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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 22 de agosto de  2017
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Fogaratas

Fogaratas

Fogaratas, así se llamaban. Nos estamos refiriendo a las fogatas de San Juan (24 de junio) y de San Pedro y San Pablo (29 de junio). Cuando se acercaban las fechas de las tradicionales fogatas, los pibes del barrio, las barras chiquilinas que jugaban en las calles al fútbol o a las escondidas y tantas otras diversiones infantiles, comenzaban a juntar maderas, tablones, sillas rotas y en desuso, a cortar ramas de los árboles, todo para contar con la suficiente cantidad de materiales ígneos, a fin de construir una pira lo más alta posible para festejar la noche de San Juan o de San Pedro y San Pablo (esto variaba de acuerdo a los barrios o en el interior de un mismo barrio).

No eran conscientes de ello, pero los pibes estaban inmersos en una práctica ancestral que se remonta a la Europa no solo precristiana, sino también anterior al establecimiento de los pueblos indoeuropeos en Grecia e Italia. Nos encontramos frente a una fiesta de raíces paganas. En el hemisferio norte era el día más largo del año, el día en que llegaba a su culminación la expansión de la luz, el corrimiento en descenso de la noche; era por consiguiente una fiesta de la luz. Fiesta en su culminación, porque después del solsticio de verano comenzaban poco a poco a disminuir las horas de luz y extenderse, en contraposición, las horas de la noche. Con el desarrollo del cristianismo, esta fiesta pagana de la luz fue cooptada por la Iglesia, colocada bajo la advocación de San Juan y de alguna manera se comenzó a modificar el sentido primigenio de la fogata del solsticio de verano. Pero en los barrios porteños, como la Argentina forma parte del hemisferio sur, las fogaratas se encendían para el solsticio de invierno, en la noche más larga del año para este hemisferio. Pero los pibes no tenían conciencia de esta cuestión de los solsticios ni de la forma en que la Iglesia convirtió a estos, a la fiesta de la luz y a la fiesta de la noche, de la oscuridad, en los natalicios de San Juan y de Jesús. Para los pibes se trataba solo de una costumbre que, heredada de los mayores, se repetía año tras año en la misma fecha, para el 24 o el 29 de junio.

Se trataba de hacer la fogarata más grande, la más vistosa de todas las fogaratas del barrio. Existía una sana emulación entre los pibes, ya que estos competían por desarrollar la más grande de todas. En los días previos se juntaban las maderas, se las almacenaba en algún lugar y hasta se las custodiaba para evitar que los pibes de otras cuadras se hicieran con ellas y dejaran a la barra de uno sin el preciado material de las maderas acumuladas. Lo que comenzaba siendo una diversión de los pibes, en la noche en que era encendida la fogarata nucleaba en torno a su estructura encendida a no pocos vecinos, con independencia de su edad. Ellos también de niños habían encendido sus fogaratas. Y había que ver cómo el fuego imponía respeto y admiración. Como cuando las llamas se alzaban e iban adquiriendo mayor altura y deslumbramiento, concitaban a quienes se reunían en torno a ellas a rememorar tiempos idos pero que se continuaban en las prácticas sociales de las nuevas generaciones. Es que también hablaban las fogaratas de la continuidad generacional. Los pibes con sus juegos continuaban las andanzas de sus padres y abuelos. No era en el juego con el fuego donde se producían las rupturas generacionales. Era una sana continuidad que reunía en torno al fuego a los vecinos de una cuadra, de un barrio.

Y allí estaban las fogaratas. Y en las cúspides de ellas, un muñeco, apodado “Judas”, que podía reventar en medio de algún petardo, pero que no dejaba de incinerarse por las llamas en expansión. Y este “Judas”, sin que lo supiesen quienes participaban de estas fiestas, era un lejanísimo descendiente del “rey sagrado” que entre los pelasgos, los celtas y otros pueblos era sacrificado en el solsticio de verano. El “rey Sagrado” había sido el consorte de la sacerdotisa que representaba a la “Diosa Blanca” en la época del matriarcado. Pero nada de esto se sabía. Era como una religiosa costumbre que año a año se reiteraba, era algo instalado en la vida cotidiana, en un hacer diario, en un ciclo anual, en una fiesta más en el calendario de los ritos: una fiesta parangonable a la Semana Santa o la Navidad.

San Juan era el más casamentero de todos los santos católicos. La noche de San Juan era propicia para pedir un novio, para anudar un noviazgo que podía culminar en un casamiento. Era el juego de las cédulas, de la consulta por un novio, de la clara de huevo y del ajo brotado. Cuántos matrimonios tal vez se hayan iniciado en los juegos con el fuego para San Juan… Qué lejano tiempo este en que una fiesta del fuego era proclive para encontrarse con un amor de por vida. La relación humana básica del amor encontraba en San Juan su cristalización.

La noche de San Juan era una noche mágica, propicia para enseñar conjuros, preparar brebajes y ser iniciado o iniciada en determinados secretos. Para aprender, en el caso de las jóvenes, a curar el empacho o sacar el mal de ojo. No era una noche más sino que era la noche. Así la recuerda Joan Manuel Serrat en su canción “Fiesta”. En efecto, el día en que se invertían los roles sociales, por una noche se olvidaba que cada uno es cada cual. Era el caos, lo informe recuperando su dimensión frente a lo apolíneo del orden, y esta relación entre lo apolíneo (la luz, el orden, la razón) y lo dionisíaco (la noche, lo sentimental, lo sexual) cimentaba el Cosmos como totalidad armónica.

Pero a medida que se consumían las maderas, el fuego declinaba, se iba haciendo cada vez más tenue, hasta que finalmente quedaban las brasas. Oportunidad para comer papas y batatas asadas. Es así como la comida también estaba presente en esta lejana fiesta de la luz. Saborear las papas y batatas asadas debía constituir una práctica culinaria nocturna. Y esto permitía recordar la importancia que tuvo en la historia de la humanidad el dominio del fuego que, en lo que hace a la alimentación, permitió pasar de ingerir alimentos crudos a otros cocidos.

El fuego, entonces, se incluía en un ciclo vital. Se reproducía en los barrios porteños la costumbre ancestral de reunirse en torno al fuego para contarse historias, mitos y tradiciones. El fuego, elemento básico en la historia de la humanidad, fuerza productiva indispensable para el desarrollo y la expansión de la sociedad, uno de los cuatro elementos de la filosofía presocrática; el más volátil y ligero de los elementos en la filosofía de Aristóteles, también presente en la Astrología, no solo en los signos de fuego (Aries, Leo y Sagitario) sino en las cartas natales de todos los hombres; el fuego, repetimos, estaba siempre presente en las fogaratas de San Juan y de San Pedro y San Pablo. 

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