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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 24 de julio de  2017
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El simbolismo del Parque Lezama

El simbolismo del Parque Lezama

Bajo la consigna “Museos y paisajes culturales”, hoy se celebra el Día Internacional de los Museos. En consonancia con esta circunstancia y con mi rol de investigador en el Museo Histórico Nacional, ofrezco este trabajo sobre el Parque Lezama, entorno en el cual se encuentra instalada la mencionada institución.
El Parque Lezama puede ser pensado y disfrutado como el parque fundacional de la ciudad de Buenos Aires. Si bien es cierto que, desde un punto de vista arqueológico, se puede descartar la posibilidad de que la Buenos Aires de Pedro de Mendoza haya sido fundada dentro del espacio que ocupa actualmente el parque, nos encontramos con que, desde un punto de vista simbólico, y ateniéndonos a los significados de sus monumentos y esculturas, el parque reviste todas las características de un espacio fundacional.
En efecto, dentro de su perímetro se yergue el monumento a don Pedro de Mendoza, que se levantó en ocasión del IV Centenario de la fundación de la primera Buenos Aires, y que nos remite al arquetipo del fundador, en este caso, don Pedro, que, de cuerpo entero y erguido, apoyándose en un mandoble, expresa la majestuosidad de aquel que ha llegado a estas tierras con el afán de organizar una puerta de entrada en búsqueda de la Sierra de la Plata. El fundador es quien, cumpliendo con los mandatos del rey, traza uno de los caminos que habrá de recorrer la hispanidad en estas tierras del extremo meridional de América.
El monumento cuenta en su parte anterior con una fuente, y uno de los significados del simbolismo de las fuentes es la eterna juventud de quienes se aproximan al remanso de sus aguas. Es así como un acontecimiento del siglo XVI se nos presenta como eternamente joven para una ciudad que cuenta ya con más de cuatrocientos años. Es la juventud imperecedera que atraviesa sus vicisitudes históricas, sus conflictos y antagonismos para que, en el universo del símbolo, nos encontremos siempre en la primavera de la vida. 
El busto de Ulrico Schmidl nos remite al primer cronista del Río de la Plata. Schmidl, partícipe de la expedición de Mendoza, estuvo luego inserto en los avatares de la búsqueda de la sierra fabulosamente rica en el argentífero metal y, por consiguiente, respaldando a Domingo Martínez de Irala.
La Sierra de la Plata aludida por uno de los bajorrelieves del monumento a don Pedro de Mendoza refuerza su presencia en el busto del cronista del siglo XVI. Su crónica, que está en los albores de la historiografía nacional, nos permite palpitar las aventuras y desventuras de la ciudad, la cruel realidad del hambre que azotó al real cuando se vio cercado por los indígenas, donde el relieve de uno de ellos, tras la imponente escultura del fundador, nos remite a la América profunda, a la América prehispánica que continuará deviniendo bajo el dominio hispano, primero, y criollo, después. El fundador y el cronista, el protagonista del acto fundacional y el que, habiendo sido también partícipe del mismo, nos deja un vivo relato de las peripecias de aquella fundación. La crónica nos anticipa la historia que, como disciplina humanística, buceará en los orígenes de la ciudad.
El monumento al fundador y el busto del cronista se complementan con el monumento a la Cordialidad Internacional o monumento a la Cordialidad Argentino-Uruguaya, que es un regalo de la ciudad de Montevideo a la ciudad de Buenos Aires en ocasión del IV Centenario de la fundación de la ciudad de Pedro de Mendoza.
Nave-fuente que en su rostra nos permite avizorar las constelaciones del hemisferio austral, como si en la cotidianeidad del día soleado pudiésemos contemplar las constelaciones del cielo nocturno. Un cielo que los navegantes europeos descubrieron cuando atravesaron el Ecuador: a la mirada inquisitiva de los marinos y pilotos, se abrían nuevas constelaciones estelares para orientarse en la navegación. La fuente del monumento refuerza el simbolismo del monumento a Mendoza, como si la ciudad de Montevideo, en su regalo a la de Buenos Aires, estuviese reconociendo su eterna juventud. Dos ciudades que fueron rivales en gran parte del curso de la historia, pero que resultan hermanadas en la potencialidad del símbolo de los monumentos.
