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 23 de octubre de  2018
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Fluidez y atmósfera, luz y color

Fluidez y atmósfera, luz y color

Se inauguró en el Museo Nacional de Bellas Artes, ubicado en la avenida del Libertador 1473, la muestra “J. M. W. Turner. Acuarelas”, integrada por 85 obras del eminente artista inglés pertenecientes a la Tate Collection, de Londres.

La exposición fue organizada por el Museo y la Tate Collection, y contó con el apoyo de la Secretaría de Cultura de la Nación y de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, en tanto que la curaduría estuvo a cargo del especialista inglés David Blayney Brown. Según se informó, se trata de la primera vez que un conjunto de obras de Turner se exhibe en América latina.  

Asistieron a la inauguración el ex ministro y actual secretario de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto; el director del Museo, Andrés Duprat; la titular de la Tate Gallery, María Balshaw; la directora de Iniciativas Nacionales e Internacionales de esa institución, Judith Nesbitt; el presidente de Amigos del Bellas Artes, Julio Crivelli; miembros de la Embajada Británica, otros funcionarios, artistas plásticos de nuestro medio y público.

En la oportunidad, Avelluto expresó que “llevar adelante esta muestra implicó trabajo, confianza, respeto, coordinación” y que “el sueño de contar con una exhibición de Turner muestra que nuestro Museo Nacional de Bellas Artes es grande, y es grande porque sus sueños son grandes”.

Dijo también que “las acuarelas que forman parte de esta exposición nos permiten comprender una época y una técnica que muestran la evolución de uno de los artistas más importantes del mundo”.

Por su parte, Duprat manifestó su orgullo por presentar la exposición “luego de un gran trabajo de dos años”, y destacó que “traer una muestra de estas características es complejo y se necesita mucho trabajo y buena voluntad, que abundó en esta colaboración entre la Tate de Londres y el Museo”.

En cuanto a Turner, lo definió como “un artista excepcional, muy seguro de sí y muy consciente de su genialidad, un artista que siempre asumió riesgos, y eso es ejemplar”, y refirió que “cuando ya era un nombre reconocido y consagrado por la Academia y sus pares, y en contra del virtuosismo de su dibujo, comenzó a hacer obras muy experimentales y vanguardistas, que fueron retomadas luego por el impresionismo y por el movimiento abstracto a principios del siglo XX”. Y sintetizó: “Esta muestra da cuenta de toda una vida dedicada al arte”.

A su vez, Nesbitt, después de remarcar que “es la primera vez que una parte de la colección Tate se exhibe en la Argentina y por eso es un acontecimiento muy importante”, explicó que “Turner era un viajero apasionado, siempre dispuesto y deseoso de descubrir nuevos horizontes” y que “en esta exposición encontramos las respuestas que fue hallando a cuestiones tales como el juego de la luz y el color, las condiciones climáticas, los rayos del sol, la iluminación de la luna, los reflejos del agua, las tormentas y el arco iris que sale después de los diluvios”. Y concluyó: “Esta muestra le da al espectador la oportunidad de mirar por sobre el hombro del artista mientras él se encuentra pincel en mano”.

De acuerdo con la información suministrada por el Museo, la muestra está organizada en seis núcleos correspondientes a sendos periodos de la evolución artística del maestro inglés: la obra temprana –realizada a fines del siglo XVIII–; los paisajes ingleses de 1805 a 1815; la producción como artista viajero entre 1815 y 1830; las experimentaciones de luz y color y sus trabajos de madurez –creados en las décadas de 1830 y 1840–, y las obras más tardías, de tormentas y naufragios, realizadas en sus últimas dos visitas al norte de Francia, en 1845.

En opinión del curador de la muestra, “esta selección permite revisar el progreso de Turner, desde su convencional comienzo como topógrafo y dibujante de arquitectura hasta el abordaje dinámico de una extraordinaria variedad de temas, fundado en la refinada apreciación de la luz, el color y los efectos atmosféricos”.

