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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 23 de mayo de  2018
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“El color lo llevo en la sangre”

“El color lo llevo en la sangre”

Destacadísimo pintor, su nombre y su obra son de referencia obligada en el ámbito de la pintura argentina contemporánea; actualmente preside la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP). Los bien delineados conceptos, coloridos comentarios y luminosas reflexiones expuestos por Carlos Tessarolo pusieron pinceladas de arte a la grisura de una lluviosa y otoñal tarde porteña. 

Heredero de un apellido y un talento ilustres (su padre, Héctor,  fue un reconocido pintor), Carlos Tessarolo nació en el barrio porteño de Parque Chacabuco. A los ocho años obtuvo el segundo premio de pintura del Salón de Arte Alba y el tercero de la Agrupación Bohemia del Arte, y a los trece presentó su primera exposición. Desde entonces ha realizado más de ciento cincuenta muestras individuales y colectivas en nuestro país y en el exterior, y ha recibido numerosos premios y distinciones; su obra forma parte de las colecciones de museos e instituciones culturales nacionales e internacionales.

–¿Cuándo y cómo te iniciaste en la pintura?
–Empecé de muy chico, trabajando con mi padre; él me puso en este camino de la pintura y gracias a él conocí a muchos artistas: a Daneri, a Castagnino, a Victorica, a Forte, a Quinquela… Mi padre era un pintor de La Boca que los domingos se juntaba con todos ellos y me llevaba a mí, y a muestras, salones y concursos que hubiera también, y tuve el privilegio de estar en las reuniones que hacía Quinquela en su taller los domingos, cuando los pintores de La Boca terminaban de pintar. Mi padre era además muy amigo de Enrique Policastro, que también me llevaba a pintar con él, y me acuerdo de que los sábados íbamos con papá y Enrique a pintar a la Quema, que estaba en Parque Patricios, porque a él le gustaban todos esos temas. Policastro fue como un segundo maestro para mí, después estuve con Demetrio Urruchúa, pasé por Estímulo y Antonio Berni me enseñó a dibujar. 

–El arte te acompañó desde la infancia…
–Mi historia comenzó llena de arte: fui un privilegiado, porque mi mamá era violinista, mi hermana cantante lírica y mi papá pintor, o sea que he vivido toda mi vida rodeado de arte. Me acuerdo de que los sábados a la noche mi casa era una fiesta porque venían pintores, músicos, escritores, toda la bohemia del arte se juntaba en mi casa. 

–¿No pasaste por las academias?
–En realidad, mi padre siempre me hizo llevar un camino hacia el encuentro con mi propia persona. Como la mayoría de los pintores con los que me crié, era autodidacta; un laburante, un albañil y pintor de obra que había venido de Venecia escapando de la guerra y se formó copiando a los grandes maestros venecianos. Nunca creyó en las academias, y hoy por hoy yo tampoco creo; sí creo que un artista tiene que buscar en su interior y encontrarse a sí mismo, y después trabajar mucho, porque al artista no lo hace la enseñanza, lo hacen el esfuerzo y el saber encontrar el misterio que lleva adentro. Sé que hay muchos que se enojan cuando se les dice esto, pero pienso que el arte no se enseña. Demetrio Urruchúa decía “yo no enseño, yo oriento”, y es real, porque cuando enseñás algo le estás inculcando al alumno lo que sos vos, y cuando orientás lo estás encaminando a encontrarse a sí mismo.

–Pero esa búsqueda no siempre es grata, puede ser muy dura.
–Urruchúa decía que la libertad cuesta sangre. Todo tiene un precio en esta vida, y todo precio se paga. Claro que sí, la búsqueda es dura, pero el día en que te encontraste ya sos vos, y eso es lo más hermoso: ¿de qué sirve ser uno más? Si un artista es honesto y hace lo que piensa, siente y cree, va a decir lo suyo. Urruchúa recomendaba también: “Camarada, chiquitito así pero uno mismo”. Por suerte, tuve maestros que me indicaron el camino de la libertad. 

