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 24 de julio de  2017
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Dos tangos patrióticos

Dos tangos patrióticos

En el mes del bicentenario de la Declaración de la Independencia recordamos a dos grandes tangos de la Guardia Vieja que ostentan títulos alusivos: Independencia y Nueve de julio.

Lo tituló Independencia, pero lo compuso para celebrar el centenario de la Revolución de Mayo. La partitura ostenta la siguiente dedicatoria: “A mi Patria, con motivo del Centenario. Buenos Aires, 25 de mayo 1910”. Y lo estrenó durante uno de los festejos, al frente de una banda de música y en plena avenida de Mayo. Compartían la primera fila del palco oficial, según Francisco García Jiménez, el presidente José Figueroa Alcorta y la infanta española Isabel de Borbón.

El tango cosechó entusiastas aplausos por parte de las autoridades y del numeroso público que había asistido a la conmemoración, y el presidente y la infanta felicitaron al autor cuyo nombre, que ya era conocido, a partir de ese éxito se hizo célebre: se trataba de Alfredo Bevilacqua (1874-1942), destacado músico de la Guardia Vieja a quien, según Julio De Caro, “le cupo el honor de ser el primer ejecutante de tangos que introdujera el piano en conjuntos orquestales”.

Cuenta García Jiménez que el éxito de Independencia fue aprovechado económicamente por un mistificador y no le produjo ningún rédito a Bevilacqua, cuya labor nunca alcanzó el reconocimiento pecuniario: tanto fue así que debió dedicarse a afinar pianos para poder completar su magro presupuesto.  

Bevilacqua es autor de otros tangos de inspiración patriótica: Emancipación, compuesto en oportunidad del Centenario chileno, Primera Junta y Reconquista.

Cuatro letras para un tango

Como corresponde al autor de la música del tango Nueve de julio, José Luis Padula (1893-1945) era tucumano. Cuentan que desde muy joven se ganaba la vida como intérprete trashumante de ritmos nativos, intentando, a fuerza de intuición y entusiasmo, disimular la falta de conocimientos musicales.

Dicen también que recaló en Rosario, al parecer a principios de la segunda década del siglo pasado; allí, influenciado por el pujante ambiente tanguero, incursionó en el género y compuso, entre otras, dos piezas trascendentes: Lunes y Nueve de julio.

Ambos tangos comenzaron a difundirse y se popularizaron sin estar editados: la primera edición de Nueve de julio es de 1918 y no tiene letra; en la carátula, que ostenta un dibujo alegórico a la fecha patria, puede leerse “tango milonga”.

Posteriormente Eugenio Cárdenas, el autor de Barrio viejo y de Senda Florida, entre muchos otros grandes tangos, le adosó dos letras, a falta de una; a su vez, pergeñaron sendos versos Ricardo M. Llanes y Lito Bayardo.

Los biógrafos relatan las agrias disputas que motivó esta pluralidad de letras y letristas; no eran extrañas en la época estas peleas entre pobres, acicateados por la perspectiva de dejar de serlo, y que terminaban favoreciendo a los editores.

Cien años después, cuando las obras solo disponen para defenderse de su propio valor, encontramos que las letras de Cárdenas, especialmente la denominada primera, son las más dignas. Solo ellas guardan relación con el título del tango y su intención patriótica. Se las podrá acusar de ingenuas, pero constituyen un excelente testimonio del sentimiento cívico de la época (que, por otra parte, la escuela pública impulsaba para construir una identidad nacional e incorporar a ella a los inmigrantes europeos). Eran tiempos en que Alfredo Palacios instaba a sus compañeros socialistas a enarbolar la bandera argentina en las marchas y se cubría los hombros con un criollísimo poncho. Todavía no se había inventado el relato y la frase de Samuel Johnson no se había puesto tan de manifiesto.  

Cárdenas exhorta y apela a la memoria de la fecha, mencionando en la primera parte que “mil recuerdos a los pechos / los inflama de alegría / por la gloria de este día / que nunca se ha de olvidar”, y de los símbolos patrios, expresando en la segunda, refiriéndose al Himno, “que la hermosa canción / por siempre vivirá / al calor del corazón”, mientras que en el trío menta la hoy tristemente borrada tradición oral y, como muchos argentinos antes que él, habla de la patria grande (“un criollo patriarcal narra las horas / de las campañas libertadoras / cuando los hijos de este suelo americano / por justa causa demostraron su valor”).  

Por su parte, la letra de Bayardo constituye una versión de la historia del hijo pródigo, que en este caso abandonó el hogar paterno en un “lejano nueve de julio / de una mañana divina”; esa es la única alusión a la fecha.

Y en lo que hace al aporte de Llanes, él mismo renegó de esos versos que comienzan enrostrándole a una muchacha: “De un conventillo mugriento y fulero / con un canfinflero / te espiantaste vos”.

Sin embargo, y por causas que nos resultan incomprensibles, la letra de Bayardo fue la más difundida y la que alcanzó mayor popularidad, y no tanto en la conmovida versión de Magaldi como en la lacrimosa y gritona de Alberto Margal, conocido en su época como “el cantor de las madres y las novias”, apelativo claramente despectivo hacia unas y otras. Esta letra contó también con la grabación de la orquesta típica Columbia, con la participación de Ernesto Famá como estribillista.

A su vez, según cuentan, la letra de Llanes fue cantada por Juan Carlos Marambio Catán.

En tanto, la letra de Cárdenas mereció solo dos grabaciones (que sepamos): la de la orquesta típica Brunswick con Teófilo Ibáñez cantando el trío, y la de Alberto Marino con la orquesta de Osvaldo Tarantino, tan admirable como difícil de hallar.

Pero la mayor parte de las grabaciones de este tango son instrumentales: de entre ellas se destaca la magnífica versión de don Osvaldo Pugliese.

Digamos, por último, que Juan José Castro introdujo el tema del trío de Nueve de julio en Evocación, el quinto y último de sus Tangos para piano. Así, el gran músico académico homenajeó al intuitivo músico popular.

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