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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 21 de noviembre de  2018
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Nuestro homenaje a Antonio Pujía

Nuestro homenaje a Antonio Pujía

Antonio Pujía, gran referente de la escultura de nuestro país, acaba de fallecer. Tenía 88 años. En 2010 tuvimos el privilegio de visitarlo en su taller del barrio de Floresta y la entrevista que resultó de ese encuentro, realizada por Haydée Breslav y con fotografías de Silvia Giser, fue publicada en nuestra edición gráfica de septiembre de ese año. Le rendimos nuestro humilde homenaje reproduciendo aquí el mencionado trabajo.

Sin humanismo, el arte no es total

Una de las pocas figuras indiscutidas de las artes argentinas, su obra escultórica obtuvo todos los premios importantes de nuestro país y no pocos del exterior. Su trayectoria es tan brillante y fecunda que no es posible reseñarla aquí; baste decir que a lo largo de ella se ha ganado el respeto y la admiración de varias generaciones de colegas –de todas las corrientes y tendencias–, críticos y espectadores. En su taller del barrio de Floresta, frecuentado por artistas jóvenes en busca de ejemplo y consejo, Antonio Pujía dialogó con Tras Cartón sobre distintas facetas que ofrece actualmente el arte y relató un entrañable episodio de su infancia.

–¿Cómo encuentra el panorama actual de la plástica en la Argentina?
–Hablar solamente de nuestro país sería aislarlo; y si bien estamos bastante aislados del resto del mundo, en todos lados –con más o menos cantidad, con más o menos movimiento– pasa lo que pasa en el planeta. Creo que vivimos una época bastante confusa, donde en el arte –que entre tantas otras cosas, algunas muy misteriosas por cierto, es la memoria de la humanidad, y también su expresión– el panorama es también bastante confuso en comparación con otras épocas donde había una mayor unidad de criterio, así como códigos morales, espirituales y de otro orden, más unificados. Pero hoy se ve, en todos los aspectos de la vida, que cada uno es un ente bastante individual; en lo que hace a los artistas, cuesta mucho reunirlos, cuando en otros momentos de nuestra historia más o menos reciente hubo efectivamente criterios de unidad: por eso nació Estímulo de Bellas Artes, que hoy cuesta muchísimo mantener, como cualquier otra institución. 

–¿Se comunica ese individualismo a la obra?
–En la producción artística también hay como un imperio del individualismo: el arte como reflejo de la sociedad en la cual se vive es un abanico imposible de clasificar porque cada uno quiere ser ÉL: todos quieren ser Picasso, o Veronés, o Miguel Ángel. Eso no estaría mal; lo que sí es criticable es el terrible exceso de información que no nos deja reposar y comprender algo que quisiéramos profundizar. Si bien el arte refleja en general estas cosas, veo también manifestaciones artísticas densamente humanas, que están en manos de unos pocos que siguen manteniendo un hilo conductor y una continuidad que viene del fondo de la historia. Entonces, encuentro un panorama confuso pero a la vez esperanzado: acá mismo tenemos altos exponentes vivientes del arte plástico, y otros tantos de nuestro pasado no muy remoto, que son los que mantienen esa cadena vital.

–¿Podría nombrarlos?
–Del presente habría unos cuantos, pero no muchos tampoco: en pintura tenemos dos exponentes importantísimos, Carlos Alonso y Guillermo Roux; por supuesto, en otras franjas también hay quienes están dentro del hacer humanístico. Yo hablo del humanismo porque creo que, sin su presencia, el arte no es total; y entiendo por humanismo todo lo que esté a favor de la dignidad y del bienestar humanos. Estos dos grandes artistas que nombré se han ocupado desde jóvenes –porque son de mi generación y los frecuento– de la dignidad humana en todos sus aspectos, y también han testimoniado periodos trágicos, para que queden como memoria.

–¿Y qué opina de la enseñanza del arte en la actualidad?
–Nunca estuve de acuerdo con este cambio, que me parece para peor.

–¿Se refiere a la institución del IUNA?
–Sí, yo hubiera preferido que se mejoraran –porque las cosas siempre son posibles de mejorar– las condiciones existentes a partir del legado que Estímulo de Bellas Artes hizo generosamente al Estado para que los cursos de arte fueran públicos y gratuitos: este es, precisamente, el pensamiento humanístico. Curiosamente, el cambio se dio en tiempos en que todo se privatizaba: la idea, que no pudieron cumplir del todo, era privatizar también la enseñanza artística, como lo han hecho con la universitaria, la primaria y la secundaria, y con la cual no estoy de acuerdo. En una sociedad ideal –si es que puede existir, y creo que sí, porque la historia así lo demuestra– todos nos debemos a todos; en la que vivimos, todos aportamos tiempo y dinero, y esto tiene que redundar en beneficio de nuestros educandos a través de la escuela pública y gratuita; de lo contrario, la enseñanza se convierte en un negocio.