Pero la ciudad del Plata cuenta con mayores augurios. Como si la historia no quisiese detenerse en el siglo XVI. Como si convocase a la antigüedad para legitimar la presencia de Buenos Aires. Es así como nos encontramos en el parque con una réplica de la Loba Capitolina, escultura que nos remite a los orígenes de Roma, la principal de todas las ciudades del mundo clásico y la que terminaría unificando al mundo mediterráneo y dando unidad y proyección universal a la cultura clásica, una de cuyas cunas, en la ciudad de Atenas, se encuentra aludida por la escultura de Palas Atenea y la fuente de Du Val Osne con una representación de Poseidón.
Atenea y Poseidón se disputaron el patrocinio de Atenas, siendo el olivo ofrecido por aquella a la ciudad preferido al caballo del dios de las aguas y específicamente del mar. El olivo como símbolo del trabajo y de la paz fue preferido al caballo como símbolo de la guerra. Y Atenas, como cuna de la democracia, y Roma, como cuna del derecho, y ambas, como cunas de la civilización occidental –que hereda de ellas la filosofía, la democracia y el derecho–, como las dos grandes ciudades de la antigüedad clásica, están ahí en el parque fundacional, como antecesoras en la historia de la urbe del Plata. Como si Atenas y Roma estuviesen prefigurando, con su grandeza, el porvenir de Buenos Aires.
Pero los ríos de cultura que confluyen en Buenos Aires también tienen en el cristianismo una de las fuentes que los nutren, y allí está el Cruceiro para atestiguar con su crucifijo la sangre divina derramada para la salvación de la humanidad, y por ende del universo católico que Mendoza torna presente en estas tierras, allá por el 1536.
Es el Cruceiro una donación de la colectividad gallega en ocasión del IV Centenario de la Buenos Aires de Juan de Garay, en 1580. Así el Cruceiro, por un lado, traza una continuidad entre lo efímero de la Buenos Aires de Mendoza, que fue despoblada en 1541, y la perdurabilidad de la Buenos Aires de Garay, ya como puerta de salida de los productos de la tierra, abriéndose –tal era el proyecto– Buenos Aires al comercio atlántico; un océano Atlántico del cual provendrían los inmigrantes gallegos de fines del siglo XIX y principios del XX. Y es este Cruceiro que la colectividad gallega depositó en este parque el que sostiene con su simbolismo a la escultura de la Madre Teresa de Calcuta, a su apostolado misionero y a la caridad como una de las tres virtudes teologales.     
Si la historia le dice al hombre lo que el hombre es a través de lo que el hombre hizo, si la comprensión de lo que somos es el oficio del historiador, entonces el Parque Lezama, a través de sucesivos jalones, nos ha dejado los mensajes que, decodificados, nos transportan a nuestra esencia, a aquello que nos hace ser de Buenos Aires y del mundo.
La dimensión simbólica del Parque Lezama pretende derramarse sobre cada uno de sus transeúntes para que ellos sean conscientes de sus raíces, de un pasado que llama a sus conciencias, para que estas, cual si fuesen amplios receptáculos, encuentren en los signos de aquel las representaciones de las herencias recibidas.
El Parque Lezama es un tesoro tanto botánico como artístico y podemos recorrerlo rememorando la historia, el arte y la fe. Si no fuese por el bullicio que periódicamente lo invade, sobre todo los fines de semana con sus ferias, y dispusiésemos de una ciudadanía estéticamente educada, podríamos recorrer los senderos del parque, sumergiéndonos en un “corazón verde” de la zona sur de la ciudad, para conocernos y rememorar a nuestros ancestros.
En suma, el Parque Lezama se nos presenta con una fuerte carga simbólica que hace no solo a la hispanidad por el rol de esta en la conquista de América, sino al conjunto de la génesis de la civilización occidental, de cuyos valores Buenos Aires se siente parte. Es la ciudad mirando hacia su pasado, pero también proyectándose hacia el futuro, como si ella contuviese un conjunto de valores, abiertamente irrenunciables, que transmite como legado a las generaciones venideras. 

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