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 16 de julio de  2019
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El periplo de De la Rúa

El periplo de De la Rúa

Faltando dos meses para cumplir 82 años, y víctima de varias dolencias que durante largo tiempo fueron mellando su salud, murió el ex presidente Fernando de la Rúa, quien fue asimismo el primer jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Hace unos años le escuchamos decir a Eugenio Semino, el defensor de la tercera edad, que a De la Rúa lo había inventado Marcelo Sánchez Sorondo. Ironías aparte, no estaba tan lejos de la verdad porque en 1973 el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), que había llevado a la presidencia a Héctor J. Cámpora, puso como candidato a senador por la capital federal al nombrado Sánchez Sorondo, nazi confeso (dicho sea de paso, su padre, Matías, fue ministro del Interior en el gobierno surgido del golpe de 1930, y su hijo Marcelo es un jerarca del Vaticano muy próximo al papa Bergoglio).

A su vez, el radicalismo, suponiendo acaso que tenía muy pocas posibilidades de ganar, propuso como candidato a la senaduría a un joven y casi desconocido abogado cordobés.

Así fue como la ciudadanía porteña, de acuerdo con antecedentes democráticos de los que puede enorgullecerse, consagró senador a Fernando de la Rúa, que resultó el único radical triunfante en el país y cuya juventud le valió el apelativo “Chupete”, que lo acompañó durante toda su vida.

Ese triunfo influyó para que meses después, en la segunda elección presidencial de ese año, integrara la fórmula radical encabezada por Ricardo Balbín, que compitió contra la imbatible Perón-Perón.

El golpe de 1976 impidió que De la Rúa completara su mandato en el Senado, para el que fue electo nuevamente en 1983. Desarrolló entonces una intensa actividad legislativa: fue autor e impulsor de varias importantes leyes como la 23.098, de hábeas corpus; la 23.184, contra la violencia en espectáculos deportivos, y la 23.592, contra la discriminación, así como otras a favor de los jubilados, y presidió la Comisión de Asuntos Constitucionales.

En 1989 se postuló para la reelección a la senaduría, y resultó el candidato más votado. Pero en ese entonces todavía regía el sistema indirecto, y en el colegio electoral una componenda de la UCD con el peronismo de Menem, urdida por María Julia Alsogaray, le birló a De la Rúa el cargo, que fue a parar a manos del candidato del riojano, un tal Eduardo Vaca. El electorado porteño tuvo muy en cuenta ese episodio tres años después, cuando De la Rúa volvió a candidatearse y obtuvo casi el 50% de los votos.

En 1996, el cordobés resultó electo primer jefe de Gobierno de la recientemente consagrada Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Cuentan que se enorgullecía de ostentar semejante cargo, de cuyo desempeño pueden destacarse la sanción del Código de Convivencia Urbana, la recuperación del espacio público en la zona ribereña, la ampliación de la red de subterráneos, el principio de la instalación de rampas para discapacitados en todas las esquinas, la negativa a ejecutar el master plan en el Teatro Colón, etcétera. Por otra parte, propició el enrejado de monumentos en parques y plazas, por lo que se ganó el apodo de Fernando de la Reja.

Al año siguiente de su elección, el jefe de Gobierno de la Ciudad tuvo parte activa en la conformación de la Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación, una coalición de la Unión Cívica Radical y el Frente por un País Solidario (FREPASO). Un año después, ese nuevo espacio convocó a internas abiertas para designar al candidato en las presidenciales de 1999: De la Rúa, que nunca había perdido una elección, fue postulado por la UCR y se impuso a la precandidata del FREPASO, Graciela Fernández Meijide. Y en ese año 1999 resultó electo presidente de la Nación por la Alianza; lo acompañaba como vice Carlos “Chacho” Álvarez, máximo dirigente del FREPASO. Triunfaron por sobre la fórmula justicialista Eduardo Duhalde-Ramón “Palito” Ortega.

Para comprender el triunfo electoral de la Alianza es necesario, primero, hacer referencia a las políticas neoliberales desarrolladas por Carlos Menem entre 1989 y 1999, que no solo afianzaron en el poder a las grandes burguesías y a los intereses del imperialismo, sino que también fragmentaron a la clase obrera y al conjunto del pueblo, dando origen a amplios contingentes de desocupados que comenzaron a expresarse por medio del movimiento piquetero.

La campaña publicitaria de la Alianza contribuyó a que la crítica burguesa al menemismo –basada en principio en el tradicional antiperonismo de buena parte de la clase media, exacerbado por los escándalos de corrupción– se tiñera de “centro-izquierdismo”, de “progresismo”. Se trataba de un “progresismo” muy peculiar, al servicio de una derecha que, más allá de las críticas al menemismo, se presentaba como el garante de la continuidad monetaria y cambiaria basada en la paridad (1 a 1) del peso con el dólar. No entraremos aquí a analizar el problema de la convertibilidad y de lo que vastos sectores de la burguesía consideraban necesario: la devaluación del peso para licuar sus deudas con el exterior. Pero sí queremos señalar que amplios sectores de la sociedad, de distintas clases sociales, querían la continuidad de la paridad cambiaria y que, en parte, De la Rúa ganó las elecciones prometiendo esa continuidad en la que él, según habría confesado mucho después, no creía. (Recordemos que cuando Duhalde habló en la campaña de terminar con la convertibilidad, bajó considerablemente en las encuestas).

