede llegar a tanto. Acá, yo me pregunto qué más tiene que pasar para que la gente diga “sí, esto pasó, no era un invento de Magnetto”, porque esa fue toda la lectura durante mucho tiempo, que generó un único discurso posible. Eso hoy ha cambiado y se nota mucho en el Poder Legislativo, donde ya se escuchan las discusiones que antes no había o estaban abortadas.

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