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 17 de noviembre de  2018
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Nuestro homenaje a Hermenegildo Sábat

Nuestro homenaje a Hermenegildo Sábat

Acaba de fallecer a los 85 años Hermenegildo Sábat, el gran artista nacido en Montevideo y radicado desde los 60 en nuestra ciudad, que ganó especial popularidad por sus extraordinarias caricaturas políticas y de grandísimas figuras de la cultura rioplatense, como Carlos Gardel, entre otros. A modo de humilde homenaje, reproducimos aquí la entrevista que le realizó Pablo Sáez para nuestra edición grafica de octubre de 1998.

El lenguaje de la caricatura
Hace más de veinte años que sus caricaturas políticas nos hacen sonreír y nos piden una reflexión. El arte y el oficio conviven en Sábat, humanista y librepensador.

Aunque lo niegue con cortesía, es evidente que a Hermenegildo Sábat no le gustan mucho las entrevistas. Tal vez nos la concede por respeto a una profesión que sabe ejercer. Pero aun así, encontrar a Hermenegildo Sábat puede llegar a ser un problema. Muy celoso de su tiempo, cuando no está en Clarín, está trabajando en alguna de sus múltiples ocupaciones o, a veces, de viaje. Recientemente, volvió de su Montevideo natal y, para dar con él, fue necesario sorprenderlo en su amplio estudio de San Telmo, sobre una vieja esquina de la calle Defensa.

Allí Sábat recibe cordialmente al periodista y lo hace sentar al lado de su mesa: “¿No le molesta si trabajo?”, sugiere.

Un clima de paz y concentración envuelve el taller y, mientras suena Mozart, el pincel pide color a las acuarelas para dar vida a otro Pichuco, inconfundiblemente de Sábat. Las preguntas sobran, es un lujo verlo trabajar. Pero al poco tiempo el espectáculo se interrumpe. Lo llaman por teléfono de Clarín, necesitan un dibujo urgente. Hermenegildo vuelve bufando: “Estuve hasta recién en el diario, ¿por qué no me lo pidieron antes?”.

Mira con pena al ángel gordo que toca el bandoneón y lo deja a un lado. Toma los lápices de colores y un block de hojas en blanco. Con concentración plena y ritmo urgente de redacción, arranca con el encargo. En quince minutos, el ex ministro de economía Domingo Cavallo, vestido de ruso, baila sobre una banana. Lo retoca, lo mira con picardía y dice: “Esto no da para más”. Lo coloca adentro de un sobre y llama a Clarín. Se acabó el tiempo. La entrevista por hoy se interrumpe, seguirá otro día.

En su conducta se comprueba que la modestia y la sencillez son virtudes que aprecia cultivar. Un cartel en los ventanales de su estudio anuncia: “Hermenegildo Sábat quiere aprender artes visuales con usted”. Los alumnos están llegando con sus útiles y carpetas. Sábat cambia el disco de tango por uno de jazz. Tiene para elegir. Además de artista plástico, caricaturista político, periodista, fotógrafo y músico aficionado (toca el clarinete), Hermenegildo es melómano, amante del jazz y coleccionista de discos. Tiene una discoteca con más de cinco mil volúmenes que reúne desde los catorce años. Después de recorrer las mesas donde trabajan sus discípulos −a quienes alienta y guía con atención paternal−, resignado, se entrega nuevamente al reportaje.

−Usted siempre dice que le debe casi todo a su abuelo, que también se llamaba Hermenegildo Sábat...
−Sí, es innegable. Mi abuelo español era profesor de dibujo y caricaturista político en el diario El Día de Montevideo. Aunque no lo conocí, influyó de manera decisiva en mi vida. Crecí mirando lo que había hecho.

−¿Pero quería ser dibujante o periodista?
−Lo que quería era ganarme la vida como periodista. Pintar era un propósito, una aspiración, una expresión de deseo. Pero lo que uno quiere ser no coincide, en la abrumadora mayoría de los casos, con lo que tiene que hacer. Sobre todo si la aspiración es tener una cuota de independencia.

−También estudió arquitectura...
−Sí, pero fui muy mal alumno, no entendí esa época. Y las cosas se pagan. Me arrepiento de no haber sido un buen alumno. Después, todo lo hice de manera autodidacta y eso es muy penoso.

A Hermenegildo Sábat parecen molestarle los elogios. Mira para abajo, lo incomodan. Parece un niño tímido de 60 años al que no le gusta hablar y prefiere el silencio o, mejor, la música. Su sector de trabajo en el taller está abarrotado de libros, pinturas que esperan ser exhibidas, recortes, fotos en las paredes y algunas frases que parecen ser lemas de su lucha cotidiana: “No piense. Mire”, Ludwig Wittgenstein. “Nunca comencé una tela sin tener miedo”, Henri Matisse.

−Sin embargo, parece que los resultados son buenos. Todo aquel que entró en la muestra retrospectiva de su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes salió maravillado...
−No sé, no puedo juzgar eso. Las cosas que uno hace no puede juzgarlas uno.