–¿A qué época se refiere cuando habla de una sociedad ideal?
–Yo amo mucho el Renacimiento que se dio en Europa con epicentro en Florencia: fue una época esplendorosa en muchos aspectos. Por supuesto que había crímenes, porque la condición humana ha determinado que en cualquier época de la historia hubiera ricos y pobres, guerras y periodos de paz; pero es muy curioso cómo se da durante muchos años, como su nombre lo indica, ese renacimiento de los valores humanos, a pesar de las guerras mezcladas con religión que se produjeron en esa etapa. Esa sería para mí una época que no puedo decir perfecta, porque los seres humanos no lo son, pero sí cercana a lo ideal y a lo soñado.  

–Pasando a un tema más personal, ¿cómo descubrió su vocación?
–A pesar de que ser modesto es uno de mis postulados, voy a ser un poco inmodesto, porque tengo en mi vida un privilegio, que es el de saber instintivamente qué es lo que quiero. No me manejo mucho por el cálculo y la elaboración, sino por lo que siento, y desde niño me sentía inclinado por esto; la elección de la carrera apareció muy tempranamente y, si voy atrás en mi historia personal, desde que recuerdo.  

–¿Cuáles fueron sus maestros?
–Tuve varios, grandes escultores todos ellos, como Troiano Troiani, Alfredo Bigatti, José Fioravanti y Alberto Lagos, con los que también trabajé como ayudante en sus talleres, al igual que en el de Rogelio Yrurtia, y donde aprendí cosas que no aprendía en la escuela; con todos estos maestros fui construyendo una hermosa relación, y les hice sus altarcitos, porque son mis santos y me siguen enseñando todavía. Pero entre los que rescato como más importantes, o que han sido providenciales en mi vida, tendría que empezar por mi maestra de primero superior. 

–¿Qué fue lo que ella le enseñó?
Esta historia se remonta a 1937, cuando vinimos de Italia, de un pequeño pueblo de la región de Calabria llamado Polia, mi hermana y yo; mi buen padre, al poco tiempo de mi nacimiento, se vino para acá. Así eran las inmigraciones en esa época: llegaban los barcos, y todos los días había una marea humana que venía de distintas partes...

–Lo que cuenta me recuerda un poema de Centeya, Mi viejo...
–Porque él también era argentano; lo he conocido a Julián, le hice un retrato en bronce que está en el Tortoni. Él era muy amigo de Mosquerita Montaña, al que también le hice una cabeza; tengo ya listo el bronce que va a ir al Tortoni a acompañar de nuevo a Julián.

–Él dice en ese poema que llegó en el Conte Rosso...
–Nosotros vinimos en un barco que se llamaba Oceanía... Cuando ya estaba decidido nuestro viaje, alguien le aconsejó a mi papá que a mi hermana y a mí nos anotara en la escuela del barrio de Caballito donde íbamos a vivir, así que, apenas llegamos, ¡a la escuela! Mi hermana era un poco mayor que yo, y no lo sintió tanto, pero yo sí, y mucho, sobre todo los primeros días, que es cuando aparece esa figura tan bella, la señorita Teresa, que, como buena mujer, buena madre que seguramente era y buena docente, vio que ese niño sufría. Para no ensuciar el cuaderno, yo dibujaba monigotes en los márgenes; ella adivinó lo que me pasaba y le pidió a mi compañerita de banco que me prestara los lápices de colores. Nunca los había visto, y eso fue para mí como ver por primera vez el arco iris; tengamos en cuenta que el mío era un pueblo de montaña donde vivíamos como en el Medioevo: no teníamos electricidad, agua corriente ni cloacas.

–¿Qué pasó entonces?
–La señorita me indicó por señas que usara toda la hoja: me puse a dibujar y a pintar con vaya a saber cuánta pujanza acumulada; salió un diariero que iba cantando por la calle. Cuando la señorita Teresa vio ese trabajo, me palmoteó y me llevó a la dirección: allí habló con la directora, yo adivinaba que había hecho algo bien porque me acariciaban la cabeza. Después me llevó por los grados: yo seguía sin comprender el lenguaje, pero me daba cuenta de lo que pasaba porque los compañeritos aplaudían el dibujo del tanito recién llegado. Después de muchos años, en el diván del psicoanalista, contando esto como lo cuento ahora, supe que ese momento fue muy importante para mí, por cuanto esta señorita rescató el lenguaje universal del arte, porque no tenía otro –el mío no era comprendido, y el de ella no lo comprendía yo– y que sigue siendo universal, aun rudimentariamente hecho por un niño; y el diariero es un intermediario de la comunicación, cosa que yo no tenía.

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