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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 29 de febrero de  2020
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El protagonista de obras maestras

El protagonista de obras maestras

Provocó repercusiones en todo el mundo la noticia de la muerte, a los 103 años, del gran actor y productor cinematográfico Kirk Douglas, que supo ser el protagonista de algunos de los mejores clásicos de la época de oro de Hollywood.

Tenemos razones para creer que el público porteño lo consagró por su interpretación del duro y prejuicioso policía Jim McLeod de La antesala del infierno (Detective story), una notable expresión del policial negro debida al maestro William Wyler y filmada en 1951. Obtuvo el Edgar Allan Poe Award a la mejor película de detectives de ese año, y en 1953 se estrenó en Buenos Aires.

Acaso el espectador local encontró en el brutal personaje encarnado por Douglas –un fanático partidario de la tolerancia cero, para quien todo delincuente es irrecuperable– un retrato policial bastante más realista que el del mito urbano del agente de la esquina, amigo de todos. Además, en el film, el detective en cuestión perseguía a un médico sospechado elípticamente de realizar abortos (la palabra no se menciona expresamente ni una sola vez, ya que entonces la práctica estaba tan prohibida en los Estados Unidos como aquí, donde, dicho sea de paso, se la reemplazaba en los medios por el eufemismo “operación ilegal”).

Finalmente, cuando los prejuicios del protagonista chocan con la realidad, se desencadena una tragedia que Douglas resuelve interpretativamente con impresionante solidez.

No era la primera intervención del actor en el cine negro: de hecho, había debutado en una película que es mezcla del género con el melodrama, El extraño crimen de Martha Ivers (The strange love of Martha Ivers), de Lewis Milestone (1946), y al año siguiente integró el reparto de una de las referencias obligadas del cine negro, Retorno al pasado (Out of the past), de Jacques Tourneur, según la novela Eleven mi horca, del conocido escritor de policiales Geoffrey Homes.

En la oportunidad, Douglas logra una impecable interpretación de Whit Sterling, un gánster cínico y astuto que se jacta de no tener sentimientos ni escrúpulos y se enfrenta al héroe (o antihéroe) Jeff Bailey, a cargo de Robert Mitchum. Porque, a diferencia de otras estrellas, nunca se negó a desempeñar papeles de villanos.

Así, en 1949 fue nominado al premio Oscar de la Academia de Hollywood por su vigorosa personificación del protagonista de El ídolo de barro (Champion), un intenso film noir realizado por Mark Robson según un guion de Carl Foreman y producido por Stanley Kramer, que tuvo el mérito de estar entre los primeros en denunciar la mafia y la corrupción en el negocio del boxeo. Precisamente, Douglas encarna a Midge Kelly, un boxeador ambicioso, arribista y desleal, en las distintas etapas de su trayectoria, desde el ascenso hasta la degradación.

Y dos años después protagonizó la estupenda película Cadenas de roca (Ace in the hole), del gran Billy Wilder, donde se muestra hasta qué grado puede llegar la manipulación del público por parte de los medios masivos que, con la complicidad del poder político de turno, explotan y estimulan el morbo, el voyerismo y la actitud acrítica de las audiencias.

A Douglas se le encomendó encarnar a Chuck Tatum, un agresivo periodista sensacionalista en decadencia, que se califica a sí mismo de mentiroso y para recuperar su posición no duda en arriesgarse a provocar una tragedia, o ni siquiera se detiene a pensarlo. Su actuación es insuperable, no es posible imaginar a otro actor en ese papel, con su labia engañosa, sus miradas y sonrisas sobradoras y sus dichos, que desparrama alegremente: “las malas noticias son las que más venden, las buenas noticias no son noticia”, “si no hay noticias, salgo y muerdo a un perro”, “con la buena historia de hoy van a envolver el pescado mañana”, y esta supuesta lección de periodismo: “Vos agarrás el diario, leés algo sobre 84 hombres, o 284, o un millón, como en una hambruna en China. Lo leés, pero no te queda. Pero cuando algo le pasa a un solo hombre es distinto, querés saber todo sobre él. Eso es el interés humano”.

A nuestro juicio, la mejor de las películas en que intervino es La patrulla infernal (Senderos de gloria), que también produjo, convocando para la dirección al joven Stanley Kubrick, que la realizó en 1957. Se trata de un vibrante alegato antibélico basado en la novela homónima de Humphrey Cobb, inspirada a su vez en un hecho real ocurrido en la Primera Guerra Mundial; el film pone de manifiesto la ínsita inmoralidad y el absurdo de la guerra y estuvo prohibido durante años en Francia, en Suiza, en la España de Franco y en todos los establecimientos militares de Estados Unidos.  

Se destaca vivamente la interpretación tan fogosa como sensible de Douglas, a quien le toca encarnar al coronel Dax, la única alma rescatable de la oficialidad, quien, al dicho del cobarde general Mireau, “muéstreme un patriota y le mostraré un hombre honrado”, le opone la certera frase de Samuel Johnson, “el patriotismo es el último refugio de un canalla”.

Las escenas se desarrollan en medio de un clima agobiante y opresivo que presenta picos de extrema tensión y solo amaina en el conmovedor final, considerado uno de los mejores de la historia del cine.

