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 20 de octubre de  2017
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Trayectoria luminosa y final incierto

Trayectoria luminosa y final incierto

Hoy se cumplen ciento veinte años del nacimiento de Juan Carlos Cobián. Pianista y compositor excepcional, enriqueció y embelleció al tango con sus aportes a la técnica del teclado y con una obra plena de refinada fantasía y  profundo contenido musical.

Fue uno de los brillantes exponentes de esa década del 20 en la que en Buenos Aires eclosionaban las letras con nombres como los de Borges, Girondo, Nalé Roxlo, los hermanos Tuñón, Arlt y Bernárdez; en las artes plásticas convivían el clasicismo de Fader, el vigor de Spilimbergo, las vanguardias de Del Prete y Pettoruti y el arte social de Facio Hebéquer y Riganelli, y en el tango se consagraban Gardel, Julio De Caro, Osvaldo Fresedo, Enrique Delfino, Rosita Quiroga, Azucena Maizani y José González Castillo, por no citar más que algunos.

Dicen los biógrafos que nació en Pigüé, provincia de Buenos Aires y que posteriormente la familia se trasladó a la ciudad de Bahía Blanca: allí, el niño dio muestras de un temprano talento musical, por lo que la madre lo inscribió en la filial local del conservatorio Williams, institución bastante prestigiosa en la época.

Cuentan que cuando murió la madre el joven Cobián, abrumado, abandonó los estudios y se vino a Buenos Aires, donde trató de sobrevivir trabajando en cines, que empleaban pianistas para acompañar las exhibiciones de las películas, entonces mudas.

Cuentan también que en esos menesteres lo descubrió el célebre bandoneonista Genaro Espósito, el tano Genaro, quien lo incluyó en su conjunto; después pasó al de Eduardo Arolas en el que, según refiere Francisco García Jiménez, introdujo la ejecución de solos de piano.

Por su parte, Julio De Caro dijo de Cobián que “desde los comienzos, la actuación como pianista fue descollante por ser el creador de la décima arpegiada en la mano izquierda, como también el hacer resaltar los bajos, nudos de enlace en los claros de la melodía”.

Y refirió, acerca de las interpretaciones de Cobián, que éste “las agigantaba con un riquísimo ropaje y sentido que sólo él sabía imprimir”.

Pero el talento de este músico no se limitó a la ejecución brillante, puesto que también se manifestó en una singular obra compositiva, síntesis de originalidad, riqueza melódica y realizaciones técnicas que quedó plasmada en cada una de sus piezas.

En 1914 dio a conocer su primer gran tango, Pobre paica que,  según expresa De Caro, obtuvo “enorme éxito, no sólo por su melodía, sino por su revolucionaria estructura, toda una novedad para la época que corría”.

De Caro destaca asimismo que el tango resultó “difícil, casi impracticable para muchos colegas que no poseían el suficiente dominio técnico”; los que le siguieron también pusieron en aprietos a ejecutantes mediocres.

Pero, además de incorporar a sus tangos dificultades de ejecución que sólo un intérprete consumado puede resolver, la intensa musicalidad y el refinado lirismo que puso en ellos, así como la solidez de la factura, enriquecieron al género y le señalaron pautas de calidad que fueron seguidas hasta mucho después.  

En 1920  Pobre paica fue grabado por Gardel, para lo cual Pascual Contursi le adosó versos compuestos en su inconfundible estilo; posteriormente, fue rebautizado como El motivo.   

A este tango le siguieron muchos otros, de los cuales A pan y agua, Los dopados (después Los mareados) y Shusheta llegaron a ser los más famosos.

En 1922, cuenta De Caro, “como profesional y compositor, Cobián ha llegado al pináculo”. Integra el conjunto del gran Osvaldo Fresedo, con el que estrena su magnífico tango Mi refugio (que, con letra de Pedro Numa Córdoba, graba Gardel en 1923); lo escolta Almita herida, con letra de Enrique Cadícamo, otro gran éxito.