La muestra podrá visitarse hasta el 17 de febrero de 2019, de martes a viernes en el horario de 11 a 20, y sábados y domingos, de 10 a 20.

En virtud de una reciente resolución de la Secretaría de Cultura que ha sido objeto de desfavorables comentarios, la entrada cuesta 100 pesos; están exceptuados de su pago los jubilados, docentes, menores de 12 años, personas discapacitadas y contingentes escolares. Los martes el ingreso será libre y gratuito para todo público y de miércoles a domingos, durante la última hora de apertura del Museo, la entrada será gratuita.

Joseph Turner
Joseph Mulford William Turner nació en Londres el 23 de abril de 1775 y murió en esa ciudad el 19 de diciembre de 1851.

Su biógrafo y compatriota, el historiador del arte John Rothenstein, escribió en la segunda mitad del siglo pasado que “Turner es el más grande pintor nacido hasta hoy en los países de habla inglesa, tanto por sus cualidades intrínsecas como por su inmensa calidad de obras”.

Y refiere: “Turner estaba prodigiosamente dotado, pero hubo de luchar duramente para encontrar su camino. La primera acuarela que le conocemos es de 1787, cuando solo tenía doce años; en 1794, con casi veinte, era ya un maestro en el estilo y en la técnica, todavía tradicional, del paisaje tratado en dibujo y en acuarela. En 1799, después de nueve años de exposiciones, ya había alcanzado la cima de su carrera, llegando a ser miembro de la Academia Real. Tenía entonces veinticuatro años”.

Considera que las acuarelas realizadas en ese periodo prueban que “Turner aceptaba los temas convencionales, pero casi imperceptiblemente los adaptaba a sus propios objetivos”.

“Siguió ocupándose de dibujo y acuarela de paisaje durante toda su vida, acumulando material en los viajes que realizaba anualmente para tomar apuntes. Recorrió bajo todas las condiciones climáticas, y a menudo a pie, casi toda Gran Bretaña y gran parte de Europa, llenando cantidad de cuadernos y ejercitando la extraordinaria memoria de que estaba dotado. Desde los primeros años estas acuarelas fueron mostrando la continua evolución de la pasión de Turner por la fluidez y la atmósfera, por la luz y el color”, explica sir John.  

Precisa que “Turner, por su continuo estudio de la naturaleza y del arte, era capaz de hacer observaciones minuciosas y excepcionales de cada efecto de luz que alcanza a las formas, y era capaz de encontrar un equivalente visual perfecto para cada una de sus observaciones, para cada emoción, y nunca olvidaba aquello que sus ojos habían visto”.

“Pero”, aclara, “además de esto Turner era un poeta, un poeta muy consciente de la precariedad de la condición humana en medio de las fuerzas inmensas y destructoras de la naturaleza”.

Señala por otra parte que “al envejecer, Turner se movió cada vez más en su personal mundo encantado de color y de luz, que sentimos más real que un mundo de formas sólidas y contornos netos”. Así, prosigue, “en sus obras la luz y el color se convierten en el tema principal, puesto que eran la principal preocupación del autor, y en algunas hay una disolución casi completa de la forma”.

Hace notar asimismo que, “en los trabajos más tardíos y más directamente emotivos, la composición de Turner se aleja de la forma rectangular del soporte adquiriendo una forma ovalada”.

En ese sentido, describe que “en los temas donde predominan el espacio y la placidez, la visión se curva en una franja –que se pierde– de tonos iridiscentes”, y que “en los temas tempestuosos se delinea un vórtice que gira, en el que Turner veía también la expresión de las fuerzas destructoras de la naturaleza, que domina la fragilidad y la pequeñez del género humano”.  

Y destaca que, “cuando Turner llegó al fin de su parábola, había alcanzado un mundo de luz y color, un mundo que por medio de estos refleja el trágico destino del hombre, su fragilidad y vulnerabilidad, sus sueños y aspiraciones, sus deseos y su efímera paz”.  

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