Douglas intervino también en wésterns, de entre los que sobresalen Duelo de titanes (Gunfight at O.K. Corral) y El último tren de Gun Hill (Last train from Gun Hill), ambos de John Sturges: el primero es de 1956 y el segundo de 1959.

El primero, que tiene guion de León Uris, recrea el legendario duelo que tuvo lugar en el pueblo de Tombstone, Arizona, Estados Unidos, el 26 de octubre de 1881, entre los hermanos Wyatt, Virgil y Morgan Earp, alguaciles del lugar, acompañados por John “Doc” Holliday, tahúr y pistolero, por un lado, y Billy Claiborne y los hermanos Frank y Tom McLaury y Billy e Ike Clanton, por el otro.

Douglas, que interpreta a Holliday, entabla un verdadero duelo interpretativo con Burt Lancaster, que personifica a Wyatt Earp, y que inevitablemente remite al que mantuvieron Víctor Mature como Holliday y Henry Fonda como Earp en Pasión de los fuertes (My Darling Clementine) de John Ford, de 1946. Si bien, como no podía ser de otra manera, Douglas y Lancaster quedan empatados, en nuestra opinión la interpretación de aquel supera la de Mature.

El último tren de Gun Hill es un soberbio wéstern en el que Douglas encarna a Matt Morgan, un sheriff que busca justicia para su esposa, violada y asesinada en un camino por el hecho de ser india, y descubre que uno de los autores del crimen es Rick Belden, el hijo de un viejo amigo, el poderoso Craig Belden, personificado por Anthony Quinn. Como era de esperar, las respectivas interpretaciones no ofrecen sorpresas: ambas son magníficas.

Hay muchas cosas a destacar en el film: nos quedamos con las terribles palabras con las que el sheriff Morgan describe pormenorizadamente a Rick Belden, a quien ha aprehendido, los horrores que le esperan bajo la apariencia de un juicio imparcial y una condena justa.  

“Conozco a un viejo al que le gustaría matarte lentamente, a la manera de los indios; yo también te haré morir lentamente, pero a la manera de los blancos. Primero vas a ir a juicio; eso lleva un montón de tiempo y vas a sudar mucho. Después te van a condenar. Nunca vi un hombre al que no se le revolviera el estómago al oír la clase de condena que vas a recibir. Después de eso te sentarás en una celda a esperar, tal vez meses, pensando cómo se siente la soga en el cuello. Por fin, una fría mañana, justo antes del amanecer, van a venir a buscarte. Te van a atar los brazos a la espalda. Vas a empezar a lloriquear, a patalear y a chillar pidiendo ayuda, pero no te va a servir de nada. Te van a llevar a rastras hasta el patio, te van a subir a la plataforma, te van a ajustar la soga al cuello y te van a dejar ahí solo, con una gran capucha negra sobre los ojos. ¿Sabés cuál es el último sonido que vas a oír? El golpe cuando le peguen la patada a la trampilla y caigas. Vas a quedar colgado de la soga como una bolsa de papas, sintiendo que el cuello se te quema y la nuez se te hace puré. Vas a esforzarte por respirar pero no tendrás aire, el cerebro te va a hervir. Vas a gritar y aullar pero nadie va a oírte, vos sí, pero nadie más. Finalmente, vas a quedar balanceándote ahí, completamente solo y muerto”.

Al año siguiente Douglas protagonizó y produjo la muy mentada y elogiada Espartaco (Spartacus), de Kubrick, basada en la novela homónima de Howard Fast, que cuenta la historia del levantamiento de esclavos contra Roma entre los años 73 y 71 antes de Cristo.

En un principio iba a dirigirla el prestigioso Anthony Mann, pero al cabo de una semana de rodaje Douglas decidió reemplazarlo por Kubrick. Además, contrató al guionista Dalton Trumbo, que estaba en la lista negra de Hollywood por supuestas simpatías hacia el comunismo, y lo instó a firmar con su verdadero nombre, en lugar de los seudónimos que solía usar, lo que contribuyó a terminar con la malhadada lista.

La película contó con un reparto excepcional, que reunió a grandes intérpretes ingleses como Charles Laughton, Laurence Olivier, Jean Simmons, Peter Ustinov y Herbert Lom, con reconocidos actores norteamericanos como Tony Curtis, John Ireland y John Gavin, entre otros. De hecho, las mejores actuaciones fueron las cumplidas por los ingleses que hacían de romanos, y es digno de remarcar el duelo actoral que sostienen Laughton y Ustinov en una escena escrita por este último, quien además obtuvo el Oscar al mejor actor de reparto.    

También merece destacarse, por otra parte, que la censura suprimió un desnudo de Jean Simmons y, entre otras escenas, una entre Olivier y Curtis en que el primero le hace al segundo insinuaciones que podrían considerarse homosexuales.

Por último, transcribimos el más célebre de los párrafos escritos por Trumbo para que los pronunciara Douglas en su papel de Espartaco: “Cuando muere un hombre libre, pierde el placer de la vida. Un esclavo pierde el sufrimiento. La muerte es la única libertad que conoce. Por eso no le teme, por eso venceremos”.

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