–En tu obra, ¿pasaste por distintos periodos?
–Sí, empecé con una figuración, después fui haciendo un expresionismo abstracto y continué con una figuración expresionista, pero siempre me mantuve dentro de esas corrientes, y siempre sostenido por el dibujo, que es una de las cosas que me maravillan. Para mí, el dibujo y la pintura tienen que ir juntos, y si te fijás en mis cosas no vas a ver a un dibujante que dibuja de una manera y a un pintor que pinta de otra. Yo soy un pintor que dibuja y un dibujante que pinta.

–¿Y cómo adquiriste ese manejo del color?
–El color lo llevo en la sangre: los venecianos fueron grandes coloristas, y mi padre me enseñó mucho. Él decía que al color no había que tenerle miedo, que había que ponerlo y saber cómo, poniéndolo de determinada manera, lograr emociones: por ejemplo, si ponés un rojo al lado de un negro te produce algo y si lo ponés al lado de un amarillo te produce otra cosa. Yo amo el color, y lo hacés hasta con el dibujo, porque no es lo mismo una línea gruesa que una fina, como tampoco es lo mismo una línea plana que una más redondeada, o sea que también con la línea vos lográs color.

–¿Has sentido el horror de la tela en blanco?
–Por eso es que agarro el pincel –y generalmente mis pinceles son brochas de ferretería, que obligan a hacer pinceladas grandes y sueltas, y no a buscar el detalle y la cosa bonita– y la empiezo a pintar en seguida, a mancharla con colores y con líneas. La pintura es como un gran amor, y los amores tienen momentos que resultan muy fáciles y momentos que cuestan muchísimo; cuando me enfrento a lo blanco comienza la conquista, y esa es la parte más hermosa que tiene el amor: un desafío que a veces es placentero y a veces no, y cuando no lo es, borro lo que hice y me pongo a pintar de vuelta.

–¿Reconocés influencias en tu obra?
–Sí, de todos los que nombré y con los que me crié; por otra parte, me gusta mucho Francis Bacon, la nueva figuración que él plasmó es genial; también me gustan Picasso, Rouault y muchos otros. En realidad, nadie nació por generación espontánea, todos somos hijos de alguien y el que no es hijo de nadie no existe. Si mañana, por ejemplo, voy a ver una muestra y hay una pintura que me gusta especialmente, algo quedará en mi cabeza que en algún momento va a salir y lo voy a plasmar en un cuadro mío.

–¿Es necesario que el espectador tenga el ojo entrenado para apreciar un cuadro?
–A mí me parece que uno tiene que estar preparado espiritualmente para poder leer un buen libro, escuchar una buena pieza de música o ver una buena pintura, pero no sé si hay que hilar tan fino y tener que ser un erudito para ver un cuadro. Yo creo que cualquiera lo puede ver, claro que lo va a apreciar más o mejor en la medida en que su sensibilidad esté más potenciada.

–¿Alguna vez pensás en el espectador cuando pintás?
–No, para nada, pero creo que debe haber gente que pinta, dibuja y hace grabado pensando “esto lo voy a hacer un poco más lindo, más prolijo, más condescendiente” para poder vender, y que siempre hubo pintores que pintaron a pedido del consumidor, e incluso algunos, siendo grandes artistas, se dedicaron a vender cuadros y dejaron de hacer su obra. Por eso Policastro solía decirme: “Mire, camarada, hay que salir a vender un carro de tomates; cuando usted los vendió va a su taller y pinta lo que usted quiere”. O sea, que es preferible vivir de otra cosa pero pintar lo que a vos te gusta y no lo que les gusta a los otros para poder vender; si no, te convertís en un pintor cortesano, como ha habido muchos, pero la mejor obra de Goya no es la obra de la Corte.

–¿Y le hacés caso a la crítica?
–No, nunca pinté para la crítica, ni le hice caso, ni me interesó. El que le hace caso a la crítica no está pintando para él sino para el crítico y me parece que eso no es propio de un artista. Claro que ser artista es lo más difícil, y no pasa solamente por lo que hace; viene desde mucho más atrás de la obra y tiene que ver con lo que piensa, con cómo se planta ante la vida, con cuál es su concepción filosófica del mundo.

