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Edición impresa marzo 2010

LA CIUDAD y EL BICENTENARIO III

Vestirse en 1810

 

Por Miguel Ruffo

El abrigo (uso de vestimentas) es una de las necesidades básicas del hombre. En todas las épocas se produjeron diversos vestidos para que los hombres protegiesen sus cuerpos de las variaciones e inclemencias del tiempo. Pero las formas de los vestidos estaban culturalmente condicionadas. Cómo se vestían los porteños hacia la época de la Revolución de Mayo es el asunto que trataremos en esta tercera entrega sobre la Buenos Aires de dos siglos atrás.


Prestigiacomo y Uccello proponen un análisis socioclasista de las formas de vestir en la Buenos Aires de 1810. De esta manera distinguen tres clases de vestimenta: la del grupo de la elite, la de la incipiente clase media y la del grupo más bajo.
 Los hombres que integraban la elite (burgueses comerciales) se vestían con calzón, medias, zapatos, chalecos, casaca y una capa en invierno. En el Museo Histórico Nacional se encuentra el traje de Alférez Real de Francisco Antonio de Escalada (hermano de Antonio José, padre de Remedios, esposa del general José de San Martín). Es uno de los trajes civiles más antiguos que se conservan. Consta de un chaleco con faldillas que se denomina chupa, de un calzón (una especie de pantalón corto que iba de la altura de la cintura hasta las rodillas), de medias largas (desde las rodillas hasta la punta del pie), zapatos negros con hebillas metálicas de plata y una casaca con grandes faldones por la parte de atrás; y como complemento de su indumentaria, el espadín. Las mujeres de la elite seguían, al igual que los hombres, la moda española, y utilizaban, al decir de Susana Saulquin, “faldas largas y anchas, que cubrían enaguas confeccionadas, según la condición social, en lienzo blanco o adornadas con gran cantidad de puntillas. Sobre una camisa de lino con encajes, un corpiño o chaleco, se colocaba una chupa o jubón que, ajustado a la cintura, caía 10 centímetros sobre las caderas y tenía mangas angostas y largas”. Complementos ineludibles de la vestimenta femenina eran las mantillas andaluzas, las peinetas y los abanicos. La forma en que las mujeres utilizaban las mantillas que caían deliciosamente sobre sus hombros era un símbolo de elegancia y distinción.
Los hombres y mujeres de la “clase media” procuraban asimilar su forma de vestir a las costumbres de la elite, pero se diferenciaban de esta por la cantidad y calidad de sus ropas. Los primeros utilizaban fraques, chalecos y corbatas. Podían llevar sombreros y guantes. Las segundas usaban el rebozo confeccionado con bayetas claras. Otra tela de calidad inferior que acostumbraban usar era el picote de color blanco. Para Susana Saulquin, “casi todas las porteñas, sin distinción de clases sociales, usaban durante este período el traje de origen español”.
En cuanto a los miembros del “bajo pueblo”, se vestían con lo que podían y sus ropas eran muy similares a las de la población del campo. Utilizaban chiripá, calzoncillos largos, botas de potro, camisas, ponchos, gorros de manga y pañuelos con los cuales protegían la parte posterior de sus cabellos.
Como los zapatos eran muy caros, no era infrecuente que la gente del pueblo anduviese descalza. Mariquita Sánchez de Thompson cuenta que “los ricos daban los zapatos usados a los pobres y éstos no se los podían calzar y entraban lo que podían del pie y arrastraban lo demás. La gente pobre andaba muy mal vestida (…)”.
Hacia la primera década del siglo XIX, con las invasiones inglesas por un lado y la difusión de los estilos franceses por el otro, se expandieron en Buenos Aires las ropas fabricadas por la industria textil británica, así como también los estilos que se desarrollaron en la vestimenta europea como resultado de los cambios introducidos en las costumbres por la revolución francesa y en particular por el imperio napoleónico. La revolución industrial fue, en su primera fase, un cambio tecnológico y social limitado a la industria del algodón. El industrialismo era sinónimo de tejidos de algodón y los invasores ingleses de 1806-1807 dejaron en la plaza de Montevideo grandes cantidades de diversas mercancías, entre ellas las utilizadas para vestirse, que luego se introdujeron en el mercado rioplatense. El libre cambio sostenido con posterioridad a Mayo facilitó la introducción y difusión de los tejidos ingleses. Pero tampoco debemos olvidar la influencia cultural francesa en las formas de vestir, en particular en lo que se refiere a las mujeres de la elite. Se difundió la moda estilo imperio. Con la desaparición del miriñaque, que ensanchaba las caderas, debía destacarse otra parte del cuerpo. Para ello se escogieron los pechos. Esta moda era como un “traje griego”, sin mangas y escotado. El vestido era delgado y dejaba traslucir las formas del cuerpo. Los peinados recogidos sustituyeron a aquellos exageradamente altos del Antiguo Régimen. Dice Susana Saulquin: “De los grandes escotes generalmente cuadrados partían frunces que eran recogidos por una cinta debajo del pecho, resultando vestidos angostos, de ‘medio paso’, sencillos y de un gran refinamiento, impuestos definitivamente en Francia por Josefina Beauharnais. Estos vestidos, a pesar de la muestra de Camponesqui de 1808, tardaron demasiados años en llegar al Río de la Plata. Sólo en 1820 E.E. Vidal comenta: ‘En estos últimos años las damas de Buenos Aires han adoptado un estilo de vestir que tiene algo de inglés y de francés, pero conservando el uso de la mantilla que todavía le da un carácter particular’ (...)”.
En suma, hacia la época de la Revolución de Mayo imperaba la moda española, pero los cambios sociales y económicos promovidos por ésta permitirían la introducción en el vestir de elementos ingleses y franceses, sin que por ello desapareciese totalmente de las costumbres la influencia española.

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