El aporte de Hermenegildo Sábat a la cultura es enorme. Sus libros, editados con mucho esfuerzo, unen incomparables dibujos con exactas e intuitivas comprensiones poéticas: Al troesma, con cariño (1971), su primer libro, es uno de los acercamientos más certeros a la figura de Gardel. Luego llegan más dedicados al jazz, a Borges, a Joaquín Torres García, y muchos otros que, como Hermenegildo dice, “pretenden dejar un testimonio por las cosas que me gustan”. A pesar de ser un artista plástico reconocido en todo el mundo, nunca quiso hacer carrera en las galerías de arte y se quedó con el ambiente de trabajo recio de las redacciones periodísticas.

−Usted conoció, en sus inicios, un periodismo muy distinto al que se practica ahora…
−Son mundos diferentes. Yo pasé por todas las secciones. Fui diagramador, tipógrafo, armador. Hoy esos oficios no existen. Pasó como con los discos de 78 revoluciones. Cuando era chico compraba un disco de 78 por mes y me daba por satisfecho. Hoy parecen no tener ningún valor.

−¿Por qué dejó Montevideo en su mejor momento laboral?
−Yo me vine sin trabajo a Buenos Aires en 1966 por una decisión apresurada. Me habían nombrado Secretario de Redacción de El País y realmente no podía. Creo que no estaba a la altura de lo que pretendían de mí. Uno tiene que saber para lo que sirve. Yo no sirvo para esos cargos ejecutivos donde uno tiene que decidir, eventualmente, si a un tipo hay que echarlo o no.

−¿Cómo lo recibió Buenos Aires?
−Llegué siendo un tipo muy grande, de 32 años y 17 de trabajo en periodismo. Acá quería trabajar en un diario; pero en ese momento estaba la dictadura de Onganía y no había margen para lo que yo hacía. Entonces tuve que trabajar en agencias de publicidad, para las cuales no nací, a pesar de que creo que mi labor no era para nada deslucida. Pero en la publicidad hay como un doble juego, una cosa es el trabajo y otra es el verso. Y yo el verso no lo sé hacer. El hecho es que estuve a punto de volverme, porque quedarse ocho veces en la calle en esta ciudad es muy duro.

−Pero luego pudo ingresar en La Opinión...
−Sí, en 1971. Eso me cambió y me orientó en la vida. Estuve ahí 22 meses, y en ese lapso recibí tres invitaciones para ir a Clarín, pero todavía no era el momento. Ya han pasado más de veintipico de años que ingresé en este diario. La vida es una película muy veloz.

−El periodismo que conoció estaba muy ligado a la literatura. ¿Qué le parece el que hoy se practica?
−Yo no sé, no puedo juzgar. El temor que tengo es por la formación cultural de la gente. Creo que hay gente que sigue creyendo en la poesía, en la literatura, pero no sé, tendría que haber más poetas y artistas, pero yo no los veo. Esta es una época en crisis. Y las épocas de crisis estimulan a los artistas. Pero no se los ve. No sé qué tipo de piel tiene la gente acá. ¿A quién le puede importar?

Está todo muy banalizado...
−Eso desde ya. Pero lo que me preocupa es que parece que no hubiera capacidad de reacción. Además, exjste una ignorancia total por todo. La gente está empezando por el final, pero no es capaz de entender lo que pasó hace treinta años. El otro día, un tipo me dice que no lee a Borges porque lo aburre. Yo no entiendo, la gente no lee a Borges. Para mí no fue el escritor argentino más grande. Para mí fue el argentino más grande.

−¿Quién es responsable de esa ignorancia? ¿La televisión?
−No solo la televisión. Son los ejemplos que da el Gobierno. Todo empieza allá arriba: en el poder y el Estado.

−¿De dónde salen todos esos elementos que aparecen en sus dibujos: leones, espejos, alitas?
−Es la necesidad de decir cantidad de cosas sin palabras, son elementos que van formando mi vocabulario. También las repeticiones lo son; por ejemplo, en estos momentos, esto de que Menem aparezca siempre con una silla son sus ansias de poder más que el poder mismo. Pero trato de que los que aparecen en mis dibujos no sean personajes de historieta; para eso tengo que cuidar bien las imágenes y ocuparme de la información. Trato de contar una historia sin palabras. Dibujar no es tan difícil para mí, pero se tiene que entender claramente lo que estoy contando. Entonces tengo que tener una suerte de hiperlucidez con respecto a lo que estoy haciendo. Del mismo modo que una cosa habitual en el humor con palabras es meterse con los apellidos y con los nombres, en el humor dibujado pasa con las facciones.

−¿Cómo piensa un dibujo?
−Para los domingos, por ejemplo, en la sección política me cuentan muchas cosas. Eso, junto con lo que yo leo y veo todo el tiempo, me alimenta la cabeza. Y después las ideas aparecen. Tengo la suerte de no haber hecho de mi trabajo una cuestión de mecánica.

−Sus caricaturas políticas dicen mucho sin palabras. ¿Cree que a la gente le llegan sus mensajes?
−No tengo la menor idea. Yo no tengo tiempo de saber ni de preocuparme por eso. Si no, no trabajaría.

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