Después forma su propio sexteto, que componen Julio De Caro y Agesilao Ferrazzano (violines), Humberto Costanzo (contrabajo) y el propio Cobián al piano; para grabar, amplía el conjunto incorporando a otros dos violines, los hermanos Remo y Astor Bolognini.  

Por ese entonces se instala en un departamento de la calle Lavalle, en los altos del cine Paramount, donde alterna la práctica musical con la culinaria, en la que demuestra gran habilidad; él mismo hace las compras en el mercado del Plata, acompañado a veces por De Caro.

A fines del año siguiente Cobián parte a los Estados Unidos. Mucho se ha escrito sobre los motivos del viaje y su estancia en ese país: lo cierto es que ésta no fue particularmente exitosa ni fructífera.  

En 1928 regresa a Buenos Aires, donde junto a Ciriaco Ortiz en bandoneón y Cayetano Puglisi en violín integra el Trío N* 1; después forma nuevamente una orquesta, con la que en 1936  da a conocer Nostalgias, que inmediatamente alcanza gran popularidad; le sigue Nieblas del Riachuelo, que también recibe el favor de público e intérpretes; ambos tienen letra de Cadícamo.

La admirable obra autoral de Cobián incluye muchos otros títulos, de los cuales podemos citar, entre los más conocidos, La casita de mis viejos, El cantor de Buenos Aires, Dolor milonguero, Piropos y Rubí, todos ellos con letra de Cadícamo, y Es preciso que te vayas, con versos de Celedonio Flores.  

En 1938 viaja nuevamente a los Estados Unidos, para regresar en 1943.

A partir de entonces, su figura comienza a difuminarse. Los biógrafos, todos ellos personas honorables, se encolumnan detrás de uno de sus máximos referentes, el prestigioso historiador del tango Luis V. Sierra, a quien citan: “(…) [Cobián] se alejó de la actividad musical voluntariamente, recluyéndose en su modesto departamentito de la calle Montevideo”.

Sin embargo… De Caro advierte, en este periodo de la vida de Cobián, que “comienzan sus actuaciones a verse entorpecidas”, y enfatiza: “De esto puedo hablar, por haberme ligado a él una estrecha e inalterable amistad”.

Consigna que “Cobián enfrentó valientemente su ‘mala racha’ [entre comillas en el original] tan injusta en este particular caso” y hace saber que “sus leales amigos”, entre los que menciona a Carlos de la Púa, a Cadícamo y a sí mismo, trataron de “abrirle una brecha para ubicarlo nuevamente dentro de su justo marco, mas por desgracia, sin conseguirlo”. Y añade: “No encontrando eco en quienes pudieron respaldarlo artísticamente”.

Por otra parte, las palabras de Sierra, en especial “voluntariamente”, nos hicieron recordar otro texto en el que también se emplea ese adverbio. No se trata, por cierto, de uno de esos comunicados según los cuales los sospechosos se entregan y confiesan voluntariamente, sino de cierta biografía de Juan José Castro que puntualiza que éste, “durante el régimen peronista se exilió voluntariamente de su patria”. En realidad, el gran músico, cuyo ideario socialista y antifascista era ampliamente conocido, partió a Montevideo hostigado por ese primer peronismo del que se había manifestado decidido y consecuente opositor.

Nos preguntamos si Cobián pudo haber figurado en alguna lista negra de las que efectivamente circularon en esa época, por más que el relato de turno se empeñara en negarlo. De Caro, que no era hombre de fuertes definiciones políticas, no lo dice, pero deja la puerta abierta a la suposición, que cobra más fuerza si se tienen en cuenta detalles como el citado entrecomillado, la alusión a quienes pudieron respaldarlo y no lo hicieron, etcétera.   

De Caro prosigue la narración de la última etapa de la vida de Cobián diciendo que “pasó el tiempo, en un presente sombrío, que no pudo doblegar a Juan Carlos, sostenido en la esperanza de mejores alboradas”.

Así murió, en diciembre de 1953; los biógrafos dicen que el 10, De Caro que el 9. Tampoco sobre ese día hay coincidencias.  

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