–¿Y cómo ves a la época actual?
–Veo que hoy cualquiera es cualquiera: salimos de una muestra y todos somos geniales, y si decís “esto que vi no me gustó” y lo fundamentás, se te enojan. Somos todos amigos, todo está bien hecho y nos acariciamos el hombro mutuamente. Es una época bastante vacía, que por un lado tiene cosas en las que la sociedad ha avanzado, pero por el otro nos han sumido en una mediocridad pasmosa, no solo en la pintura sino en todo, basta ver los dirigentes que tenemos. Mi viejo era un laburante y con su trajecito y su corbata se iba al paraíso del teatro Colón a ver y escuchar a las grandes voces de la lírica, y hoy ves en el escenario del Colón a Cacho Castaña, pero eso no es nada, a la otra mujer ¿cómo se llama? la “bomba tucumana”, también.   Si esto no es decadencia, ¿qué es? A veces culpamos de este estado de cosas a los jóvenes, pero ellos ¿qué base tienen, de dónde se nutren?

–¿Alguna vez pensaste en dejar de pintar?
–Nunca me olvido de la vez que lo hice. Había dejado de pintar un par de años por el servicio militar y me resistía a retomar, y un día mi papá me llevó a caminar por el Parque Chacabuco y me preguntó “¿por qué no pintás más?”. Yo era un pibe, tendría veintidós años, y le dije “¿sabés qué pasa, papá?, me voy a bailar, me levanto tarde…”. “Volvé a pintar”, insistió, y entonces le pregunté “pero ¿y para qué?”. En el parque estaban sentados cuatro viejitos mirándose uno al otro, y papá me llamó la atención sobre ellos. “¿Ves a esos cuatro viejitos sentados al lado del árbol, qué crees vos que están haciendo?”. “Y no sé, papá”, dije yo, “son jubilados, estarán charlando de sus cosas”. “No”, advirtió él, “están esperando la muerte”. “¿Cómo, papá?”, me asombré. “Sí”, me aconsejó, “ponete a hacer algo, así cuando llegues a la edad de esos viejitos tendrás un porqué para vivir”. Volví en seguida a la pintura, y desde entonces nunca la dejé. 

–¿Tenés un horario para pintar?
–A mí me gusta la noche para pintar, soy medio búho; la noche tiene misterio y tiene fantasmas, y me doy cuenta de que a esas horas mágicas entran en mi taller los duendes y me susurran al oído lo que tengo que hacer.

 

“Quise hacer una SAAP para todos”

¿Qué podés decirnos de la SAAP?
–Que está en un buen momento, un momento muy lindo, porque realmente salió del pozo en que estaba: las cuentas están saneadas, no hay deudas, teníamos tres juicios pero ya fueron solucionados y conseguimos la habilitación de la sede, que desde el año 72 no tenía.

–¿Por qué no quisiste renovar tu mandato?
–No es porque no sea lindo ser el presidente de la institución sino, sobre todo, porque me ha quitado mucho tiempo en mi taller. Se lo he dicho a Pedro [Gaeta, anterior presidente de la SAAP y actual presidente honorario], él quería que me volviera a presentar y le dije “no, Pedro, esto no es para mí”. Porque lo que no es para mí es la política y la SAAP, quieras o no, es un lugar político donde está quien piensa de una manera y quien piensa de otra. Yo quise hacer una SAAP para todos, un lugar donde se discuta  política cultural y la política partidaria se discuta de la puerta para afuera: allí, que cada uno haga lo que quiera. A la SAAP la política partidaria la llevó a tal desastre que estuvo a punto de cerrar, cuando llegó Pedro ya iban a ponerle la franja de clausura. Pedro la agarró arruinada y ahora está luminosa, resplandeciente; él tuvo que enfrentarse con toda la tragedia de SAAP porque lo dejaron solo, y aun así y gracias a otros amigos que vinieron después y lo ayudaron, logró levantarla.

–¿Cómo reaccionaron los socios ante el desastre de la institución?
–El socio lo que quiere es tranquilidad y tener una sociedad que cumpla su función y le dé lo que le tiene que dar, y cuando ve que los problemas que surgen en la SAAP lo invaden, se retira. Eso fue lo que pasó, la institución empezó a sufrir mucho conflicto interno entre gente que peleaba y discutía continuamente, y como los socios le escapan a todo eso, empezaron a apartarse. El otro día me reencontré con una amiga que se había ido, y me dijo que había vuelto “porque la SAAP era una cosa oscura y ahora tiene luz”.

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