A estas condiciones económicas que la Alianza se comprometía a garantizar, se agregaba la “renovación política” que sus integrantes venían proponiendo desde sus luchas contra la re-reelección de Menem y que oponían a las “formas grotescas” de hacer política del peronismo.  

Así, el triunfo de la Alianza fue la victoria electoral de las clases medias, las mismas que dos años después salieron a golpear las cacerolas para contribuir a la caída del Gobierno; pero no nos apresuremos.

De la Rúa asumió la presidencia de la Nación el 10 de diciembre de 1999. Siete días después, la Gendarmería cargó contra estatales y docentes correntinos que hacía varios meses no percibían sus salarios y que, acompañados por miembros de movimientos sociales, estudiantes y vecinos autoconvocados, ocupaban el puente General Belgrano, que une las ciudades de Resistencia y Corrientes. La represión provocó las muertes de Francisco Escobar y de Mauro Ojeda y otras cuarenta personas, aproximadamente, resultaron heridas.

Mala cosa es para un gobernante empezar su tiempo con un hecho de sangre. Así lo enseñaron los griegos primero y Shakespeare después: la sombra de esos muertos se extiende sobre el trono y se cierne opresiva, como un mal presagio para quien lo ocupa.

Como también lo enseñan los griegos y Shakespeare, el primer gran golpe vino del círculo más cercano: antes de haberse cumplido un año del gobierno de la Alianza, renunció su vicepresidente, Chacho Álvarez, a raíz del escándalo a propósito de la ley de reforma laboral, denominada “ley Banelco”, para cuya sanción, según se denunció, varios senadores recibieron sobornos de funcionarios de De la Rúa.

(Lo que poco se recuerda, y menos se menciona, es que Álvarez renunció precisamente un 7 de octubre, no sin antes convocar a una movilización en su apoyo, que resultó exigua. Por el contrario, muchos tomaron esa renuncia como una defección; eso marcó el principio de la disolución del FREPASO, un partido que cinco años antes, en la elección presidencial de 1995, había cosechado más de cinco millones de votos; pero no pocos de sus dirigentes han logrado subsistir enquistados en las burocracias de los sucesivos gobiernos). 

Claro que, antes que eso, las propias clases medias que habían contribuido a prohijar con sus votos al Gobierno comenzaron a sentirse decepcionadas por los vaivenes económicos de este, que, a través de sucesivos ministros (José Luis Machinea, Ricardo López Murphy y Domingo Cavallo), implementó sendas medidas como el blindaje del FMI, un fugaz ajuste fiscal y el megacanje, entre otras, con el objeto de sostener la convertibilidad y pagar una deuda externa incobrable, ilegítima e ilegal. Todas esas medidas fracasaron y no hicieron otra cosa que aumentar y agravar la crisis. Así, paradójicamente, un presidente que había mostrado tanto interés por la situación de los jubilados avaló, impasible, que Cavallo aplicara una quita del 13% a los enflaquecidos haberes previsionales.

Precisamente, con la designación de este último como nuevo titular de Economía, cristalizó la decepción de la clase media: el otrora poderoso ministro de Menem –el “cuco” de la política– se convertía en el ministro de la Alianza; aunque no faltaban quienes celebraban que viniera, decían, a corregir los errores que había cometido años atrás. Pero al siguiente, cuando estableció el corralito como medida monetaria para continuar con la convertibilidad, esas mismas clases medias salieron a la calle para contribuir a la caída del gobierno de De la Rúa.

Claro que en esa caída intervinieron distintos factores: en primer término, las luchas de la clase obrera, desocupada y ocupada, que constituyeron la fuerza motriz del derrocamiento de un presidente que no vaciló en establecer el estado de sitio para garantizar la continuidad de un gobierno sujeto a los grandes capitales y al imperialismo; el mismo presidente que diecisiete años antes, como senador, había logrado la sanción de la ley de hábeas corpus. Otra paradoja.  

También le cupo participación al gran capital. No olvidemos que, en cierta medida, los medios de comunicación de masas impulsaron la presencia de la “gente” en las calles y desplegaron una sutil (y a veces no tanto) propaganda diaria (o que se tornaba diaria en los chistes que sobre la supuesta inutilidad de De la Rúa circulaban profusamente), destinada a desprestigiar al “aburrido” presidente que tenían los argentinos y basada en hechos que, en otros casos, no hubieran sido difundidos.

Lo cierto es que el breve ciclo del gobierno de la Alianza, que en 1999 se había abierto reprimiendo y matando, se cerraba en 2001 de la misma manera: las jornadas que provocaron su caída terminaron con 39 muertos y un número indeterminado de heridos. Quienes esto escriben también experimentaron los efectos de la represión en la Plaza de Mayo.

El gobierno de la Alianza nos muestra también el periplo del voto clasemediero, de una “democracia antiperonista” a un estado de sitio que, impuesto en contra de esa misma democracia, les devolvió a las clases medias sus votos de consenso con represión y con muertes.

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